El loco de la casa y el loco del palacio

Por lo que respecta a López Obrador, es justo señalar que mientras más se obsesiona él por llevar adelante sus planes, sus erráticas acciones lo arrastran por otro derrotero, totalmente distinto y hasta contrario.



No existe un poder humano que no promueva, contra su propia voluntad, otros planes que no son los suyos. Bossuet

Desde que llegó a la presidencia de México, casi todos los medios de comunicación, formales o virtuales se han empeñado en comparar a López Obrador con Donald Trump. (Todos los que me conocen saben que soy políticamente incorrecto, pero en este caso seré aún más incorrecto, dadas las expresiones casi universales de júbilo por la derrota de Donald Trump. Ojo, no digo por la victoria de Joe Biden, sino por la derrota del actual presidente de los Estados Unidos).

Yo no festejo la virtual derrota de Trump, como un antecedente esperado de los que desean –incluido el que esto escribe– que el año próximo sufra una gran derrota el partido de López Obrador en las elecciones intermedias. Es cierto que Trump tiene todas las características de un populista y eso es lo que, según muy sesudos análisis, lo hace similar al presidente de México. Se dice que la diferencia fundamental entre Trump y López es que uno es de derecha y el otro es de izquierda.

Error. Si esto fuera cierto, Trump no hubiera apostado por una economía centrada en el mercado interno, a través de su famosa divisa make America great again, y no hubiese puesto en peligro sus relaciones comerciales internacionales, con el desdén hacia el mercado europeo y la guerra comercial con China. Trump –si se le puede llamar así– es trumpista.

No estoy seguro que eso valga también para su convicción provida, profamilia y prolibertad religiosa. De lo que sí estoy seguro de que ni sus adversarios políticos se lo esperaban, por lo menos no con la claridad de pensamiento y de acción decidida que Trump ha demostrado tener. Sea como fuere, esta postura es señalada, por los partidarios de la muerte (aborto, eutanasia, muerte de Dios, de la familia, etc.) como de extrema derecha.

López Obrador tampoco es de izquierda, él es lopezobradorista. No es cierto que pertenezca al Foro de San Paulo, pero sí es cierto que sus erráticas decisiones parecen acercarlo al chavismo de Venezuela. Es cierto que recibió a Evo Morales (luego lo corrió) y que no ha querido pronunciarse sobre la dictadura de Cuba (aunque ya alabó a Castro Ruz) y la de Venezuela, quizá porque tiene en su equipo a adoradores de Castro y de Chávez. Todavía López Obrador no es un dictador, pero se está acercando a serlo peligrosamente. ¿Su modelo de político? Andrés Manuel López Obrador.

Esto quiere decir que ninguno de los dos se ajusta al cliché, tan gustado por los politólogos, de calificar a los políticos como de izquierdas o de derechas, con todos los matices con los cuales se les suele adornar. En muchos sentidos, Trump y López Obrador se encuentran en las antípodas. El primero, antes de la pandemia, había logrado reducir el desempleo al mínimo, al mismo tiempo que había hecho crecer la economía de su país. En cambio, sabemos muy bien que a López Obrador no le interesa el crecimiento económico sino “el bienestar de la población”. En lo que sí se parecen mucho los dos es en el mal manejo de la pandemia, igual que muchos países como España, Italia, Francia, etc. Es evidente, pues, que éste no es un asunto de populismos de izquierda o de derecha.

Por otra parte, mientras que López Obrador se mandó hacer una ceremonia seudoindígena, con chamanes, incienso y toda la parafernalia en el Zócalo de la Ciudad de México, de espaldas a la Catedral, Donald Trump protegió (poco tiempo después de estrenar la Casa Blanca), con una orden ejecutiva por la libertad religiosa, y honró en la Casa Blanca a las Hermanitas de los Pobres, a quienes Barack Obama pretendía hacer pagar a sus empleados seguros que cubriesen la anticoncepción y el aborto (una de las promesas de Joe Biden es reactivar el mandato abortista que ya avaló como vicepresidente de Obama).

Si las comparaciones son odiosas, ésta, la de Donald Trump y López Obrador, resulta francamente ociosa. Algunos politólogos se atreven a afirmar que la derrota de Trump, puede influir en la derrota de Morena en las elecciones intermedias del año que viene. También hay exquisitos analistas que comparan al “norteamericano del centro, rural y poco instruido”, con el mexicano pobre, de las zonas rurales, sin educación y resentido. Quizá aciertan un tanto en la descripción de una parte del pueblo de México pero, en lo que se refiere al pueblo estadounidense, se encuentran perdidos.

Ciertamente Trump parece estar loco, y es evidente que no es el paradigma de la rectitud, la abnegación o el ascetismo, pero en su condición de pecador con una trayectoria un tanto frívola, ha defendido el derecho a la vida como casi ningún presidente de aquél país lo ha hecho. Y esto es lo más interesante: quizás no estaba esto en su agenda primigenia, pero supo leer en la “América profunda”, como le llaman allá, los valores que aún perviven en la sociedad estadounidense. En este ejemplo, queda claro que no fue la “supremacía blanca” la que lo llevó a la presidencia; de otro modo, Obama nunca hubiese sido electo.

Durante cuatro años Donald Trump le dio mala vida al globalismo, y el estadounidense, celoso de su mundo y renuente a la domesticación globalista, se lo ha agradecido con creces. Trump, con todos sus errores y locuras (la construcción del muro, el trato a los migrantes –no más inhumano que lo que hizo Obama–, su relación con los medios de comunicación, etc.), ha capitaneado al americano común en una contienda por la conservación de los valores de la vida cotidiana, frente a la descomposición de un mundo que ha perdido la brújula moral.

Seguramente no estaba todo esto en los planes de Donald Trump, por lo que se confirmaría lo que dice Bossuet (cita con la que empiezo este artículo), es decir, que su paso por la Casa Blanca abonara, involuntariamente, a aportar claves a la gran guerra antropológica en la que la humanidad se encuentra inmersa.

Por lo que respecta a López Obrador, es justo señalar que mientras más se obsesiona él por llevar adelante sus planes, sus erráticas acciones lo arrastran por otro derrotero, totalmente distinto y hasta contrario. Mientras más dice combatir la corrupción (hay que reconocerle que algo ha hecho, si se quiere como venganza, no como justicia), la corrupción de su entorno familiar y de su equipo de gobierno lo alcanza como su propia sombra. Dijo y repitió hasta el cansancio que cuando fuera presidente haría que el ejército volviera a los cuarteles, pero ahora está rodeado de militares, por decisión propia. Está condenado a verlos hasta en la sopa. Según Hannah Arendt, este tipo de decisiones solamente tienen una explicación: el miedo. “Si la virtud es amor por la igualdad en el reparto del poder–dice H. Arendt-, entonces el miedo es la voluntad de poder surgida de la impotencia, la voluntad de dominar como alternativa a ser dominado”.


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