El cumpleaños 80 del PAN

El humanismo de Acción Nacional es un humanismo trascendente, que no pretende sino constituirse en un pensamiento integral y articulado, que informa e inspira a la política desde la eminente dignidad de la persona.


PAN


Si Platón y Aristóteles han escrito sobre política ha sido, según Blas Pascal, “para poner orden en un hospital de locos, locos que piensan ser reyes y emperadores”. No es necesario estudiar la historia universal y la de México para descubrir que esto es verdad. No tenemos que ir muy lejos para encontrar que, lo que decía Pascal, se ha encarnado varias veces en nuestro México y, especialmente, en el régimen que gobierna actualmente.

Dentro de ese “hospital de locos” que ha sido y es la política mexicana, Acción Nacional fue concebido como el instrumento que hacía falta, como dice Pascal, “para poner orden” en la política mexicana.

En primer lugar, es un partido fundado por ciudadanos comprometidos con la democracia y el bien común y una visión de muy largo plazo. El PAN no se fundó como refugio de militantes de otros partidos, sino con hombres y mujeres que veían un México urgido de una institución que le brindara certidumbre al futuro. “Nadie viene a ganar ni a obtener, sino a decidir lo que es mejor para México”. (Manuel Gómez Morín).

Acción Nacional nació hace 80 años con una vocación indiscutiblemente humanista. Abreva de dos fuentes formidables de sabiduría: la filosofía clásica de origen greco-romano y la tradición judeo-cristiana. Sus principios de doctrina, inspirados por esos dos ríos de sabiduría, son universalmente válidos porque tienen como centro a la Persona y a su eminente dignidad, y como misión la procuración del Bien Común.

Hay que decir que Acción Nacional no nació como partido político, sino como asociación civil. Esto es importante decirlo, porque su propósito era, y sigue siendo, el de formar ciudadanos para la vida democrática. Por supuesto que tuvo, desde el principio, vocación política y ésta ha definido a esa institución desde entonces, si la entendemos como la entendía Edmon Burke: “La ciencia y el arte de gobernar las sociedades humanas”.

Sin embargo, siendo política la finalidad del PAN, sus fundadores no pensaban como objetivo inmediato de Acción Nacional llegar al poder, porque al arte y a la ciencia de gobernar, se le añade algo que es más importante: la política como virtud. Si nos atenemos a lo que Aristóteles nos enseña: “Si la política no es ética, no es política” (Política, Aristóteles), entendemos que, desde hace 2,500 años el estagirita definía la política como virtud, expresión que complementa él mismo en la Ética Nicomaquea: “Si la ética no es política, no es ética”, es decir, si no existe un compromiso moral de los ciudadanos por el Bien Común de la polis, lo que tenemos es una política descarnada, vacía de contenido, lo cual la convierte fácilmente en instrumento de los que buscan el poder por el poder.

Para entender mejor la idea aristotélica de la política es preciso, sobre todo, analizar qué quiere decir con eso de “si la ética no es política, no es ética”. Esto nos lleva, necesariamente, al debate viejo y nuevo de lo civil como opuesto a lo político. “Yo no soy político, soy ciudadano”, dice quien hoy en el mundo tiene ambiciones políticas, pero se presenta ante los electores como ciudadano puro. De hecho, y aquí viene la interpretación de lo referido líneas arriba, alguien que no ocupa ni ha ocupado ni piensa en ocupar un puesto público, pero en su vida cotidiana procura el bien para su familia, para su comunidad, en su ámbito de trabajo, se preocupa por el medio ambiente, en suma, es un ciudadano ejemplar que trabaja por el bien común del entorno en el que vive, ese alguien, hombre o mujer, perfecciona la hipótesis de ser auténticamente político por ser genuinamente ético.

Ese ciudadano, políticamente comprometido (en latín ciudadano viene de civitas, ciudad, igual que en griego se dice polis, y de ahí viene la palabra política) es el que, a través de los años, engrosó las filas de Acción Nacional, ese ciudadano anónimo, que luchó incansable y generosamente contra el sistema de partido hegemónico y, finalmente, con la ayuda de millones de ciudadanos ganó las elecciones del año 2000. Cuando se habla de los triunfos del partido, la referencia común es a su dirigencia, a su militancia tal vez, pero casi nunca a ese ciudadano anónimo (el que es consciente de la validez de su voto, no el hombre masa que vota arrastrado por la demagogia) que es el que finalmente gana o pierde en unas elecciones, porque gana o pierde con lo que el gobierno electo hace por él. “Si hay un idiota en el poder, es porque los que lo eligieron están bien representados”, decía Mahatma Gandhi.

Es decir, la búsqueda del bien común en la política es, antes que una técnica, una virtud. No se trata de darles a los más pobres bienes materiales para paliar su necesidad. Esto puede y debe ser útil sólo en una primera etapa pero, al mismo tiempo, se deben ir creando el conjunto de condiciones y medios de vida social, que permiten y promueven en las personas y en la comunidad, alcanzar la perfección debida a su naturaleza” (Definición de Bien Común, según los Principios de Doctrina del Partido Acción Nacional). ¿Y cuál es su naturaleza? Una alma espiritual en un cuerpo material que necesita desarrollarse social y económicamente, pero también cultural y espiritualmente.

Para Acción Nacional, el centro de toda actividad política, económica o social es la persona humana por ser fin en sí misma; es única e irrepetible, porque de cada ser humano no existe sino un sólo ejemplar; es idéntica a sí misma, no forma parte de nadie, ni siquiera de su madre cuando está en su seno; es universal, porque en la procreación de cada ser humano se renueva la humanidad entera; además tiene una dimensión espiritual y, por lo mismo, un destino trascendente. De aquí que el humanismo de Acción Nacional es un humanismo trascendente, que no pretende sino constituirse en un pensamiento integral y articulado, que informa e inspira a la política desde la eminente dignidad de la persona.

A este principio debemos añadir los de Solidaridad y Subsidiariedad (principios de doctrina que, junto con el respeto a la dignidad humana y el bien común, fueron tomados por los fundadores de la Doctrina Social de la Iglesia Católica y hoy son más vigentes que nunca) que en la vida diaria deben traducirse en virtudes y que se describen como el “rostro social del amor”. La solidaridad se define también como la justicia entre iguales y la subsidiariedad como la justicia entre desiguales. En un mundo egoísta, deshumanizado y despersonalizado, estas virtudes nos obligan a un quehacer cotidiano de auténtica generosidad, la que nos lleva a dedicar parte de nuestro tiempo y dinero a quienes menos saben, menos pueden y menos tienen.

Por su parte, la política como ciencia estudia las exigencias de la vida política: la fuente de los recursos públicos, la administración del territorio, el necesario equilibrio de poderes, los diferentes sistemas políticos, la vigencia del estado de derecho, la necesaria vinculación con el mundo, etc. La política como arte se ocupa de decidir (el arte lo define Santo Tomás de Aquino como la recta razón de las cosas por hacer) cuáles son las instituciones que fortalecen el estado de derecho, cómo se orienta la acción política de los gobiernos hacia el bien común, cuáles son las mejores prácticas del servicio público y también las relaciones con los demás estados, etc. También son el conjunto de reglas con las que el gobierno opera sus políticas públicas.

Dicho esto, se deben preguntar muchos lectores de estas líneas: si es tan rica la doctrina, el acervo político y la experiencia de Acción Nacional, como sin duda lo son y si los panistas tienen tan claro el rumbo que debe seguir el país, ¿por qué sentimos los ciudadanos de a pie (sólo transcribo lo que muchos ciudadanos me dicen) que el PAN ha perdido el rumbo? ¿Qué hace falta para que los ciudadanos volvamos a tener confianza en Acción Nacional? Las preguntas señalan sólo una parte de la crisis que vive el PAN, que tiene que ver también con las estructuras internas que, en buena parte, están enfermas de parasitismo por los caciques que han convertido al Partido en su modus vivendi.

El PAN no es de los panistas ni mucho menos de los dirigentes, es de la sociedad, es de México y nació como un instrumento político-ciudadano, el mejor sin duda, y necesita volver a sus orígenes para que vuelva a ser el mejor medio para lograr la restauración de la democracia y, con ella, la consecución del bien común, que es el fin de la ética política y de la política como ética.

 

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