El dato es contundente: entre enero y septiembre de 2025, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) reportó la creación de apenas 1,046 empleos formales para jóvenes de entre 20 y 29 años. En el mismo periodo de 2024 fueron más de 54,000. Una caída del 98% que encendió las alarmas entre economistas y observatorios laborales.
“Es una cifra inédita en dos décadas. No solo muestra desaceleración económica, sino una ruptura estructural en la transición de los jóvenes de la escuela al trabajo”, explica Valeria Moy, directora del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO). “México se está convirtiendo en un país donde se envejece trabajando, pero no se empieza a trabajar joven”.
Mientras tanto, los mayores de 70 años generaron más plazas formales que los jóvenes. El país parece valorar más la experiencia que la energía, en una paradoja que deja a miles de profesionistas recién egresados atrapados entre la frustración y la informalidad.
Una generación preparada, pero sin empleo
En México, más de 9 millones de jóvenes forman parte de la llamada “generación ni-ni” (ni estudian ni trabajan), pero las estadísticas esconden otra realidad: muchos sí estudiaron, incluso con excelencia, y aún así no logran colocarse.
Uno de los sectores más golpeados es el jurídico. Según la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), Derecho es una de las tres carreras más saturadas del país, con más de 350 mil egresados en los últimos cinco años. Sin embargo, menos del 20% consigue empleo formal en el primer año tras egresar.
“Estudié Derecho para defender los derechos de otros, pero no encuentro el mío: el derecho a trabajar”, dice Andrea López, de 26 años, egresada de la UNAM. Lleva 14 meses buscando empleo formal sin éxito. “En los despachos me piden experiencia, pero nadie me la da. En el sector público, los sueldos son de 4,000 pesos y sin prestaciones. Me dicen que haga prácticas, pero ya tengo título. No sé cómo empezar”.
El caso de Andrea se repite en miles de jóvenes. Muchos optan por posgrados no por vocación, sino para “ganar tiempo” y no quedar desempleados. Otros migran o emprenden sin respaldo fiscal, contribuyendo al aumento del trabajo informal, que hoy abarca al 55% de la población ocupada según el INEGI.
El espejismo del empleo formal
El problema no es solo de falta de empleo, sino de rigidez estructural. México mantiene un modelo laboral pensado para jornadas completas y trayectorias largas. No existen incentivos para contrataciones flexibles, residencias profesionales o esquemas de medio tiempo compatibles con la formación o con la maternidad/paternidad temprana.
“Nos enfrentamos a una estructura obsoleta. Las empresas temen contratar jóvenes porque los asocian con rotación o falta de experiencia. Pero nadie ve que también son más adaptables, digitales y con alta capacidad de aprendizaje”, explica Enrique de la Madrid, exsecretario de Turismo y analista económico.
Según el Banco Mundial, los países con programas sólidos de primer empleo reducen hasta en 30% el desempleo juvenil. En América Latina, Chile y Colombia tienen incentivos fiscales para empresas que contraten jóvenes menores de 30 años. México, en cambio, suspendió en 2023 varios programas del Servicio Nacional de Empleo destinados a este sector.
El costo humano del desempleo
Más allá de las cifras, el impacto emocional y social es profundo. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) advierte que el desempleo juvenil sostenido genera “pérdida de autoestima, aumento de la migración, dependencia económica prolongada y desconfianza institucional”.
Luis Fernando, de 28 años, es ingeniero mecatrónico. Trabajó tres meses en una empresa automotriz, pero lo despidieron por recorte presupuestal. “Mandé más de 70 currículums. Me dicen que tengo potencial, pero buscan gente con 5 años de experiencia. Vivo con mis padres, no por comodidad, sino porque no puedo pagar renta. Siento que la vida no arranca”, confiesa.
Esa “vida en pausa” se ha vuelto una constante para una generación que creció con la promesa de movilidad social. Hoy, el INEGI estima que el salario promedio de los jóvenes formales es 22% menor al de los adultos mayores de 40 años, aun con el mismo nivel educativo. El ascenso meritocrático parece detenido.
Una sociedad que envejece sin relevo
México vive un fenómeno demográfico que agrava la crisis: en 2030, uno de cada cinco mexicanos tendrá más de 60 años, según el Consejo Nacional de Población (CONAPO). Pero mientras la población envejece, el mercado laboral no está generando sustitutos jóvenes.
“En Japón o Alemania el envejecimiento se compensó con productividad e innovación; en México, con precariedad y exclusión”, afirma el demógrafo José Alberto Aguilar, de El Colegio de México. “Estamos dejando pasar el bono demográfico, el mayor activo social de nuestra historia reciente”.
La formalidad que excluye
El empleo formal se ha vuelto un club cerrado. Las empresas privilegian la estabilidad, pero sin abrir espacio para el relevo. “Los incentivos fiscales premian la permanencia, no la inserción”, señala la economista Patricia Mercado, senadora e impulsora de políticas de equidad laboral. “Si queremos justicia social, debemos repensar el trabajo como un derecho progresivo, no como un privilegio reservado”.
El trabajo no es solo medio de sustento, sino expresión de la dignidad humana. El trabajo humano es un bien del hombre porque corresponde a su dignidad; mediante él se realiza a sí mismo y contribuye al bien común. Negarle a los jóvenes esa oportunidad no es solo un error económico: es una injusticia moral.
Expertos coinciden en que México necesita una política nacional de primer empleo. Las propuestas incluyen:
- Incentivos fiscales a empresas que contraten recién egresados.
- Modelos duales (formación y empleo simultáneo), como en Alemania.
- Programas de residencias profesionales remuneradas.
- Flexibilización de jornadas parciales y trabajo híbrido.
- Bolsa nacional de empleos jóvenes en el sector público.
La economista María Ariza, directora de la Bolsa Institucional de Valores (BIVA), señala: “Las empresas tienen una responsabilidad social ineludible: abrir espacios para los jóvenes. Si no lo hacemos, estaremos hipotecando el futuro del país”.
El llamado no es solo al gobierno, sino a toda la sociedad. Un pacto generacional implica reconocer que sin relevo no hay futuro, y que los jóvenes no son un gasto, sino una inversión.
En palabras del Papa Francisco, “cada joven es un sueño de Dios hecho carne”. Pero los sueños necesitan tierra fértil. Si México no abre la puerta laboral a su juventud, los obligará a buscarla en otro país, o peor aún, a perder la fe en el suyo.
Andrea, la joven abogada desempleada, lo resume con sencillez: “No pido que me regalen nada. Solo quiero que alguien me dé una oportunidad para demostrar de qué soy capaz”.
Ese es el desafío: construir un país que diga a sus jóvenes, con hechos y no con discursos: “aquí hay un lugar para ti”.
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