En España, el socialismo gana terreno

Hay una manera muy sutil pero perversa de frustrar victorias conservadoras y es dándole victorias a los marxistas.


Situación política española


Muchas cosas han pasado en España desde las elecciones generales del 28 de abril, siendo la más importante que quien obtuviera el mayor número de escaños, el socialista Pedro Sánchez, no ha podido formar gobierno.

A pesar de que grupos empresariales le pidieron al centrista Albert Rivera, líder de Ciudadanos, éste se negó rotundamente afirmando que desea ser él quien encabece la oposición.

Quien sí desea pactar con el PSOE es el radical Pablo Iglesias, líder de Podemos; siempre y cuando, claro está, se integre un gobierno de coalición en el cual se le den varias carteras ministeriales.

Pedro Sánchez responde con un no rotundo y la explicación a dicha negativa es que, en el fondo, le tiene miedo al líder de Podemos.

Conociendo el inflexible radicalismo de Pablo Iglesias, el líder socialista teme –con justa razón– que éste pueda hacerle una mala jugada.

Y es que, si los de Podemos llegan a ocupar ministerios, será imposible controlarlos, harán lo que les venga en gana y esto pondría en aprietos a un Pedro Sánchez cuya debilidad sicológica ante un Pablo Iglesias es más que evidente.

Por eso es que, con el fin de evitar ser manipulado, Pedro Sánchez prefiere estar lo más lejos posible de un loco peligroso que –si llegase a entrar en el gobierno– sería algo tan imprudente como permitir que un pirómano entrase con una vela encendida en una bodega donde se guardan cajas de dinamita.

En cambio –como antes dijimos– a Pedro Sánchez lo que sí le interesa es un pacto con Ciudadanos.

Y es que dicho pacto lo alejaría de cualquier radicalismo, le devolvería la confianza a una iniciativa privada que no dudaría en apoyarlo económicamente con lo cual tendría la garantía de que los socialistas permanecerían en el poder por lo menos cinco años.

Albert Rivera se niega argumentando –como antes dijimos– que quiere ser él y no algún otro el único jefe de la oposición. Sin embargo, quizás no sea esa la explicación real.

El partido Ciudadanos –que brotó como escisión del Partido Popular (PP)– aglutina a una gran parte de conservadores que antaño votaron por el PP, pero que se desilusionaron debido a las torpezas cometidas por Mariano Rajoy.

Ahora bien, según fuentes fidedignas, Ciudadanos no es tan conservador como a simple vista parece.

Sus raíces no se encuentran en España sino más bien en la Francia masónica donde el presidente Macron es quien dicta las directrices que habrán de seguirse.

En este caso es Manuel Vallas –antiguo primer ministro del gobierno socialista de François Hollande– quien, desde Barcelona, hace que en España se cumplan las instrucciones que llegan allende los Pirineos.

¿Y cuáles serían dichas instrucciones?

Impedir a como de lugar que las derechas –y Vox de manera muy especial– logren el control del gobierno. Esa es la explicación por la cual Albert Rivera pregona a los cuatro vientos que no quiere saber nada de Vox.

A pesar de que el apoyo de Vox fue vital para que –unidos PP y Ciudadanos– lograsen quitarles Andalucía a los socialistas, el caso es que el partido naranja de Albert Rivera persiste en su actitud.

Esta actitud ha traído como consecuencia que Vox y Santiago Abascal lo piensen dos veces antes de entrar en pláticas con Ciudadanos y con el PP en el momento de formar gobierno en varios ayuntamientos y comunidades autónomas.

Y si Abascal se niega a pactar con el PP y Ciudadanos quienes saldrían pescando a río revuelto serían los socialistas.

Esto significa que los insultos, desaires y provocaciones de Ciudadanos en contra de Vox tendrían como única finalidad sabotear a las derechas y que el poder cayese de rebote en las izquierdas.

Una manera muy sutil pero perversa de frustrar victorias conservadoras dándoselas a los marxistas.

Resumiendo todo lo anterior: Cumpliendo fielmente las instrucciones que vienen desde París, lo que en realidad está haciendo Ciudadanos es un acto de sabotaje con el fin de que sean los socialistas quienes, de manera indirecta, obtengan el poder.

Entretanto, con el fin de calmar y despistar a la opinión pública, Albert Rivera pregona a los cuatro vientos que no quiere ningún tipo de trato con los socialistas.

Tiene razón. No es necesario que pacte con ellos puesto que –aunque sea de otro modo– la ayuda que les está prestando es vital.

 

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