En un entorno marcado por el crecimiento económico lento y una informalidad laboral que alcanza al 67% de la población joven, las nuevas generaciones en México atraviesan una crisis de expectativas sin precedentes. A pesar de contar con niveles educativos superiores a los de sus predecesores, el acceso a una vida autónoma se ve frenado por salarios insuficientes, la imposibilidad de adquirir vivienda y una sobrecarga de tareas de cuidado que afecta principalmente a las mujeres.
Esta realidad ha derivado en un fenómeno colectivo: ocho de cada diez jóvenes manifiestan desilusión y frustración, un sentimiento que ya trasciende lo económico para convertirse en una crisis de salud mental que el sistema nacional de salud aún no logra cubrir con suficiencia.
Panorama laboral: entre la informalidad y la inactividad económica
En México, el acceso al mercado laboral para las nuevas generaciones se caracteriza por la inestabilidad. De los 30.4 millones de jóvenes en el país, el 52% (15.9 millones) se encuentra dentro de la población económicamente activa. Sin embargo, contar con un empleo no garantiza estabilidad ni acceso a derechos básicos: el 67% de los jóvenes trabajadores se desempeña en el sector informal, una tasa que supera por 10 puntos porcentuales al promedio general nacional.
Esta precariedad se manifiesta incluso entre quienes poseen formación académica. Las estadísticas de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) 2025 indican que el 39% de los jóvenes no económicamente activos cuentan con educación media superior y un 20% ha alcanzado la educación superior. Pese a este capital humano, el mercado laboral actual no logra absorber la oferta profesional, lo que deriva en una desconexión entre el nivel educativo y las oportunidades reales de desarrollo.
Brechas de género y la carga del trabajo no remunerado
La desigualdad de género representa un obstáculo estructural en la trayectoria de las mujeres jóvenes. Los datos reflejan que 87 de cada 100 mujeres jóvenes no están disponibles para incorporarse al ámbito laboral, frente a 83 de cada 100 hombres, una brecha que se acentúa por la distribución del trabajo doméstico.
Actualmente, 4 de cada 10 mujeres jóvenes asumen tareas de cuidados y labores del hogar de manera no remunerada, mientras que solo 1 de cada 10 hombres participa en estas actividades. Esta desproporción limita la autonomía económica de las mujeres y posterga sus proyectos personales y profesionales desde edades tempranas.
El impacto emocional: una generación ante el “futuro bloqueado”
La combinación de salarios insuficientes, la imposibilidad de acceder a una vivienda digna y un crecimiento económico lento ha consolidado un sentimiento de frustración colectiva. Según el Adecco Group Institute México, el 80% de los jóvenes en el país manifiesta desilusión respecto a su futuro laboral. Esta percepción se alimenta de fenómenos como el “emprendimiento forzado”, donde el autoempleo no surge por vocación, sino como una alternativa de supervivencia ante la falta de plazas de calidad.
En contextos de alta vulnerabilidad, la exclusión del mercado formal y la falta de expectativas de movilidad social han facilitado el reclutamiento de jóvenes por parte del crimen organizado, que se presenta como una opción de ingresos ante el colapso de las vías tradicionales de progreso.
Crisis de salud mental y el desafío presupuestario para 2026
La situación emocional de la juventud mexicana atraviesa un periodo crítico. Estudios de la UNAM señalan que hasta el 90% de los universitarios experimentan síntomas de ansiedad y depresión, mientras que UNICEF reporta que el 70% de la Generación Z se siente abrumada por las crisis globales. Actualmente, el suicidio representa la segunda causa de muerte en jóvenes de entre 14 y 24 años en México.
A pesar de la magnitud de esta crisis, el panorama financiero para la atención de la salud mental muestra retrocesos. Para el año 2026, se proyecta un recorte presupuestal del 13.8% respecto a 2024, lo que situaría la inversión en este sector en apenas el 1.5% del gasto conjunto de la Secretaría de Salud e IMSS-Bienestar. Esta cifra se encuentra significativamente por debajo del 5% mínimo recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Respuestas institucionales y participación social
Ante este escenario, se han articulado esfuerzos gubernamentales y ciudadanos para mitigar el impacto en el bienestar juvenil. El Gobierno Federal ha anunciado una iniciativa integral que busca vincular la salud mental con la prevención de la violencia en entornos escolares a través de las Jornadas por la Paz.
A nivel local y académico, destacan programas como “ConTacto Joven” del IMJUVE y el desarrollo de “Salas de Bienestar Emocional” en escuelas de la Ciudad de México. Asimismo, instituciones como la UDEM han implementado retos educativos para fomentar la conciencia sobre trastornos emocionales mediante herramientas lúdicas, buscando reducir el estigma y facilitar que los jóvenes busquen la ayuda profesional que actualmente la mayoría no solicita.
El bien común frente al colapso de las expectativas de desarrollo
Más allá de las estadísticas económicas, la crisis de frustración en la juventud mexicana responde a una desconexión entre el esfuerzo individual y la posibilidad real de trascendencia. El hecho de que el 80% de los jóvenes perciba un futuro “bloqueado” sugiere que las estructuras sociales han dejado de funcionar como una plataforma de crecimiento para convertirse en una barrera. Cuando la educación superior —alcanzada por el 20% de quienes no encuentran espacio en la economía— deja de ser una garantía de bienestar, se rompe el pacto de confianza entre el ciudadano y el sistema.
Esta realidad se traduce en una vulnerabilidad que toca lo más profundo de la identidad personal. La imposibilidad de independizarse y acceder a una vivienda propia no es sólo una carencia material; es un impedimento para la autonomía y la formación de nuevos núcleos familiares, lo que mantiene a los jóvenes en un estado de “adolescencia extendida” no deseada. Asimismo, la brecha de género que obliga a 4 de cada 10 mujeres al trabajo doméstico no remunerado representa una pérdida de talento y vocación que la sociedad no logra integrar. Al no encontrar canales legítimos y dignos para aportar su potencial, el joven experimenta una desvalorización social que, en los contextos más críticos, convierte al crimen organizado en una alternativa de pertenencia frente a un Estado y un mercado que parecen haberles dado la espalda.
La fractura del proyecto de vida: el impacto de un sistema que excluye
La frustración juvenil en México no es un rasgo generacional de apatía, sino una respuesta lógica a un entorno que ha dejado de ofrecer certezas. Mientras el Estado y la iniciativa privada no logren cerrar la brecha entre la formación académica y la oferta laboral digna, el capital más valioso del país seguirá en riesgo de estancamiento o, en el peor de los casos, de ser absorbido por alternativas de subsistencia fuera de la legalidad.
Atender la salud mental es urgente, pero es insuficiente si no va acompañado de una reforma estructural que reconozca el trabajo como un eje de realización personal y no solo de supervivencia. El futuro del tejido social depende de que los jóvenes recuperen la capacidad de planear su vida con la seguridad de que su esfuerzo tendrá una recompensa justa.
Te puede interesar: El auge de la IA en México y la paradoja de los empleos junior
Facebook: Yo Influyo





