El planeta agota sus reservas de agua: ONU

Un informe histórico de la Universidad de las Naciones Unidas (ONU) advierte que el planeta ha entrado en una etapa de “quiebra hídrica global”, un umbral en el que la presión humana ha vaciado reservas que tardaron miles de años en formarse y que, en muchos casos, no podrán recuperarse. No se trata de una crisis pasajera, sino de un cambio estructural que compromete el funcionamiento mismo del sistema hídrico del planeta.

Durante décadas, el desarrollo económico se apoyó en la idea de que el agua era un recurso inagotable. Esa premisa sostuvo la expansión de la agricultura intensiva, el crecimiento acelerado de las ciudades, la industrialización y un patrón de consumo cada vez más demandante. El resultado es un uso del agua que supera con creces la capacidad natural de reposición. El informe compara esta dinámica con una cuenta bancaria de la que se retira dinero todos los días sin realizar depósitos: el saldo, inevitablemente, terminó en negativo.

Los efectos de este modelo son visibles y medibles. Tres cuartas partes de la población mundial viven en países donde el agua es escasa o insegura, mientras que más de la mitad de los grandes lagos del planeta muestran procesos avanzados de reducción. En paralelo, alrededor de dos mil millones de personas habitan en zonas donde el suelo se hunde lentamente debido a la sobreexplotación de acuíferos, una señal inequívoca de que el agua subterránea se está extrayendo más rápido de lo que puede regenerarse. A esto se suma la desaparición acelerada de humedales: en apenas medio siglo se ha perdido una superficie equivalente a toda la Unión Europea, con consecuencias directas sobre la biodiversidad y la regulación natural del ciclo del agua.

El cambio climático actúa como un multiplicador de riesgos. El aumento de la temperatura intensifica la evaporación, prolonga las sequías y altera los patrones de lluvia que alimentaban ríos, presas y mantos freáticos. Cada fenómeno extremo deja menos margen de recuperación, empujando a comunidades enteras a depender de reservas cada vez más profundas y costosas de extraer. Según los autores del informe, muchas regiones han vivido durante años muy por encima de sus posibilidades hidrológicas, hipotecando el futuro para sostener el presente.

La agricultura concentra el núcleo del problema. Este sector consume cerca del setenta por ciento del agua dulce disponible en el mundo y se ha convertido en el principal factor de agotamiento de ríos y acuíferos. Cuando el agua falta en los campos, la escasez no se queda en el ámbito local: se traslada a los mercados internacionales mediante el encarecimiento de los alimentos, presiona la inflación y pone en riesgo la seguridad alimentaria global. El agua que no alcanza en una cuenca termina repercutiendo en la mesa de consumidores a miles de kilómetros de distancia.

La quiebra hídrica, advierte el informe, no reconoce fronteras ni puede abordarse con soluciones aisladas. Es un riesgo sistémico que atraviesa economías, cadenas de suministro y relaciones geopolíticas. En ese contexto, la Universidad de las Naciones Unidas propone un cambio de enfoque: dejar de gestionar la escasez como una emergencia puntual y asumirla como una condición estructural que exige decisiones políticas de largo alcance.

El llamado es a “gestionar la quiebra” mediante una renegociación profunda del vínculo entre la sociedad y la naturaleza. Esto implica transformar los sistemas agrícolas para hacerlos menos dependientes del riego intensivo, distribuir el agua de manera más equitativa y proteger los ecosistemas que todavía cumplen la función de recargar acuíferos y regular caudales. La Conferencia del Agua de la ONU de 2026 aparece como un punto crítico para impulsar ese viraje. El mensaje final del informe es tan sobrio como contundente: aunque muchos acuíferos no volverán a llenarse, aún es posible evitar un colapso mayor si se aprende a vivir, producir y gobernar con el agua que queda.

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