¿Elección de Estado o elección democrática?

El régimen emanado de la Revolución Mexicana, a diferencia de los surgidos de otras revoluciones, dio lugar a una peculiar forma de simulación democrática —o dictadura perfecta como la calificó Mario Vargas Llosa— que el gobierno actual parece querer reeditar, aunque las condiciones han cambiado. 

Esa maquinaria funcionaba gracias a que se trataba de elecciones de Estado que además servían para “acomodar” a cientos de miembros del mismo partido en posiciones de poder en las Cámaras y en los gobiernos locales. Esta noción escapa al entendimiento de la mayoría de los votantes actuales porque no les tocó ni vivir ni mucho menos votar en ese esquema, al igual que a los votantes anteriores a 1997 les parecía increíble votar con libertad sabiendo que su decisión impactaría en verdad el resultado porque habría elecciones democráticas. 

Como se decía, en 2024 estamos ante un intento claro de reeditar el esquema de la elección de Estado, y conviene reconocer sus signos; pero a la vez, darse cuenta de que el escenario no es exactamente igual para sacarle provecho.

El primer signo de que es una elección de Estado es que el titular del Ejecutivo principalmente ni ha respetado ni respetará ninguna de las contenciones que marca la ley para tener una elección pareja para las contendientes. Con descaro ha expresado su apoyo a la candidata de su partido y no hay duda de que todas las dependencias federales y locales bajo su control harán lo que sea —legal e ilegal— por apoyarla. Esas acusaciones han surgido incluso desde dentro.

Otro signo preocupante, sin duda, es el debilitamiento del Instituto Nacional Electoral porque la presidencia de Guadalupe Taddei ha mostrado grandes debilidades para mantener la colegialidad del Consejo, la operatividad imparcial del mismo instituto y se mueve peligrosamente a rendirse ante los deseos del titular actual del Ejecutivo. El Tribunal Federal Electoral también ha mostrado graves señales de colonización de parte del partido en el poder. Y sin ir más lejos, si ambas instituciones operaran con la limpieza y contundencia del pasado, el titular del Ejecutivo actuaría por encima de las leyes pues se ve intocable. 

El tercer signo es que una elección de Estado se daba también por el dominio absoluto de los medios de comunicación que actúan como caja de resonancia del titular del Ejecutivo, protegen a su candidata y ocultan el fondo discursivo de la candidata de la oposición para minimizar y crear la impresión —para empujar que se vuelva realidad— de que no tiene ninguna oportunidad, que ni siquiera vale la pena intentar ir en contra del oficialismo.

Sin embargo, no estamos en 1997. Al contrario, tanto los que sí recuerdan lo que era votar sin democracia, como los que siempre han votado con democracia han manifestado abiertamente su apoyo al INE, y seguramente, seguirán manifestado su inconformidad con la colonización del INE, pero las elecciones en sí mismas las hacen los ciudadanos y hay suficiente experiencia para impulsar una participación ciudadana confiable. 

En segundo lugar, la alternancia electoral se dio en muchos estados, de hecho, Morena ganó todavía por ese impulso. Y los resultados malos tanto en lo federal como en los gobiernos locales sí pesan, Morena no ha tenido, por fortuna, tiempo de consolidarse en cemento en todas partes. Lo local también se mueve diferente. Claro que no se puede soslayar la presencia del crimen organizado, pero no necesariamente se comportará como el bloque oficialista desearía… para bien y para mal. 

Y, por último, los medios de comunicación están lejos de ser lo que eran hace tres décadas en que había pocas opciones. Hoy la comunicación es mucho más horizontal gracias a las redes sociales, y los jóvenes que son un factor decisivo en esta elección están más cerca de estas redes y eso cambia la ecuación.

Por todo lo anterior, es innegable que estamos ante un escenario donde los ciudadanos nos jugamos el tener elecciones democráticas en el futuro o que se consolide el cemento de elecciones de Estado para los próximos treinta años.

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