El crecimiento acelerado de las motocicletas en las calles del país ha traído consigo una consecuencia que ya no puede ignorarse: los motociclistas se han convertido en el grupo más vulnerable del tránsito urbano. Las cifras más recientes de la Asociación Mexicana de Transporte y Movilidad (AMTM) dibujan un panorama crudo. En la zona metropolitana del Valle de México, prácticamente uno de cada dos fallecidos en hechos de tránsito es usuario de motocicleta, una proporción que revela la dimensión de una crisis silenciosa que se cobra vidas a diario.
Entre enero y septiembre de 2025, al menos 155 motociclistas murieron en accidentes viales, según el recuento presentado por la AMTM. No se trata solo de un número acumulado, sino de una tendencia que se mantiene al alza y que refleja una transformación profunda en la movilidad urbana, marcada por la rápida expansión de este tipo de vehículos sin que existan condiciones suficientes de seguridad, regulación y capacitación.
La motocicleta se ha consolidado como una alternativa de transporte accesible y funcional en ciudades congestionadas. Su bajo costo frente a un automóvil, la facilidad para desplazarse entre el tráfico y su uso intensivo en servicios de reparto han multiplicado su presencia. En poco más de una década, el parque vehicular de motocicletas en la capital del país creció de manera exponencial, pasando de decenas de miles a varios cientos de miles de unidades circulando todos los días. Este crecimiento, sin embargo, no ha sido acompañado por una cultura vial sólida ni por políticas públicas a la altura del fenómeno.
Uno de los datos más preocupantes que expone la AMTM es que menos del 10 por ciento de los motociclistas cuenta con licencia de manejo y capacitación formal. La mayoría aprende a conducir de manera empírica, sin conocimientos técnicos ni entrenamiento para reaccionar ante situaciones de riesgo. En un entorno urbano donde conviven automóviles, transporte público, peatones y bicicletas, esa falta de preparación se traduce en errores que pueden ser fatales.
Las causas de los accidentes se repiten con inquietante frecuencia: exceso de velocidad, invasión de carriles, maniobras imprudentes, falta de visibilidad y el uso insuficiente o incorrecto del equipo de protección. Aunque el casco es obligatorio, su uso no siempre cumple con los estándares de seguridad, y en muchos casos los motociclistas circulan sin protecciones adicionales que podrían marcar la diferencia entre una lesión grave y la muerte.
El perfil de las víctimas añade una dimensión social al problema. La mayoría de los motociclistas fallecidos son hombres jóvenes, en edad productiva, muchos de ellos trabajadores que utilizan la motocicleta como herramienta principal de ingreso. Las muertes se concentran en horarios nocturnos y de madrugada, especialmente los fines de semana, cuando se combinan velocidades más altas, cansancio, consumo de alcohol y menor vigilancia.
Más allá del impacto humano, el aumento de los accidentes de motocicleta ha comenzado a presionar al sistema de salud. Las lesiones que sufren estos usuarios suelen ser graves y requieren atención especializada, cirugías complejas y procesos largos de rehabilitación. En numerosos casos, las víctimas no cuentan con seguro médico ni con cobertura de gastos, lo que traslada la carga a los hospitales públicos y a las familias.
Especialistas en movilidad advierten que el problema no puede reducirse a la responsabilidad individual. La falta de infraestructura adecuada, la débil aplicación de los reglamentos de tránsito y la ausencia de programas masivos de capacitación han permitido que el uso de la motocicleta crezca más rápido que las medidas para hacerlo seguro. La AMTM ha insistido en que se requieren acciones urgentes: licencias obligatorias con formación previa, controles más estrictos, campañas permanentes de concientización y un rediseño de las calles que considere a los motociclistas como un actor permanente del sistema vial.
Cada cifra representa una vida perdida, una familia marcada y un sistema que no ha logrado adaptarse a una nueva realidad de movilidad. Mientras las motocicletas sigan multiplicándose sin reglas claras ni protección efectiva, las estadísticas seguirán creciendo. El desafío no es frenar su uso, sino evitar que el camino hacia una movilidad más ágil siga pavimentado con muertes evitables.
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