Durante décadas se creyó que la felicidad dependía casi por completo de las circunstancias externas: la economía, la familia, la salud, el país donde uno nace, o incluso los golpes de suerte —buenos o malos— que llegan sin avisar. Sin embargo, una de las investigaciones longitudinales más amplias de los últimos años está cambiando radicalmente esa narrativa. Y no solo desde una perspectiva psicológica, sino desde una comprensión más integral del ser humano: la felicidad está mucho más adentro de nosotros que afuera.
El estudio, realizado por especialistas de la Universidad de Edimburgo y la Universidad de Tartu, siguió durante más de diez años a más de 20,000 personas en Estonia, integrando también participantes de habla rusa e inglesa. Su objetivo era audaz: comprobar si la satisfacción con la vida puede predecirse a partir de los rasgos de personalidad y si esta relación se mantiene estable en el tiempo.
Los resultados, publicados en 2024 por el equipo liderado por el científico René Mõttus, fueron tan claros como contundentes: la forma de ser —nuestros hábitos emocionales, relacionales y éticos— predice entre el 80% y el 90% de la satisfacción vital (Mõttus et al., 2024). Es decir, cómo enfrentamos la vida importa más que lo que la vida nos pone delante.
La investigación —mostrada en el gráfico adjunto— distingue dos grandes grupos:
Rasgos asociados a mayor satisfacción con la vida: Entre ellos destacan:
- Ser activo y lleno de energía.
- Poder controlar los impulsos.
- Rara vez quejarse.
- Mantener la calma bajo presión.
- Confiar en los demás.
- Ser considerado.
- Disfrutar cooperar.
- Tomar riesgos.
- Empezar tareas de inmediato.
- Disfrutar resolver problemas complejos.
- Trabajar duro.
- Mantener las cosas ordenadas.
- Trabajar en ser mejor persona.
Todos estos rasgos tienen un profundo eco con principios universales del humanismo: responsabilidad personal, disciplina, solidaridad, búsqueda del propio desarrollo integral, dominio de sí y apertura al otro.
Rasgos asociados a baja satisfacción con la vida: El estudio también identifica una serie de actitudes que predicen consistentemente la infelicidad:
- Sentir que nada emociona.
- Tener miedo frecuente.
- Posponer decisiones.
- Evitar responsabilidades.
- Dificultad para perdonar.
- Preferir aislarse.
- Mentir con frecuencia.
- Romper promesas.
- Cambiar intereses rápidamente.
- Necesitar constante reafirmación.
- Sospechar de la amabilidad.
Son rasgos que no solo deterioran la percepción de bienestar interno, sino que dañan las relaciones humanas, la comunidad y la confianza —pilares sociales esenciales en toda democracia.
Un hallazgo que atraviesa culturas, lenguas y generaciones
Lo más sorprendente no es solo que la personalidad prediga la felicidad, sino que esta “predicción” se mantuvo estable durante más de una década y aplicó igual en tres idiomas distintos. Esto es clave:
♦ no es un hallazgo cultural,
♦ no es un efecto generacional,
♦ no depende de la época,
♦ ni del contexto económico o político.
Los autores concluyen que el estudio demuestra que la satisfacción vital es una especie de “huella psicológica”: un espejo de las virtudes y los hábitos que cada persona cultiva —o deja de cultivar— a lo largo de la vida.
La ciencia confirma lo que la sabiduría humana ha dicho por siglos
Aunque novedoso en términos técnicos, el estudio no hace sino confirmar algo que la filosofía clásica, la espiritualidad cristiana y la psicología humanista ya advertían: La felicidad no es un destino, sino una consecuencia de cómo se vive.
Santo Tomás de Aquino, siglos antes de que existiera la psicometría moderna, afirmaba que “el hombre es causa de su felicidad en cuanto actúa conforme a la virtud”. Y Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto, escribió en El hombre en busca de sentido: “Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo la última de las libertades humanas: escoger su actitud ante cualquier circunstancia”.
Lo que hace el estudio de Edimburgo y Tartu es poner esta intuición en números, gráficas y modelos matemáticos que no dejan lugar a dudas: nuestro modo de ser tiene consecuencias reales sobre nuestro bienestar.
Mariana, 29 años, ingeniera de software en Guadalajara, recuerda que durante años vivió con una mezcla constante de miedo, autocrítica y desconfianza.
“Me quejaba de todo: del trabajo, del tráfico, de mi pareja, de mis papás, del país. Y creía que era normal porque ‘la vida es dura’. Un día, una amiga me dijo: ‘¿Te has dado cuenta de que nada te alcanza?’”.
A raíz de una terapia cognitivo-conductual, Mariana empezó a trabajar hábitos muy concretos: tomar decisiones con mayor rapidez, no postergar, aprender a perdonar, dejar de asumir que los demás querían dañarla.
“Tres meses después, era otra. No cambió mi sueldo, no cambió mi colonia, no cambió México. Cambié yo”. Su testimonio coincide con la postura del psicólogo español Rafael Santandreu, autor de Ser feliz en Alaska, quien sostiene que: “La fortaleza emocional no viene del exterior, sino de nuestra manera de interpretar lo que ocurre”.
¿Entonces la felicidad depende solo de la personalidad? No. Pero sí empieza ahí
La investigación no afirma que:
- el dinero sea irrelevante,
- la salud no importe,
- el entorno carezca de efecto.
El bienestar siempre es integral y depende tanto de condiciones materiales como espirituales y relacionales. Sin embargo, el estudio obliga a replantear prioridades: la parte del bienestar que sí depende directamente de la persona es mucho más grande de lo que se creía. La felicidad, en buena medida, es un acto de corresponsabilidad personal. Y esto es profundamente liberador para los jóvenes: no todo está predeterminado por su entorno.
México y la cultura del “así soy yo”: el freno emocional que podemos transformar
En México, una frase común se escucha en familias, parejas y trabajos: “Así soy yo y no voy a cambiar.”
Pero la evidencia científica contradice rotundamente esa idea. La personalidad sí cambia, y cuando cambia hacia rasgos más positivos —como la disciplina, la calma, la cooperación, la apertura—, la satisfacción con la vida aumenta de manera medible.
Desde la psicología social mexicana, el investigador Gerardo Ramos, de la UNAM, explica que: “La cultura de la resignación emocional nos ha hecho creer que el temperamento es destino. Pero el temperamento es solo el inicio. Los hábitos son los que crean el carácter”. Y el carácter, como muestra el estudio europeo, crea felicidad.
Implicaciones para jóvenes: tu felicidad es una responsabilidad, no un accidente
Para Millennials y Centennials —una generación marcada por la ansiedad, la comparación constante y el agotamiento digital— este hallazgo no es solo académico: es un mapa. Si la personalidad puede predecir la felicidad, entonces:
- Tomar decisiones con firmeza evita ansiedad.
- Aprender a perdonar reduce conflictos.
- Confiar en los demás fortalece vínculos.
- Mantener la calma bajo presión aumenta resiliencia.
- Ser disciplinado facilita alcanzar metas.
En palabras del psicólogo estadounidense Martin Seligman, padre de la psicología positiva: “La felicidad es una práctica diaria, no un estado de ánimo”.
Cada persona está llamada a desarrollar:
- Su libertad interior,
- Su responsabilidad,
- Su capacidad para construir comunidad,
- Su compromiso con el bien común.
Todos estos elementos aparecen —curiosamente— en la lista de rasgos que predicen mayor satisfacción vital: cooperación, confianza, disciplina, aceptación del otro, trabajo en uno mismo. El Papa Francisco lo expresó así en Gaudete et Exsultate: “La santidad es la vida cotidiana iluminada por el amor”.
La ciencia diría: la felicidad es la vida cotidiana iluminada por hábitos saludables del carácter.
El verdadero límite de la felicidad no está en lo que tenemos, sino en lo que somos
La investigación de Edimburgo y Tartu da un paso enorme en comprender el bienestar humano: demuestra, con datos sólidos, que la felicidad no es una lotería, sino un reflejo profundo de la personalidad.
Y si la personalidad puede cultivarse, entonces la felicidad también puede aprenderse. Es una invitación a dejar de esperar que el mundo cambie y empezar por lo que sí está en nuestras manos: la manera en que elegimos enfrentar la vida cada día.
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