La paz no es una tregua sexenal: hacia una política de Estado

México ha llegado a un punto de inflexión donde la narrativa política choca frontalmente con la cruda realidad de los datos. Mientras las cifras oficiales de consumo privado muestran un ligero repunte del 0.8 por ciento, la estructura misma de la convivencia social cruje bajo el peso de una violencia que ya no es episódica, sino sistémica. La Conferencia del Episcopado Mexicano ha sido clara en su reciente diagnóstico al señalar que la paz no puede ser el resultado de una estrategia limitada a un sexenio o a la voluntad de un solo grupo político. La realidad es que, desde 1990 hasta la fecha, 80 sacerdotes y seminaristas han sido asesinados en el país, un dato duro que funciona como termómetro del riesgo que corre cualquier ciudadano en las regiones más vulnerables de nuestra geografía. Esta cifra no es solo una estadística eclesial, sino el reflejo de un Estado que ha delegado su responsabilidad de protección en protocolos temporales que carecen de una visión de largo aliento.

El desafío de la paz se entrelaza en este inicio de 2026 con la fragilidad institucional que sugiere la propuesta de reforma electoral. No se puede construir un camino de concordia si las reglas del juego democrático pretenden ser rediseñadas bajo una lógica de exclusión o centralización del poder. El llamado de la Iglesia mexicana para que la ciudadanía tome con seriedad este proceso no es un acto de injerencia, sino un recordatorio humanista de que la libertad y la participación son los cimientos de la justicia. La historia reciente nos demuestra, con ejemplos dolorosos como la crisis en Irán que ha cobrado la vida de más de 2,600 personas en pocos días, que cuando las instituciones se cierran al diálogo y se enfocan en el control absoluto, el costo humano es devastador. México debe mirar esos espejos y optar por el fortalecimiento de sus mecanismos de representación, garantizando que ninguna voz sea silenciada en la búsqueda del bien común.

En este contexto, la figura del Papa León XIV emerge con un mensaje de urgencia ética. Al presentar su visión para la Jornada Mundial del Enfermo, centrada en la compasión del Samaritano, el Pontífice nos invita a reconocer que una sociedad que ignora el dolor de las víctimas de la violencia o de la exclusión es una sociedad enferma. La compasión no es un sentimiento pasivo, sino una categoría política que obliga a la acción. En el caso mexicano, esta acción se traduce en la exigencia de una política de Estado para la paz que trascienda colores partidistas. El Segundo Diálogo por la Paz que se celebrará en Guadalajara debe ser el espacio donde sociedad civil, academia y gobierno se comprometan a un modelo donde la vida de cada individuo valga más que cualquier cálculo electoral o macroeconómico.

La seguridad nacional no se resuelve con el despliegue de fuerzas en momentos de crisis, sino con el tejido de una red de justicia y desarrollo que alcance a los más de 58,000 solicitantes de refugio que hoy ven en México no un lugar de tránsito, sino un destino de vida. Si nuestro país quiere ser referente de acogida y estabilidad, debe primero sanar sus propias heridas internas. La verdadera soberanía fiscal y política, amenazada por los cambios en el impuesto mínimo global de la OCDE y las tensiones arancelarias en el norte, solo podrá defenderse con éxito si el frente interno está unido por una democracia vibrante y una paz que no sea el silencio de los fusiles, sino el eco de la justicia social.

Concluimos esta reflexión con una esperanza fundamentada en la corresponsabilidad. La paz es posible si dejamos de verla como una concesión del gobierno en turno y empezamos a exigirla como un derecho inalienable que se construye desde lo local hasta lo nacional. La propuesta de la CEM de una estrategia permanente y compartida es la única ruta viable para que México deje de contar víctimas y empiece a contar ciudadanos libres. Como sociedad, tenemos la responsabilidad de no ser espectadores indiferentes ante el desmantelamiento de nuestras instituciones o el avance de la inseguridad. La compasión que nos pide León XIV empieza por el compromiso de no dejar a nadie atrás en el camino hacia una nación donde la paz sea, finalmente, nuestro estado natural.

@yoinfluyo
Facebook: Yo Influyo

@yoinfluyo

Facebook: Yo Influyo

Compartir

Lo más visto

También te puede interesar

No hemos podido validar su suscripción.
Se ha realizado su suscripción.

Newsletter

Suscríbase a nuestra newsletter para recibir nuestras novedades.