Continuidad y matices en el Jubileo: de Francisco a León

Asumir el pontificado en pleno Jubileo no fue un desafío menor. Para León XIV, elegido tras la muerte de Francisco, la primera decisión no fue estética ni programática, sino institucional y pastoral: no “reiniciar” el Año Santo, no apropiárselo, no convertirlo en plataforma personal.

El Jubileo 2025 ya tenía calendario, ejes y un pulso espiritual marcado por la esperanza concreta. León XIV decidió asumir los actos jubilares restantes tal como estaban concebidos, introduciendo matices de estilo sin alterar el contenido. Esa opción —aparentemente simple— resultó determinante para la credibilidad del proceso y para una Iglesia que, tras una pérdida, necesitaba estabilidad.

Esta octava entrega analiza cómo León XIV asumió los actos jubilares de la segunda mitad del año, qué decisiones tomó, cómo se expresó su estilo y qué continuidades y diferencias se observaron frente al pontificado de Francisco.

Primer gesto: confirmar el calendario y “despersonalizar” el Jubileo

En sus primeras semanas, León XIV ratificó oficialmente el calendario jubilar: encuentros con jóvenes, pobres, catequistas, enfermos y comunidades locales. Evitó anuncios grandilocuentes y pidió a los dicasterios mantener el rumbo.

En un mensaje a responsables pastorales, subrayó: “El Jubileo no es un escenario para el protagonismo del Papa, sino un camino para el pueblo”.

Esta afirmación fue leída como una continuidad directa con Francisco, pero con un tono más institucional y sobrio. Donde Francisco enfatizaba la cercanía espontánea, León XIV puso el acento en la previsibilidad y el cuidado del proceso.

Asumir sin ocupar el centro: presencia medida en los actos jubilares

A partir de julio de 2025, León XIV comenzó a presidir selectivamente actos jubilares clave, sin buscar omnipresencia. Delegó con naturalidad, respetó los equipos ya formados y redujo al mínimo los cambios de formato.

En celebraciones con jóvenes y catequistas, su presencia fue escuchante. En encuentros con pobres y enfermos, silenciosa. En audiencias generales jubilares, precisa.

Un voluntario italiano lo expresó así a un medio local: “Con Francisco sentíamos el abrazo; con León sentimos el sostén”.

No se trató de frialdad, sino de otra forma de cercanía: menos gestual, más estructural.

El lenguaje: de la metáfora pastoral a la síntesis doctrinal

Una de las diferencias más notorias fue el registro del lenguaje.

  • Francisco privilegiaba la imagen, la metáfora y la interpelación directa.
  • León XIV optó por síntesis claras, referencias doctrinales breves y una cadencia más contenida.

En una audiencia jubilar de septiembre, León XIV afirmó: “La esperanza no es emoción; es virtud que se aprende y se ejercita”.

La frase, sobria y conceptualmente precisa, marcó un matiz: menos narración, más marco. Para muchos jóvenes formados en pensamiento crítico, ese cambio resultó complementario, no excluyente.

Continuidades sustantivas: pobres, dignidad y bien común

En el fondo, no hubo ruptura. León XIV mantuvo —y explicitó— los tres pilares que habían definido el Jubileo bajo Francisco:

  1. Centralidad de los pobres (no como objeto de caridad, sino como sujetos)
  2. Dignidad humana sin condiciones
  3. Bien común por encima de intereses sectoriales

Durante el Jubileo de los Pobres, celebrado en noviembre, León XIV evitó discursos y se sentó a la mesa con personas en situación de calle. No fue improvisación; fue coherencia.

Una mujer atendida en un comedor parroquial dijo a la prensa: “No habló mucho. Se quedó. Eso fue suficiente”.

Matices en la conducción: gobierno, tiempos y decisiones

Donde sí se notaron diferencias fue en la conducción interna. León XIV introdujo orden en los tiempos, delimitó mejor los espacios de decisión y pidió evaluaciones periódicas de impacto pastoral de los actos jubilares.

Este enfoque respondió a un contexto específico: el Jubileo había quedado interrumpido emocionalmente por la muerte de Francisco. Hacía falta contención institucional.

Un analista vaticano lo resumió así: “Francisco abrió puertas; León XIV se aseguró de que no se cayeran los muros”.

Comparativa de estilos: Francisco vs. León XIV

Francisco

  • Cercanía espontánea
  • Lenguaje metafórico
  • Centralidad del gesto
  • Impulso reformador visible
  • Pastoralidad directa

León XIV

  • Presencia medida
  • Lenguaje sintético
  • Centralidad del proceso
  • Estabilidad institucional
  • Gobierno discreto

Ambos estilos, lejos de contradecirse, se complementaron en el marco del Jubileo. El primero encendió; el segundo sostuvo.

Recepción entre jóvenes y comunidades locales

La recepción fue, en general, positiva y madura. No hubo idealización acrítica ni rechazo. Hubo lectura de contexto.

Un joven mexicano que había participado en el Jubileo de la Juventud comentó: “Francisco me movió el corazón. León me ayudó a ordenar lo que sentí”.

Para comunidades locales, especialmente en América Latina y México, el mensaje fue tranquilizador: no habría marcha atrás en los ejes sociales y pastorales, pero sí mayor claridad en la ejecución.

León XIV cerró el año jubilar sin apropiarse del relato. Confirmó actos finales, presidió celebraciones clave y dejó que el Jubileo hablara por sí mismo.

Ese gesto —el de no eclipsar— fue quizá su mayor contribución en ese tiempo excepcional.

Cuidar la esperanza también es gobernar

Asumir un Jubileo ya iniciado exigía algo poco común en el liderazgo contemporáneo: renunciar al protagonismo. León XIV lo hizo. No por falta de carisma, sino por conciencia del momento histórico.

Francisco había abierto el camino con audacia pastoral. León XIV lo sostuvo con responsabilidad institucional. Juntos —sin haberlo planeado— ofrecieron una lección poderosa para la Iglesia y para la vida pública:

La esperanza no solo se proclama; se administra con cuidado.

El Jubileo 2025 avanzó, no pese al cambio de Papa, sino gracias a la continuidad responsable. Y esa continuidad, para una Iglesia global y para una generación exigente, fue en sí misma una señal de credibilidad.

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