Democracia o simulación

Imagine usted un juego de futbol donde siempre gana un solo equipo, un juego donde se simula la competencia entre varios participantes, un juego en donde el árbitro, cuando usa las tarjetas de sanción siempre las usa para perjudicar a las demás escuadras, pero nunca sanciona a ningún miembro del equipo que siempre gana.

En el México del siglo XX, así fueron las elecciones, había partidos políticos que simulaban competir, pero era para hacerle el juego al partido hegemónico que siempre ganaba los comicios, y sí perdía en alguna zona, simplemente se robaba el resultado; incluso a la vista de todos a veces reconocían que hicieron fraude, pero era por el bien de la patria, que era “un fraude patriótico”, frase que soltó alguna vez el entonces poderoso secretario de Gobernación Manuel Bartlett Díaz, para robarse las elecciones en el verano caliente de 1986, en Chihuahua.

Esa simulación política le permitía a México presentarse ante las naciones como una nación democrática, pues cada 6 años había elecciones presidenciales, pero oh sorpresa, los mexicanos siempre votaban por el PRI, un partido que siempre ganaba y simulaba la democracia. Para lograrlo, controlaba al organismo encargado de las elecciones, también a la institución que registraba a los electores, por supuesto controlaba también el poder judicial, el poder legislativo y cada organismo estaba a las órdenes del presidente. Los programas sociales eran condicionados para que sus beneficiarios siempre votaran por el tricolor. El presidencialismo mexicano dominaba todo.

En ese México, que se disfrazaba cada seis años de democrático, los grandes medios de comunicación también era soldados del PRI. Mientras daban espacio a los candidatos del partido dominante, cerraban sus emisiones a los candidatos de la oposición. Tuvo que venir el premio nobel de literatura Mario Vargas Llosa a decir que México no era un país democrático, era “una dictadura perfecta”, y con esas palabras pronunciadas cuando arrancaba la última década del siglo XX, México se sacudió, fue una especie de: “miren, el rey va encuerado”. 

Desde la segunda mitad de la década de los 80s y toda la década de los 90s, la lucha de muchos ciudadanos se centró en arrebatarle al ejecutivo el control de las elecciones. Si queríamos ser democráticos deberíamos tener un árbitro autónomo, que contara bien los votos, un padrón confiable con fotografía, y nuevas leyes electorales para alcanzar una verdadera democracia. Esas batallas por la democracia permitieron dar paso a la alternancia y arrancamos el siglo XXI con elecciones más competitivas. Fue una gran batalla de la sociedad, los empresarios y algunos protagonistas de los partidos.

Después de 23 años de alternancia, la restauración del presidencialismo y la simulación democrática camina triunfante. Ahí está la pretensión de desaparecer a los órganos autónomos, que permiten la transparencia y la rendición de cuentas. Con un árbitro electoral ahogado, sin recursos y con algunos de sus integrantes alineados con el equipo oficial. Con un Tribunal Electoral dañado, que está siendo capturado por el oficialismo. Es decir, la pretensión de que todos los organismos y poderes se vuelvan a concentrar en el presidente y que el partido hegemónico vaya a las elecciones con todo a su favor. 

Así como en Argentina el peronismo ha dominado la política, así la conducta electoral de los viejos priistas que han fundado y refundado a Morena, para dar continuación a la dictadura perfecta que dominó el siglo XX, y que se está restaurando aceleradamente. Tal como el viejo régimen capturaba su apoyo de electores que se beneficiaban con los programas sociales, así se utilizan ahora, pero con un nuevo nombre. 

Por eso en el 2024 será determinante la participación ciudadana, estará en juego la misma democracia, si podemos mantener un régimen de reglas democráticas, o volvemos a la simulación sexenal, con un partido dominante y autoritario. Por el lado opositor sólo hay la narrativa de mantener y aumentar los programas sociales, lo que no marca una diferencia, sobre el mensaje populista de cada mañana. 

El momento es crucial, porque incluso muchos de los líderes empresariales y sus organismos están callados ante el asalto de las instituciones democráticas, y prefieren mantener sus intereses a salvo, aunque se deteriore el país. La defensa del INE es importante, pero también lo es la defensa del IFAI. Son los pilares para que la política se conduzca de manera libre y haya redición de cuentas, sin estos elementos, habremos retrocedido varias décadas.

“Nada es tan peligroso como dejar que el poder 

permanezca largo tiempo en un mismo ciudadano”. 

Simón Bolívar

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