México no es un país que haya dejado de leer. Al menos no del todo. En 2025, 8 de cada 10 personas alfabetizadas de 12 años o más afirmaron haber leído algún material impreso o digital, de acuerdo con datos oficiales. La cifra rompe con el lugar común de que “en México no se lee”, pero abre una pregunta más incómoda y profunda: ¿por qué, aun leyendo, no leemos lo suficiente ni con la profundidad necesaria para transformar nuestra realidad?
El contraste internacional es elocuente. Mientras en México el promedio anual es de 4.2 libros por persona, en Francia la cifra alcanza los 14 libros y en India llega a 16. No se trata solo de números: detrás de ellos hay sistemas educativos, políticas públicas, hábitos culturales, economías del tiempo y, sobre todo, una visión compartida sobre el valor de la lectura para la vida personal y colectiva.
Este reportaje explora quiénes leen en México, qué leen, en qué formatos y, sobre todo, por qué no leemos como deberíamos, a la luz de datos oficiales, voces expertas y testimonios humanos, con una reflexión desde los valores de la Doctrina Social de la Iglesia, la legalidad y la identidad cultural mexicana.
¿Quiénes leen más y quiénes se están quedando atrás?
Los datos muestran un patrón generacional claro. Los jóvenes leen más que los adultos, y la lectura disminuye conforme avanza la edad:
- 12 a 24 años: 89.1%
- 25 a 34 años: 85.7%
- 40 a 59 años: 74.2%
- 60 años o más: 66.9%
Para especialistas en educación, este fenómeno tiene múltiples explicaciones. Por un lado, la escuela sigue siendo un factor de inducción a la lectura; por otro, la vida adulta en México suele estar marcada por jornadas laborales extensas, traslados largos y responsabilidades familiares que reducen el tiempo disponible.
Un docente de secundaria pública en el Estado de México lo resume así: “Mis alumnos sí leen, pero casi siempre lo que les pido en clase. El problema empieza cuando salen de la escuela: no ven a los adultos leyendo en casa”.
¿Qué leen los mexicanos y en qué formato?
El material más leído sigue siendo el libro, con 62.5%, seguido de:
- Páginas de internet: 45.7%
- Revistas: 29.6%
- Periódicos: 24.8%
- Historietas: 20.9%
Contrario a lo que se piensa, el formato impreso sigue dominando: 81.3% de los lectores prefieren papel, frente a 33.3% que leen en digital (muchos combinan ambos).
Este dato revela algo clave: el problema no es la tecnología, sino el uso que hacemos de ella. Como advierte el sociólogo cultural Néstor García Canclini en diversos análisis, la lectura digital fragmentada —titulares, publicaciones breves, textos sin contexto— no sustituye la lectura profunda, aquella que construye pensamiento crítico y memoria cultural.
El promedio que nos delata: 4.2 libros al año
Leer poco no es solo un hábito individual; es un síntoma estructural. En México, 4.2 libros al año reflejan:
- Un sistema educativo centrado en la memorización, más que en el placer por leer.
- Acceso desigual a libros y bibliotecas, especialmente en zonas rurales y periferias urbanas.
- Falta de políticas públicas sostenidas, más allá de campañas sexenales.
- Escasa lectura en familia, donde el ejemplo pesa más que el discurso.
La lectura no es un lujo cultural, sino una herramienta para la dignidad humana, el desarrollo integral y la participación responsable en la vida social. Un ciudadano que no lee difícilmente puede ejercer plenamente su libertad, comprender la legalidad o participar en la construcción del bien común.
María Fernanda, 27 años, vive en Ecatepec y trabaja ocho horas diarias en un call center. “Me gusta leer, pero cuando llego a casa estoy agotada. Leo en el celular, cosas cortitas. El último libro completo que leí fue en la universidad”.
Su historia no es excepcional. Miles de jóvenes adultos enfrentan lo que expertos llaman pobreza de tiempo, una de las principales barreras para la lectura en México. No es desinterés: es cansancio estructural.
¿Por qué no leemos como deberíamos? Cinco razones de fondo
- Tiempo mal distribuido: México es uno de los países con más horas trabajadas al año en la OCDE.
- Escuelas que obligan, pero no enamoran: la lectura como tarea, no como descubrimiento.
- Hogares sin libros visibles: el ejemplo importa más que el discurso.
- Brecha territorial: no es lo mismo leer en una colonia con biblioteca que en una comunidad sin librerías.
- Cultura digital de la inmediatez: mucha información, poca profundidad.
El INEGI ha advertido que el hábito lector está estrechamente ligado al nivel educativo y al entorno familiar. Donde hay libros, se lee más. Donde hay conversación y reflexión, la lectura se sostiene.
Lectura, legalidad y valores mexicanos
Un país que lee poco es más vulnerable a la desinformación, al autoritarismo y a la polarización. Leer forma ciudadanos capaces de discernir, dialogar y respetar la ley, valores profundamente arraigados en la tradición cívica mexicana y en la enseñanza social cristiana.
Como señaló el Papa Francisco en múltiples ocasiones, la educación —y dentro de ella la lectura— es un acto de esperanza social. No se trata solo de consumir textos, sino de comprender al otro, construir comunidad y reconocer la dignidad de cada persona.
México no parte de cero. Lee, pero puede y debe leer mejor y más. El desafío no es tecnológico ni generacional: es cultural, educativo y político. Requiere escuelas que inspiren, trabajos que respeten el tiempo humano, familias que lean juntas y un Estado que apueste por bibliotecas vivas, no solo por estadísticas.
Leer no es escapar de la realidad: es entenderla para transformarla. Y en un país joven, diverso y profundamente creativo como México, leer más es también una forma de esperanza.
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