Ensalada de locos

Para el presidente, lo importante es decir algo, no quedarse callado y, si se puede, por qué no, insultar a alguien para dejar en claro que no se va a quedar callado bajo ninguna circunstancia.



No deja de sorprender el nivel de las tonterías que dice el presidente de la República. Para muchos es una cuestión de estrategia que les parece raya en lo genial y que tiene enloquecidos a sus adversarios que le siguen el juego. A otros nos parece algo delicado y grave que de la Presidencia de la nación salga toda clase de despropósitos que hace unos años hubiéramos pensado propios de una película de Capulina (el rey del humorismo blanco), pero resulta que la mayoría son escenificadas en Palacio Nacional. No es cualquier cosa ver a tu presidente –porque es de todos los mexicanos– diciendo disparates todos los días en una competencia consigo mismo. No le veo nada de estratégico querer pasar a la historia como un orate, un lunático que en el mundo mueve a carcajadas y que en su país solamente quien lo quiere lo comprende y justifica.

Promover una campaña para desmontar la Estatua de la Libertad –por el caso o circunstancia que fuere– es un síntoma de desproporción absoluta de las cosas. Insisto, no es parte de ninguna idea distractora. Eso pudo ser la rifa del avión y otras babosadas que cuentan con cierta participación colectiva. Esto es simplemente una muestra más del alejamiento de la realidad, de los delirios que vive y las cosas que imagina el presidente que puede hacer. Por eso la emprende contra la Iglesia católica, contra los jesuitas, contra la comunidad judía, como también lo ha hecho con los estudiantes de la UNAM o las personas que viven en la colonia del Valle de la CDMX, a quienes considera fracasados aspirantes a millonarios que no tienen ni avión ni yate.

Para nadie es novedad lo de la calificación que hizo del señor Carlos Alazraki, al calificarlo como “hitleriano”. Al presidente le gusta hablar de Mussolini y de Hitler, los cita para una cosa u otra. Los trae en la cabeza. Por eso se veía venir que, tarde o temprano, eso iba a suceder. El señor Alazraki es un ciudadano mexicano y tiene todo el derecho a decir las estupideces que quiera –de hecho, me parece que ejerce esa facultad a plenitud–, cosa que el presidente, al ser el mexicano más poderoso y cuyas decisiones impactan seriamente en la vida de millones de conciudadanos, está moralmente impedido para hacerlo por el daño que inflige a sus gobernados. López Obrador se escuda alegando que su “pecho no es bodega”. El problema no es su pecho como bodega, sino su cerebro como coladera. No tiene filtros, como los puede tener una persona normal que sabe que puede agredir u ofender a otro; para él lo importante es decir algo, no quedarse callado y, si se puede, por qué no, insultar a alguien para dejar en claro que no se va a quedar callado bajo ninguna circunstancia.

El gobierno recuerda aquel programa de la televisión de los 70 que se llamaba “Ensalada de locos” (protagonizado por el Loco Valdés, Héctor Lechuga y Alejandro Suárez), en el que todo parecía hilarante por absurdo y movían a risa lo mismo un hombre disfrazado de policía cacheteando a sus súbditos, dos hombres disfrazados de hermanas o un tipo con una corbata en la cabeza chiflando y haciendo rimas todo el tiempo. Así, el presidente es acompañado a cada rato por alguno de sus patiños. Ayer salió el secretario de Salud –que antes recomendó el uso de Vaporub contra el COVID– a hablar a favor del cambio de horario y usar “el reloj de Dios”, a la par de subrayar los beneficios de la homeopatía. Ése es nuestro hombre de ciencia. Las causas de los accidentes son igual de tontas: que una explosión en el Metro fue porque se cayó un paraguas y un apagón porque un empleado se accidentó. Pronto nos hablarán de la existencia de Adán y Eva.

Esto es una ensalada de locos, no una estrategia política.

 

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