Justicia y paz

No podemos esperar paz mientras las autoridades civiles, el Estado, no tengan la fuerza para asegurar que no tengamos los niveles de impunidad se actualmente padecemos.



Recientemente nos hemos encontrado que una justificación o una explicación para la ausencia de paz que resentimos nuestra sociedad mexicana se ha dado con una frase: “La Paz es el fruto de la Justicia”. Lo cual suena razonable. Este concepto de alguna manera es congruente con las organizaciones, muchas de ellas de origen religioso, denominadas Comités de Justicia y Paz, por ejemplo, las organizadas por los jesuitas y los dominicos. Y, efectivamente, no se encuentra quién discuta la relación entre ambas situaciones.

Esto, sin embargo, merece algunas reflexiones. Sobre todo, cuando se considera que no podremos tener paz mientras no tengamos justicia. Y también cuando no tenemos claro que entendemos por Paz y qué entendemos por Justicia. Que no siempre tenemos la misma idea.

Si por paz entendemos únicamente la ausencia de violencia, pero sin justicia, claramente no se puede hablar de una paz verdadera. Pero en la situación actual de nuestra sociedad, muchos estarían dispuestos aceptar una cierta medida de injusticia a cambio de una total ausencia de violencia. Muy triste, pero también muy comprensible. Cuando nuestros políticos están protegidos por escoltas fuertemente armadas, les cuesta bastante trabajo entender cómo nos sentimos los ciudadanos sin poder, frente a una violencia sin freno.

Es claro que hay que entender, de una manera más profunda, qué entendemos por justicia en este país. Para los mandatarios la pregunta podría ser: ¿cuánto tiempo tendremos que esperar a tener un alto nivel de justicia de tal manera que genere en automático una situación de paz? Claramente, no hay una respuesta precisa. Si el sentido de la frase: “la Paz es un fruto de la Justicia”, es que debemos de esperar mucho tiempo sin tener paz, mientras que estamos construyendo la justicia, muchos ciudadanos no estarían de acuerdo.

Sí hiciéramos una serie de encuestas bien formuladas y correctamente aplicadas a la población en general, sobre si considera que en estos momentos hay más justicia que la que tuvimos en épocas anteriores, la respuesta de los ciudadanos ideologizados sería en el sentido de sus preferencias electorales: quienes están por la 4T contestarían que sí, que ahora tenemos más justicia. Y quienes están por la oposición responderían que no. Si la pregunta se hiciera de otra manera, por ejemplo: si nos parece que en este momento hay menos impunidad, probablemente la respuesta más frecuente sería que la impunidad ha estado creciendo.

Hay quienes dicen, hablando de este tema, que sólo uno de cada 10 delitos se denuncia a las autoridades y que, de cada 10 delitos denunciados, sólo uno se resuelve mediante una absolución o una condena. Las cifras resultan sospechosamente redondas y nadie dice con claridad cuál es la fuente de estos datos, según los cuales la impunidad es del 99% de los delitos cometidos. Claramente, si la impunidad tiene esa proporción, no es posible decir que estamos mejorando en nuestro nivel de justicia. Porque nadie podría decir que podemos tener al mismo tiempo justicia y esos altos niveles de impunidad.

Si entendemos a la justicia en el sentido bíblico del término, donde se dice que una persona es justa porque es buena, habría que decir que esa ha sido la aspiración de todas las religiones desde hace milenios y podemos decir que no se ha logrado esa justicia. Pero aún sin llegar a ese nivel maravilloso de bondad en la humanidad, yo creo que por mucho la inmensa mayoría de la población es buena, y sólo una minoría no lo es. El punto es que el tema de la justicia no es un tema de mayorías o minorías. La población puede ser, por mucho, justa, pacífica y bondadosa pero basta con que haya una pequeña minoría violenta y con los recursos necesarios, para que esa mayoría justa no tenga paz. Y probablemente esa es la situación que estamos viviendo actualmente.

No podemos esperar paz mientras las autoridades civiles, el Estado, no tengan la fuerza para asegurar que no tengamos los niveles de impunidad se actualmente padecemos. Las soluciones que estamos viendo (es un decir), no aseguran que el hecho de tener más militares en las calles logre que reduzca la impunidad. Posiblemente se puede reducir en alguna medida la violencia, siempre y cuando logremos que los abrazos sean más eficaces, cosa que aún no se ha podido demostrar.

Las becas a los jóvenes que no consiguen trabajo ni pueden estudiar, ¿han reducido de una manera notable la delincuencia? Las penas cada vez más severas para los casos de feminicidio, las violaciones, la violencia contra la mujer, ¿han hecho disminuir este tipo de delitos o ha reducido su impunidad? Por supuesto que no, porque el agresor bien sabe que la probabilidad de que reciba una condena es mínima. Para estas situaciones no vemos una respuesta clara. ¿Hasta cuándo seguirá aguantando nuestra sociedad este deterioro de la paz?

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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