Una familia apellidada Ratzinger

Es increíble la riqueza de cada familia. Todas la tienen. De pocas la conocemos. El ejemplo de otras nos puede animar a ser elementos que fortalezcan la propia, porque también la podemos degradar e incluso hacer de la nuestra un elemento nocivo para la sociedad. Siempre frente a cada vida y cada familia aparecen dos caminos: hacia el bien o hacia el mal y están entreverados.

Estoy leyendo la biografía monumental de Peter Seewald: ”Benedicto XVI. Una vida”. En un primer momento he querido limitarme a copiar el texto que no tiene desperdicio. El escritor tiene una pluma incisiva y bellísima, pero el relator es un gigante de inteligencia, memoria y percepción. Detrás del relato emergen los recuerdos de las narrativas familiares. El hijo no pudo ser testigo de los inicios de la relación de sus progenitores, pero acierta en sus observaciones.

Y precisamente el hijo más pequeño de la familia aporta un testimonio que resulta una lección sobre el significado de prepararse para ser esposo, esposa y para forjar una familia y más adelante ser padre y madre. Implica el ser personal íntegro y el deseo de construir un hogar sólido y acogedor que abraza a todos sus miembros y beneficia a los vecinos.

En un semanario que llegaba a los hogares católicos, María encontró lo siguiente en el del 11 de julio de 1920: <<Funcionario del Estado de rango medio, soltero, católico, de 43 años, pasado intachable, de procedencia rural, busca para contraer matrimonio cuanto antes una muchacha limpia, buena católica, que sepa cocinar y realizar todas las tareas del hogar, tenga experiencia con la costura y posea mobiliario.>>

¿Quién al inicio de su juventud no ha tenido la inquietud de saber cómo será su vida en el futuro? Lo más común es pensar en encontrar una compañía adecuada, con quien se pueda compartir la vida, que haya comprensión mutua, poder manifestar detalles íntimos y encontrar resonancia, muchas veces comprensión y consejo, otras veces pasar por alto alguna impertinencia.

Además, buen corazón, buenos sentimientos, educación y sobre todo, fidelidad. Es hermoso regresar al hogar y encontrar a la elegida o al elegido siempre con la seguridad del acompañamiento, porque mutuamente saben y quieren compartir su propia vida. El otro es una parte importante con quien se expresa lo más precioso.

Y mientras no llega alguien, se ponen medios para encontrar. Una fiesta, un encuentro fortuito, la reunión que organizan algunas amistades porque conocen a quienes pueden congeniar por sus características personales. Y, como en el caso de los padres de Benedicto, se pueden usar los medios de comunicación a la mano, entonces los periódicos o revistas, ahora además los medios electrónicos.

En el texto redactado, por el ya no tan joven funcionario del Estado, hay auténtica sinceridad al hablar de sí y claridad absoluta de lo que busca. Manifiesta las características de su vida, no corta, y lo que espera encontrar en la otra persona. Aunque lo más importante es la rectitud de la vida recorrida y el deseo de encontrar lo mismo en quien acompañará. Allí está inscrita la herencia que ofrecen a la prole, cuando llegue.

Una vez puestos en contacto, prosigue el delicado conocimiento más profundo. Para el éxito, es indispensable la sinceridad, la apertura mutua y la compatibilidad manifiesta. Si hay fingimiento o engaño el ´pronóstico no es bueno. Todo esto no son suposiciones, en este caso conocemos los resultados: una hermana mayor que dedica su vida a hacer hogar para el hermano pequeño sacerdote. Un hermano intermedio, también sacerdote y brillante músico. Los tres muy unidos, orgullosos de su familia y de su territorio.

Los aspectos que toman en consideración para unirse son: <<Ambos eran inteligentes, trabajadores y bien parecidos. Ambos procedían de familias bien consideradas y con muchos hijos. Ambos habían perdido pronto al padre (María, con veintiocho años; Joseph, con veintiséis). Ambos cultivaban una sincera piedad católica. Pero sobre todo: ambos estaban todavía libres.>> 

Los posibles contrayentes coinciden en su capacidad intelectual, en su agradable presencia física y en el similar empuje para afrontar sus responsabilidades. Ninguno tendría el problema de impulsar al otro en sus responsabilidades y se podrían entender bien. No se desgastaron supliéndose mutuamente, mostraron todas sus cualidades a sus hijos y ellos las aprendieron y las secundaron.

Tampoco todo sería fácil, ninguno de los dos contaba con una herencia, tendrían que forjar su futuro a base de trabajo. Así lo hicieron, les ayudaba la experiencia de vida, no corta, y la semejanza de cualidades. Además, tenían la libertad de iniciar un nuevo período de vida sin cargar con compromisos afectivos contraídos con anterioridad. La entrega de ambos era totalmente genuina.

Otro aspecto nada trivial era la coincidencia en la profundidad de sus creencias. Ellas dejaron en sus hijos una articulada congruencia. Con total espontaneidad, desde muy jóvenes los hijos supieron elegir su futuro. Todos mostraron una inteligencia práctica y una fluidez en la capacidad de elegir su futuro.

Cada familia tiene el derecho de forjarse singularmente, pero el ejemplo de los Ratzinger es un llamado a la honestidad de vida de los progenitores y al ejercicio de un trabajo honrado. Esta herencia deja una huella en los hijos y un ejemplo que tarde o temprano les puede ayudar a reencaminarse, si fuera el caso, o a imitarlo con sano orgullo.

Nunca se han de desanimar el padre o la madre por el hecho de haber cometido errores. Nunca es tarde para rectificar, y esa misma acción en sí misma ya es un vigoroso ejemplo.

Es necesario cuidar a la propia familia, es un tesoro e influye en el modo de ser de cada uno de sus miembros, y colabora con la salud social. Al ver tanto deterioro en la juventud, en la adultez, en el entorno, hemos de asumir nuestra responsabilidad.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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