En las últimas dos décadas, el mundo ha experimentado una transformación tecnológica y científica sin precedentes. Sin embargo, detrás de la pantalla de nuestros smartphones y la sofisticación de la Inteligencia Artificial, se esconde una cifra que parece extraída de una distopía: entre el año 2000 y el 2024, el 1% más rico del planeta capturó el 41% de toda la nueva riqueza generada. En contraste, el 50% más pobre de la población mundial apenas recibió las migajas: un escuálido 1%.
Este dato no es una estimación al aire. Proviene del más reciente estudio del Comité Extraordinario de Expertos Independientes sobre la Desigualdad Global, un organismo de alto nivel encargado por el presidente sudafricano Cyril Ramaphosa en el marco de la presidencia de Sudáfrica del G-20. Basado en cálculos del World Inequality Lab, el informe es una radiografía dolorosa de un sistema que parece haber olvidado su propósito original: el bienestar del ser humano.
Un sistema que asfixia la dignidad
Para las generaciones Millennial y Centennial, estas cifras no son solo estadísticas; son la explicación de por qué el acceso a la vivienda es un sueño lejano, por qué el empleo formal es cada vez más precario y por qué la movilidad social parece haberse estancado.
Adriana E. Abdenur, científica social brasileña y coautora del informe, es tajante en su diagnóstico. En entrevista, señala que la estructura económica actual ha fracasado en su misión más básica. “El sistema económico que tenemos hoy en día no está proporcionando bienestar, dignidad ni políticas públicas para la mayoría de la población mundial”, explica Abdenur. Para la experta, no se trata solo de dinero, sino de la capacidad de los Estados para garantizar derechos fundamentales que permitan a las personas florecer.
Esta visión resuena profundamente con los principios humanistas que siempre ha postulado que la economía debe estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía. El principio del Destino Universal de los Bienes nos recuerda que, aunque la propiedad privada es un derecho, este no es absoluto ni puede ejercerse en detrimento de la supervivencia y dignidad de los demás.
La trampa de las reglas del juego
El Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, quien también ha participado activamente en estas discusiones, lanza una advertencia que debería quitarle el sueño a los tomadores de decisiones. Si no se actúa ahora, el daño será irreversible.
“Esto requiere una respuesta contundente si no queremos entrar en un círculo vicioso en el que, una vez que haya demasiada desigualdad, los ricos establezcan las reglas del juego para ayudarse a preservar su riqueza”, afirma Stiglitz. El riesgo es caer en una “captura del Estado”, donde las leyes y las políticas públicas dejen de buscar el Bien Común para convertirse en herramientas de blindaje patrimonial para una élite minúscula.
En México, este fenómeno se vive a diario. A pesar de ser una de las 15 economías más grandes del mundo, la distribución de la riqueza sigue siendo uno de nuestros mayores desafíos históricos. La brecha entre el México que compite en mercados globales y el México que lucha por poner comida en la mesa es un recordatorio de que el crecimiento económico por sí solo no es sinónimo de desarrollo humano.
Los valores mexicanos ante la crisis
A pesar del panorama sombrío, la identidad mexicana ofrece una respuesta cultural valiosa. Si algo define al mexicano es la solidaridad y el sentido de comunidad. Desde los sismos hasta las crisis económicas, el “nosotros” siempre ha prevalecido sobre el “yo”. Esta ética de la fraternidad es precisamente lo que los expertos proponen para reformar el sistema global.
La justicia social no es un concepto abstracto de izquierda o derecha; es, en esencia, la aplicación del amor al prójimo en la esfera pública. Es reconocer que el éxito de una nación no se mide por el valor de sus acciones en la bolsa, sino por la calidad de vida de sus ciudadanos más vulnerables.
¿Hacia dónde vamos? Propuestas para un cambio real
El informe del G-20 no solo se queda en la queja; insta a los gobiernos a tomar medidas coordinadas. Algunas de las propuestas que cobran fuerza en la arena internacional incluyen:
- Transparencia Fiscal Global: Evitar que las grandes fortunas se oculten en paraísos fiscales, asegurando que contribuyan de manera justa al sostenimiento de los servicios públicos en los países donde generan su riqueza.
- Inversión masiva en Capital Humano: Priorizar la educación y la salud no como gastos, sino como la inversión más rentable para romper el ciclo de la pobreza.
- Rediseño de las Reglas del Mercado: Asegurar que la competencia sea real y que los monopolios no asfixien a los pequeños emprendedores y a las PyMEs, que son el corazón de la economía mexicana.
Como jóvenes, la tentación de caer en el cinismo es grande. Ver que el 1% se queda con casi la mitad de lo nuevo que se crea puede generar una sensación de impotencia. Sin embargo, la historia nos enseña que los sistemas económicos no son leyes de la naturaleza; son construcciones humanas y, por lo tanto, pueden ser modificadas.
El respeto a la legalidad y la participación ciudadana son las herramientas para exigir un cambio. No se trata de atacar la riqueza, sino de fomentar una prosperidad compartida. Se trata de construir un México y un mundo donde el esfuerzo se premie, donde la dignidad sea la base de toda política y donde nadie se quede atrás por el simple hecho de haber nacido en el “lado equivocado” de la estadística.
La pregunta de Stiglitz queda en el aire: ¿Dejaremos que el círculo vicioso se cierre, o usaremos nuestra voz para abrir una nueva era de justicia? La respuesta, en gran medida, depende de nuestra capacidad para influir en las decisiones que definirán las próximas décadas.
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