Entre misiles y silencios: el llamado del Papa

Cada inicio de año, el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz funciona como una suerte de termómetro moral del planeta. No es un texto litúrgico más ni una reflexión abstracta: es una lectura crítica del estado del mundo, dirigida no solo a creyentes, sino a gobiernos, organismos internacionales, empresarios, jóvenes y ciudadanos comunes.

En enero, Papa León XIV eligió un tono particularmente directo. Su mensaje no se limitó a una exhortación espiritual, sino que se convirtió en una acusación ética contra la normalización de la guerra, el comercio de armas, la indiferencia social y la fragmentación del orden internacional.

“El mundo se ha acostumbrado a convivir con la guerra como si fuera inevitable”, advirtió el Pontífice, retomando una de las ideas centrales de la Doctrina Social de la Iglesia: la paz no es ausencia de conflicto, sino fruto de la justicia, la verdad y la solidaridad.

Este llamado resuena con especial fuerza en un contexto donde, de acuerdo con el Instituto de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), más de 110 millones de personas viven hoy desplazadas por conflictos armados, la cifra más alta desde que existen registros modernos.

Un mundo marcado por conflictos armados persistentes

El mensaje del Papa León no se emite en el vacío. Llega en un momento histórico caracterizado por guerras prolongadas, conflictos regionales enquistados y nuevas formas de violencia híbrida.

La guerra entre Ucrania y Rusia ha entrado en una fase de desgaste humano y económico que golpea de manera directa a la población civil. Naciones Unidas ha documentado miles de víctimas no combatientes, destrucción sistemática de infraestructura energética y una generación entera marcada por el trauma.

En Medio Oriente, la escalada entre Gaza e Israel ha vuelto a colocar en el centro del debate internacional el uso desproporcionado de la fuerza, la protección de civiles y el colapso del derecho humanitario.

A estos escenarios se suman conflictos menos visibles pero igual de devastadores en Sudán, Yemen, Siria, Myanmar y diversas regiones del Sahel africano. El denominador común, como subrayó el Papa León, es que “las guerras modernas se libran lejos de quienes toman las decisiones, pero siempre sobre los cuerpos de los más pobres”.

El comercio de armas y la economía de la guerra

Uno de los puntos más contundentes del mensaje papal fue la crítica al complejo industrial-militar. Según datos del SIPRI, el gasto militar mundial superó los 2.4 billones de dólares en el último año, mientras organismos humanitarios denuncian recortes sistemáticos en ayuda alimentaria, salud y educación.

“La guerra se ha convertido en un negocio que necesita conflictos permanentes para sostenerse”, afirmó el Papa León, retomando una crítica constante del magisterio social de la Iglesia desde Pacem in Terris hasta Fratelli Tutti.

Esta lógica económica contradice frontalmente el principio de destino universal de los bienes, uno de los pilares de la Doctrina Social de la Iglesia, que sostiene que los recursos del mundo deben estar al servicio de toda la humanidad, no de intereses armamentistas.

Olena, madre de dos niños de 9 y 12 años, vive desde hace más de un año en un centro de refugiados en Polonia tras huir de Járkov. En entrevista con medios europeos, relató: “Mis hijos ya no juegan a ser astronautas o médicos. Juegan a esconderse cuando suenan explosiones”.

Su testimonio pone rostro a lo que el Papa León llamó “la pedagogía del miedo que la guerra impone a los niños”. No se trata solo de pérdidas materiales, sino de biografías rotas, de futuros amputados antes de empezar.

En Gaza, organizaciones como Médicos Sin Fronteras han documentado generaciones de niños con estrés postraumático severo. En Sudán, millones de menores han abandonado la escuela. La guerra no termina cuando callan las armas: continúa en la vida cotidiana de quienes sobreviven.

La paz como tarea política, social y personal

El mensaje del Papa León insiste en que la paz no puede delegarse únicamente a diplomáticos o instituciones internacionales. “La paz es una tarea cotidiana”, afirmó, subrayando la corresponsabilidad de ciudadanos, empresas, medios y líderes comunitarios.

La paz se construye a partir de cuatro pilares:

  1. Respeto irrestricto a la dignidad humana
  2. Justicia social y reducción de desigualdades
  3. Fortalecimiento del Estado de derecho y la legalidad
  4. Cultura del encuentro y del diálogo

Para los jóvenes —Millennials y Centennials— este mensaje resulta especialmente interpelante. No solo como herederos de un mundo en crisis, sino como actores clave en la construcción de narrativas distintas, alejadas del odio, la polarización y la deshumanización del adversario.

México frente al llamado global por la paz

Aunque México no vive una guerra internacional, el mensaje papal toca una herida cercana: la violencia estructural ligada al crimen organizado. Más de 30 mil homicidios al año, miles de desaparecidos y comunidades enteras sometidas al miedo cotidiano.

El Papa León recordó que no hay paz sin legalidad, y que tolerar la impunidad equivale a normalizar la violencia. Este punto conecta directamente con valores profundamente mexicanos: la búsqueda de justicia, la centralidad de la familia y la solidaridad comunitaria.

En este sentido, el mensaje papal no es ajeno a nuestra realidad: la paz también se construye en barrios, escuelas, empresas y familias.

El mensaje del Día Mundial de la Paz del Papa León no fue un texto cómodo. Fue una interpelación directa a un mundo que ha aprendido a convivir con la guerra.

En un escenario global marcado por misiles, desplazamientos forzados y discursos de odio, el Pontífice recordó una verdad incómoda: la paz cuesta, porque exige renunciar a privilegios, intereses económicos y narrativas de poder.

Pero también dejó una esperanza clara: la paz es posible cuando se coloca a la persona humana en el centro, cuando la legalidad sustituye a la fuerza y cuando la solidaridad vence a la indiferencia.

En tiempos de guerra normalizada, hablar de paz no es ingenuo. Es profundamente revolucionario.

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