El simbolismo de nuestra bandera

Una de las efemérides que con mayor realce se festejan es la correspondiente al 24 de febrero, popularmente conocida como “Día de la Bandera”.


Agustín de Iturbide


No obstante, son pocos quienes en realidad conocen el origen de este festejo, que forma parte de nuestra identidad nacional.

Hagamos un poco de historia.

El próximo año se cumplirán dos siglos de que, en una pequeña población del estado de Guerrero llamada Iguala, un sastre que respondía al nombre de Magdaleno Ocampo recibió una encomienda muy especial.

Agustín de Iturbide, jefe de los Ejércitos del Sur del gobierno virreinal, acababa de proclamar, en aquella población, el Plan llamado de Iguala con el cual se sentaban las bases que darían origen a la nación libre e independiente que hoy llamamos México.

Después de once años de luchas fratricidas, en las que pelearon hermanos contra hermanos y en las cuales se arruinó la economía del país, el pueblo pedía a gritos que hubiera paz.

Una paz que se apoyase en la Justicia y que diera por resultado una nación independiente.

Agustín de Iturbide, quien durante varios años había combatido a los insurgentes no tanto por ser insurgentes sino por las crueldades que cometían, supo interpretar dichos anhelos de paz.

Y fue así como, mediante una hábil estrategia epistolar, Iturbide escribió gran cantidad de cartas pidiendo apoyo a su Plan de independencia.

Un Plan que le ofrecía al pueblo tres garantías:

*Independencia ya que eso era lo que todos querían.
*Religión o sea respeto y protección a la fe católica, por ser la que profesaba la inmensa mayoría de los mexicanos.
*Unión, entendiéndose como tal la unidad de todas las razas y estamentos sociales y –de manera muy especial– la de mexicanos y españoles.

Iturbide le pide al sastre Magdaleno Ocampo que esas tres garantías las plasme por medio de vistosos colores y es así como el verde pasó a simbolizar la Independencia, el blanco la pureza de la religión católica y el rojo la unión de las sangres.

A partir de ese momento aquellos tres colores (verde, blanco y rojo) se convirtieron en el símbolo distintivo de la nueva nación que surgía a la vida independiente.

Seis meses después, en la ciudad de Córdoba se reúnen Agustín de Iturbide y Juan O Donojú, último virrey de la Nueva España. Ambos firman los Tratados de Córdoba mediante los cuales O Donojú, en nombre de Fernando VII, reconoce la Independencia de México.

Ya para entonces la casi totalidad de los sectores poderosos del país (altos jefes militares, jerarquía eclesiástica, gobernadores, alcaldes, comerciantes, etc.) se han unido al Plan de Iguala que –como antes dijimos– tuvo como único autor a Iturbide.

Un mes después, el 27 de septiembre de 1821, al frente de un ejército de dieciséis mil hombres y vestido de civil, Agustín de Iturbide entra en la Ciudad de México en medio de los aplausos de un pueblo que le recibe con delirio.

No tiene caso narrar lo que a continuación ocurrió ya que no es tema de este comentario.

Lo que sí es importante recalcar es que a partir de entonces los tres colores de nuestra bandera se quedaron para siempre.

Y fue así que aquí en México hemos tenido y padecido gobiernos de las más diversas e incluso opuestas tendencias.

A muchos de ellos les dio por modificar no tanto la bandera sino el escudo; y fue así que hubo épocas en que el águila fue puesta de frente, otras en que fue puesta luciendo una corona e incluso sufriendo alguna mutilación.

Sin embargo, lo que jamás ha cambiado durante estos doscientos años son los tres colores de la enseña nacional.

Y el que no hayan cambiado tiene una explicación: Pase lo que pase y en medio de tragedias y alegrías, los ideales de nuestro pueblo siguen siendo los mismos que Iturbide plasmó en su Plan de Iguala: Independencia, fe católica y unidad nacional.

Los tres colores que lució el Ejército Trigarante y que, si se respetan como es debido, habrán de garantizar que nuestro pueblo sea próspero y feliz.

Y concluimos con una estrofa de nuestro Himno Nacional, cuya letra escribió Francisco González Bocanegra, y que, por desgracia, el sectarismo ideológico ha relegado al olvido:

Si a la lid contra hueste enemiga
Nos convoca la trompa guerrera,
De Iturbide la sacra bandera
Mexicanos valientes, seguid.

 

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