América Latina vive un nuevo momento de inflexión política. Tras más de una década marcada por gobiernos de izquierda —con distintos matices ideológicos, resultados económicos desiguales y fuertes promesas de justicia social—, en los últimos años se ha hecho evidente un giro electoral hacia opciones conservadoras, liberales o abiertamente antisistema. Este viraje no responde a una moda ideológica homogénea, sino a una reacción ciudadana frente al hartazgo, la inseguridad, el deterioro institucional y la frustración económica.
Desde la llegada de Nayib Bukele al poder en 2019, pasando por el triunfo de Javier Milei en 2023, hasta el avance sostenido de fuerzas de derecha en países como Costa Rica, Paraguay y Ecuador, el mensaje de las urnas parece claro: una parte significativa de la ciudadanía busca orden, resultados y ruptura con el statu quo.
Este artículo analiza qué hay detrás de este giro, qué países lo encarnan con mayor claridad, qué dicen los datos y los expertos, y cómo este fenómeno interpela a los valores democráticos, la legalidad y el bien común, pilares también de la Doctrina Social de la Iglesia.
Del desencanto a las urnas: el contexto del viraje
Durante los años 2000 y 2010, América Latina fue laboratorio de gobiernos de izquierda que prometieron reducir pobreza y desigualdad. Si bien hubo avances iniciales impulsados por el boom de las materias primas, el crecimiento no fue sostenible. Según la CEPAL, entre 2014 y 2022 la región registró uno de los peores desempeños económicos del mundo, con bajo crecimiento, informalidad persistente y retrocesos sociales tras la pandemia.
A ello se sumaron escándalos de corrupción, debilitamiento institucional y un incremento notable de la violencia. El Banco Mundial ha advertido que América Latina sigue siendo la región más desigual del planeta y una de las más violentas, con impactos directos en la vida cotidiana de millones de personas.
“Las elecciones recientes no son tanto un voto ideológico, sino un voto de castigo”, explica la politóloga argentina María Esperanza Casullo, citada por Foreign Affairs. “La gente vota contra lo que percibe como ineficaz, corrupto o incapaz de ofrecer seguridad”.
El Salvador y Argentina: símbolos del cambio
El caso de El Salvador es paradigmático. Nayib Bukele rompió con las élites tradicionales y construyó su legitimidad sobre una promesa clara: recuperar el control del Estado frente a las pandillas. De acuerdo con cifras oficiales del gobierno salvadoreño, los homicidios se redujeron más de 70% entre 2019 y 2023, un dato que, aunque debatido por organismos de derechos humanos, explica su enorme respaldo popular.
“Antes no dejaba salir a mis hijos después de las seis”, cuenta Rosa Martínez, comerciante de Soyapango. “Hoy no digo que todo esté perfecto, pero se puede vivir sin miedo. Eso no lo teníamos antes”.
En Argentina, el triunfo de Javier Milei respondió a una crisis económica profunda: inflación superior al 200% anual, pobreza arriba del 40% y una desconfianza generalizada hacia la clase política. Su discurso liberal radical conectó con jóvenes cansados de promesas incumplidas.
“El mensaje fue: nada funciona, probemos algo distinto”, resume el economista Carlos Melconian en entrevistas con medios locales.
Otros países, un mismo malestar
Aunque con liderazgos menos estridentes, el giro también se observa en:
- Costa Rica: elección de Rodrigo Chaves con un discurso anticorrupción y de eficiencia estatal.
- Paraguay: retorno del Partido Colorado con énfasis en orden y estabilidad.
- Ecuador: giro hacia posiciones conservadoras tras años de inestabilidad y violencia.
En Chile, aunque el presidente en funciones es de izquierda, el avance electoral de figuras como José Antonio Kast revela una sociedad profundamente polarizada y crítica de los resultados del ciclo progresista.
¿Derecha autoritaria o demanda de gobernabilidad?
Uno de los debates centrales es si este giro implica un riesgo para la democracia. Organismos como Human Rights Watch han advertido sobre prácticas que pueden vulnerar derechos fundamentales. Sin embargo, analistas como Steven Levitsky subrayan que el problema de fondo es la debilidad institucional previa.
La clave no está en etiquetas ideológicas, sino en la centralidad de la persona humana, el respeto a la legalidad y la búsqueda del bien común. El papa Francisco ha insistido en que “la política es una de las formas más altas de la caridad cuando se pone verdaderamente al servicio de la sociedad”.
María Fernanda, 27 años, egresada universitaria en Lima, lo resume así: “No soy de derecha ni de izquierda. Quiero un trabajo digno, poder caminar tranquila y que mi esfuerzo valga. Si un gobierno no me da eso, voto por otro. Ya no creemos en discursos”. Su voz refleja a una generación que ya no vota por lealtades históricas, sino por expectativas concretas.
El giro a la derecha en América Latina no es un cheque en blanco ni una ruptura definitiva con el pasado. Es, ante todo, un grito ciudadano que exige resultados, legalidad, seguridad y oportunidades reales. Ignorarlo sería repetir errores.
El reto para estos nuevos liderazgos es enorme: gobernar con eficacia sin erosionar la democracia, respetar los derechos humanos y reconstruir la confianza social. Para las fuerzas progresistas, la lección es clara: sin autocrítica, sin instituciones fuertes y sin resultados tangibles, la ciudadanía seguirá buscando alternativas.
En el fondo, el péndulo político latinoamericano recuerda una verdad elemental: la democracia vive de la dignidad humana, la justicia y la esperanza, no de etiquetas ideológicas.
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