Pablo el caminante eterno, capítulo XXXVI. Corinto y las nuevas perspectivas de evangelización

Lo malo fue que empezaron nuevamente las envidias…



Cuando nos imaginamos a los santos, con frecuencia los vemos lejanos, algunas veces tan perfectos que nos parecen inalcanzables, otras veces nos los imaginamos como ajenos a las preocupaciones y a los sentimientos de los mortales comunes como nosotros, son pocas las imágenes o las estatuas que hay en las iglesia que nos hacen sentirlos cercanos, sin embargo cuando nos tomamos el tiempo de acercarnos a ellos por medio de un buen libro que hable de su vida y de su obra en forma realista, vamos encontrando que son personas esencialmente como nosotros.

 

Desde luego entre los santos vemos muchas diferencias por su educación, cultura, situación social, y sobre todo por el entorno y la época en que les tocó vivir, y si bien no hacemos un juicio sobre su grado de santidad, cosa que sólo corresponde a Dios, si lo podemos hacer sobre su influencia en la historia de la Iglesia y en la difusión de la fe tal vez desde una óptica muy humana, y es entonces cuando aún entre los santos encontramos figuras verdaderamente de gigantes, como podemos clasificar a San Pablo.

 

Y esta clasificación adicional nos podría alejar más aún del personaje, y siendo el Apóstol más mencionado por que sus cartas se leen a lo largo de casi todo el año en las misas dominicales y diarias, nos lo imaginamos como el gran teólogo que enseña y juzga las conductas de las diferentes comunidades que ha fundado, pero cuando vamos poniendo más atención vemos que en muchas de ellas habla de sus más íntimos sentimientos, que van desde una gran alegría hasta una inmensa tristeza, lo que nunca cambia es su fe y su adhesión a la voluntad del Señor.

 

Por eso desde el punto de vista humano que Aquila y Priscila fueran con toda seguridad ya cristianos, porque no se habla de que hayan necesitado ser bautizados, debe haber sido un enorme consuelo para Pablo, haber llegado después de tantos sufrimientos a una casa cristiana y con personas de enorme calidad humana, que además le ofrecían la posibilidad de un trabajo en lo que él era especialista era simplemente una clara manifestación de que se había situado ahí guiado por el Espíritu Santo.

 

Repuesto de la experiencia ateniense, Pablo empezó a predicar con cada vez con más ímpetu que Cristo había resucitado, y se empezaron a dar resultados, así que además de Estéfanas, otros dos notables personajes llamados Fortunato y Acaico pidieron ser bautizados, y Pablo decidió hacerlo él mismo. Después de la preparación requerida se determinó el día, y avanzaron alegremente al río Leuca, en compañía de Timoteo, de Aquila y Priscila para este gran acontecimiento, seguramente caminarían felices entonando cantos y salmos al Señor.

 

No pasó mucho tiempo para que Ticio Justo de la colonia Romana pidiera lo mismo a Pablo, esta conversión fue muy importante porque permitió al apóstol ponerse en contacto con las personas cultas romanas, y empezar a vislumbrar hacia donde tendría que dirigir sus pasos en el futuro.

 

Lo malo fue que éstos éxitos empezaron nuevamente las envidias por parte de los judíos de la sinagoga.

 

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