Crónica de lecciones no aprendidas

El porvenir posible en 2024 puede ser una realidad si reconocemos lo que hemos hecho mal y si entendemos que la unidad no se puede construir arrinconando el pasado, porque entonces no habrá futuro.



Muchas son las crisis que ha vivido el Partido Acción Nacional a lo largo de su historia. Es un tema que abordaremos con mayor profundidad en alguna otra ocasión, porque estoy convencida de que las nuevas generaciones deben conocer lo que significa el sistema de partidos en México y también cuál es el origen de los mismos, en un país en el que el gobierno actual cuenta las historias de la forma que mejor le conviene.

En nuestro querido México, las crisis en todos los sectores, como la atención a salud, el fortalecimiento de la economía, la generación de empleos y la calidad de la educación, la ciencia y la tecnología, el arte, entre muchos otros rubros, se han intensificado por las inacciones, omisiones e irresponsabilidades de quienes hoy gobiernan. Aunque se ha escrito mucho al respecto, me parece importante destacar el papel histórico que al PAN le corresponde asumir por su origen e historia.

Antes que militante, fui panista de hechos. Me inspiró, como lo he dicho en diversas ocasiones, Carlos Castillo Peraza, a quien conocí en un mitin en Huejotzingo, Puebla, defendiendo el triunfo del PAN en las urnas ante las autoridades electorales.

También tuve la fortuna de colaborar y pertenecer al equipo de Felipe Calderón Hinojosa. Junto con miles de mexicanos, defendimos en 2006 su candidatura y también su triunfo. Es cierto, la diferencia fue de apenas poco más de 250 mil votos, pero de eso se trata la democracia. Me ofende que haya quienes aseguren que existió un fraude en ese tiempo ¿qué les da derecho a pensar que su lucha tiene un valor más alto que la que dimos quienes apostamos a la victoria del PAN?

En ese 2006 trabajamos a ras de piso, convenciendo y promoviendo el voto por el candidato que no era el favorito del entonces presidente de la República, Vicente Fox, quien abiertamente apoyaba a Santiago Creel Miranda, entonces Secretario de Gobernación. Sin embargo, Acción Nacional apostó por convencer a ciudadanos y militantes de otros partidos políticos, no a las coaliciones formales.

Sería injusto de mi parte no reconocer que luego de la victoria interna, contamos con el apoyo del entonces dirigente Manuel Espino y con el respaldo del propio Vicente Fox, aunque incluso haya ocasionado señalamientos por parte de la autoridad electoral. Pero el triunfo de Felipe Calderón sólo lo pusieron en duda López Obrador y sus seguidores, quienes han demostrado que reconocen la democracia sólo cuando ellos ganan.

Quieran o no reconocerlo, no hubo acciones de gobierno puestas al servicio del partido, como ahora sucede con las llamadas “corcholatas” del presidente López Obrador, que no duda en aplicar todo el peso del Estado a favor de sus adelantados aspirantes, no repara en promover los programas ni en aplicar una justicia selectiva que indulta a quienes sigan sus instrucciones o castiga a quienes se nieguen a hacerlo, y aún así tiene el descaro de autodefinirse como “demócrata”.

Sin embargo, hay que reconocer que después de que Felipe Calderón ganara la elección interna, los panistas no logramos la reconciliación: empezamos a dividirnos entre calderonistas y creelistas. Éste fue el primer error que caro pagamos siendo gobierno; nuestro partido se polarizó, no supimos cómo llamar a la reconciliación interna, a la construcción de los acuerdos, ni tampoco a la unidad en torno de los logros de gobierno que debimos comunicar con mayor eficiencia.

Con Germán Martínez al frente -a quien reconozco su inteligencia y preparación académica- sentenciamos al PAN a repetir prácticas que nos alejaron de lo que algún día fuimos. Se designaron candidaturas en los 300 distritos electorales, con el argumento de que primero ganábamos y luego corregíamos. En ese tiempo, fui diputada federal y secretaria de Vinculación con la Sociedad del CEN del PAN, cargo al que renuncié porque el órgano de decisión del que formaba parte nos alejaría de quienes confiaban en nosotros, y advertí del peligro que implicaba entregar candidaturas a quienes el principio de lealtad nos les significaba nada.

Germán Martínez renunció y muchos asumieron que era lo correcto; al paso del tiempo, me parece que esa no fue la mejor decisión, pues él, como dirigente, debía tomar su responsabilidad en el pésimo resultado del 2009 y corregir el camino por el que transitábamos. Admito que debí luchar desde dentro para evitar que la historia se repitiera.

Con César Nava, las cosas tampoco fueron distintas, pues se sustituyó la democracia por el acuerdo cupular, el peso del gobierno nos agobió y ante la inexperiencia de algunos liderazgos, claudicamos a luchar por la democracia. La vida partidista interna es agotadora y eso lo sabemos quienes la hemos vivido, a pesar de que la critican quienes prefieren no desgastarse en la formación de instituciones -al final, son ellos los beneficiarios mayores de esas luchas que parecen sólo internas, pero que impactan en la vida pública de todo el país-. Las mieles del poder son afrodisiacas para muchos.

Terminada la administración de Felipe Calderón -de quien estoy orgullosa de su gestión porque comparto su visión-, la llegada de Gustavo Madero Muñoz marcó una nueva etapa. El Pacto por México, al que muchos nos opusimos, vino a desnudar la personalidad de actores políticos panistas que pensaban que el acuerdo con el gobierno de Enrique Peña Nieto era el camino para avanzar políticamente.

No me arrepiento de las reformas que aprobamos; en mucho, pero en mucho, son mejores que lo que hoy tenemos, aunque el costo que asumimos por hacerlo visible, público y en afán “colaboracionista” fue demasiado alto para el PAN. El entonces Senado de la República se debatió entre corderistas y maderistas (el ser panistas ya estaba muy lejos). La lucha que algunos no vimos no era sobre los beneficios de los cambios legislativos, sino de quién tenía la fuerza suficiente para mantener la interlocución con el gobierno peñista.

Hubo incluso un grupo de senadores que tomó la decisión de sumarse a todas las iniciativas que el PRI proponía. Los hechos, discursos y posicionamientos de cada uno de nosotros quedaron registrados para la historia.

La salida de Margarita Zavala y Felipe Calderón del PAN, para formar su propio partido político, también causó un gran daño a la institución, pues fue motivada por la imposición del entonces conocido “chico maravilla”, Ricardo Anaya, cuya inteligencia y capacidad de oratoria cautivaron a líderes de opinión y a miembros de nuevas generaciones, que veían en el candidato presidencial un ejemplo a seguir, aunque los errores eran más que visibles.

La entonces coalición con el PRD, promovida por Anaya y Damián Zepeda, fue otro grave error que debe reconocerse. Legisladores que ganaron escaños en el poder legislativo federal y también en los estados, con los votos de Acción Nacional, terminaron abandonándonos y pasaron a las filas del PVEM, de MORENA e incluso se hicieron independientes, como si el PAN fuera solo una franquicia barata a la que pudieran repudiar.

Fue en esta coalición cuando en Jalisco se nos pidió bajar las banderas del PAN y cuando perdimos parte de nuestra identidad, esa que hacía que muchos ciudadanos votaran por nosotros; nos seguimos desdibujando y achicando. Los datos no mienten, basta revisar las estadísticas.

En 2018, la democracia interna seguía en agonía. La forma en la que ganó López Obrador -quien por cierto pactó con el gobierno priista- aunque se le quiera atribuir el mayor respaldo ciudadano, nos arrinconó hasta llevarnos a lo impensable: coaligarnos con el PRI, adversario histórico del PAN, como si la simple suma de votos fuera automática.

La llegada de Marko Cortés a la dirigencia nacional no fue producto de la democracia, sino de los acuerdos, especialmente entre gobernadores y senadores entonces encabezados por Rafael Moreno Valle, por eso no había que preocuparse por entregar cuentas a la militancia. Su reelección se dio con todo el aparato partidista y de gobiernos municipales y estatales, que se acostumbraron al acuerdo y arrinconaron la democracia.

La historia se repitió, con una diferencia: contendieron Ricardo Anaya (impulsado por Madero e impulsor de Marko Cortés) y Javier Corral Jurado, a quien por cierto se le permitió participar sin cumplir con las firmas requeridas, para legitimar el triunfo del queretano y luego así conseguir la candidatura al gobierno de Chihuahua.

En la primera contienda de Marko Cortés, que se hizo con recursos de la Cámara de Diputados de la cual era coordinador, Manuel Gómez Morín tampoco logró las firmas requeridas, pero se le otorgaron espacios en la Comisión Permanente a él y a su compañera de fórmula -premiada con la diputación local en Jalisco-, pero es por todos sabido que su líder es el actual coordinador de los diputados locales de MORENA en la entidad.

La reelección del actual dirigente fue inequitativa. Lo demostré ante los órganos de justicia electoral y asumo también que me faltó fuerza y apoyo para conseguir las firmas requeridas para mi registro. Esta contienda me dio la gran lección del largo camino que aún nos queda por recorrer a las mujeres del PAN, que buscamos y luchamos por carreras políticas autónomas e independientes. Supongo sucede en todos los partidos políticos.

Los resultados de la dirigencia están a la vista. No seré yo quien los califique. He escuchado todo tipo de comentarios, incluso de amigos, que debo entender que ya di en la política lo que tenía que ofrecer. No los culpo y comprendo el sentido de sus palabras, pero ante lo que pasa en el país, curiosamente esta narración me alienta a seguir caminando en la vida partidista.

Lo que sucede al interior de los partidos políticos impacta en la vida pública. No son solo pleitos internos, son luchas por la democracia y las causas que se dejan a un lado. La vida interna partidista permite a muchos conseguir sus objetivos sin desgastarse al interior. El fortalecimiento de las instituciones no es una batalla menor. Es el primer paso para lograr un México más justo y equitativo.

Por eso mi llamado a todos los que han estado al frente de las decisiones de mi partido: si no se reconoce el papel y los errores que cada uno de nosotros hemos cometido, estaremos condenados a repetirlos y enfrentar a quienes están destruyendo a México, será aún más complicado. Es hora de la autocrítica, del análisis, del debate y del fortalecimiento del sistema de partidos. Aún no es tarde para rectificar y reconciliar posiciones, porque me queda claro que no hay verdades absolutas, sino puntos de coincidencias y desencuentros en los que debemos trabajar.

El porvenir posible en 2024 puede ser una realidad si reconocemos lo que hemos hecho mal y si entendemos que la unidad no se puede construir arrinconando el pasado, porque entonces no habrá futuro.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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