El consumismo y lo superfluo

Con frecuencia nos encontramos con conocidos que presumen, por ejemplo, de usar un reloj caro. Y nos suelen explicar algunas de sus funciones, como son: que mide los pasos de quien lo usa, da información del pulso cardiaco, de la presión arterial, de la temperatura del cuerpo, etc.

Cuando le preguntamos al dueño del reloj si le son de utilidad todas esas funciones, a menudo nos contesta: “En realidad sólo lo uso para ver la hora. Todo lo demás son “monerías” que me quitan el tiempo”. En otros casos responden: “No me son de provecho porque considero que me podría llegar a obsesionar el hecho de estarme revisando de continuo la presión arterial”.

En efecto, un buen reloj nos conformamos con que nos dé la hora exacta y punto. Y así sucede con otras tecnologías como el celular, el Ipad o la Lap Top. Con cierta frecuencia, se están publicitando nuevos modelos que supuestamente tienen innovaciones. Muchos jóvenes, que se dejan llevar por la moda, de inmediato quieren adquirir el más reciente celular, por ejemplo.

Cuando un padre de familia le pregunta a su hija adolescente cuáles son esas ventajas y le responde con vaguedades, entonces le hace ver que no se deje llevar por el consumismo porque el celular que usa quizá no sea tan reciente, pero le funciona bastante bien.

El consumismo tiende -mediante el “bombardeo” publicitario- a crear falsas necesidades. Y hay que aprender a reflexionar si en realidad necesita de ese producto o se está dejando llevar por un mero impulso de compra.

En otras ocasiones, nos encontramos con amistades que nos dicen: “Estaban en oferta estas chamarras y me compré dos, a precios regalados”. Y cuando, por la amistad que nos une, le cuestionamos en confianza:

     -Pero si tú ya tienes una muy buena chamarra.

Nos responde:

      -¡Es verdad!. Ya veré a quién se la regalo.

Nos estamos enfrentando a una sociedad que no considera con calma las compras que va a realizar y muchas de ellas las realiza irreflexivamente. En numerosas ocasiones, cuando llega la cuenta de la tienda, vienen esas caras de sorpresa y arrepentimiento.

–           ¿Cómo fue posible que hiciera esta compra tan absurda? ¡Si en realidad no necesitaba de esas prendas de vestir!

Me resulta inolvidable la anécdota de aquella joven señora que observé su conducta en un conocido centro comercial. Ella vio en el escaparate de una tienda una peluca que le gustó mucho. Y dijo:

        -¡Yo la quiero, a como dé lugar!

Y la amiga que la acompañaba le decía:

–           Pero si ya tienes tres pelucas. ¿Necesitas más?

–           ¡A mí me vale; yo me la llevo! Entró a la tienda, de inmediato se la probó y la compró.

La verdad es que me dio pena esa mujer que se mostraba esclava de sus impulsos por adquirir toda clase de prendas que le agradaban.

El consumismo lleva a sobrevalorar las necesidades inmediatas y a no sentirse satisfechos con nada.

Como dicen los psiquiatras, esas personas sufren de “la inmediatez”, es decir, de querer adquirir el objeto deseado “cuanto antes, aquí y ahora”.

Algunos de esos compradores compulsivos requieren de atención médica adecuada. Como decía un joven profesionista, soltero:

–           “Cuando me encontré un enorme kayak anaranjado y diversos objetos deportivos -que no necesitaba- en la puerta de mi departamento que me había enviado una tienda, llegué a la conclusión que requería de atención psiquiátrica, porque no tenía la menor noción de cuándo había comprado dichos objetos. Y claro, en esas compras precipitadas se iba buena parte de mi sueldo”.

Vivimos inmersos en una sociedad de consumo, donde todo se va haciendo desechable, y a la vez, muy accesible porque objetos que anteriormente resultaban bastante caros, ahora cada vez son menos costosos y de mayor calidad.

Por ello es importante aprender a distinguir entre lo que es realmente necesario y lo superfluo. De lo contrario nos vamos rodeando de bienes que, en estricto sentido, no los necesitamos.

Por ello es conveniente que los hijos sean educados en estos conceptos que resultan clave para que ellos mismos se persuadan de las ventajas de vivir sobria y templadamente, partiendo del buen ejemplo de sus padres.

De lo contrario, se convierten en hijos irresponsables y caprichosos, que gastan dinero sin control alguno -y como de ordinario no trabajan- desconocen lo que cuesta ganar esas grandes sumas, que ellos malgastan.

Por otra parte, es necesario que sean solidarios con las necesidades materiales de las personas que viven en extrema pobreza y necesitan de su ayuda. Es muy formativo que colaboren en labores sociales y asistenciales y que perciban, de primera mano, las dramáticas necesidades del prójimo. Más ahora, en nuestro atribulado México, que pasa por una grave crisis económica, que los hijos sean conscientes de las necesidades de los demás y tengan la iniciativa de ayudarles en aspectos muy concretos.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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