La familia concreta los valores

El agradecimiento mejora el carácter y acerca a las personas, en ese clima será más fácil exponer los problemas y pedir consejo.


Valores de familia


Ante las conductas deshonestas, la falta de compromiso de las personas, el desajuste de las relaciones humanas y otro sin número de quejas por cómo se desarrollan muchísimos acontecimientos, quienes soñamos en una auténtica mejora terminamos repitiendo una idea cierta pero que solamente enuncia, no es propositiva ni señala causas ni medidas para la reparación: se están perdiendo los valores.

Es verdad que se pueden perder los valores relacionales, pero los valores inscritos en las criaturas no se pierden. Por lo tanto, el “sitio común” de la pérdida de valores no es totalmente cierta. Aunque esto es tema de una explicación más precisa, y no es el asunto de este escrito.

El entorno donde se aplican los valores y donde se aprenden los valores relacionales es la familia, pero también esta afirmación puede ser otro “sitio común” si no concretamos y no nos damos cuenta que se trata de cada familia, la real, la conformada por unas personas con virtudes y con defectos, pero empeñadas en sacar adelante al cónyuge y a los hijos, con el apéndice de la familia extensa.

En el propósito de evitar el naufragio de los seres queridos es donde hemos de poner nuestro empeño, para fortalecerlo y hacerlo capaz de mantenerse constante a pesar de los problemas más o menos graves que aparezcan. Por eso, conviene revisar lo que debilita el propósito, con el fin de llevarlo a cabo con auténtico convencimiento y realismo.

Al propósito de sacar adelante al tesoro de la propia familia no lo debilitan las ideologías, ni los malos ejemplos externos, ni los defectos de las personas que la forman. Porque todas las personas tienen defectos y siempre los han tenido, lo debilitan el poco empeño en el esfuerzo por mejorar, el conformismo y el desinterés por mantener las buenas relaciones.

Cuando se cuenta con personas esforzadas en su mejora, hay un ejemplo tan profundo que resulta una auténtica coraza ante las influencias nocivas del exterior.

Recientemente alguien recordó el sabio consejo que le dieron antes de formar su propia familia: revisa si la persona con quien piensas formar un hogar coincide con tus creencias, si espera lo mismo que tú, y ama también lo mismo. De ser así, la fe los unirá, recorrerán con soltura el camino que emprendan porque esperan lo mismo y amarán de manera semejante. Así fortalecerán su unión porque hay solidez en la base aunque en lo accidental difieran.

Con ese punto de partida, los valores serán comunes y, por tanto, reforzados. La jerarquía de valores se pondrá en los intereses mutuos y no, en primer término en los bienes materiales: dinero, ropa, accesorios. Estos llegarán pero en su justa medida.

Una familia que garantiza la permanencia fomenta la sencillez, todas las personas se muestran con naturalidad. Así es posible compartir lo bueno y recibir la cariñosa corrección cuando hay algún defecto. Se cuidan los recursos y los disfrutan todos. Además, puede fomentarse cierta austeridad para poder compartir esos bienes con personas necesitadas. Las buenas ideas unen, y la satisfacción de hacer el bien se agradece a quienes nos enseñaron, también crece la unidad.

Es bueno corregir los defectos, sacar del egoísmo, de la poltronería, del orgullo. Pero se acepta bien la corrección de miembros de la familia que, cuando se equivocan lo reconocen, luchan por mejorar y nos ha pedido perdón. Este es un modo de no guardar silencio ante el mal. Se aprende en la familia y luego se proyecta en los grupos extra familiares.

Para todo eso, los padres han de tener presencia en la casa y estar abiertos, atentos, vigilantes. De ese modo serán oportunos en sus comentarios, en sus acciones, pues conocen a los demás. Este es el auténtico tiempo de calidad.

Cuando se cultiva la armonía, la escucha, la acogida, la comprensión, los hijos quieren estar en casa, son espontáneos en sus comentarios, aprenden poco a poco a no solamente recibir sino también a dar, a corresponder.

Reunir a todos no es fácil, tienen distintos modos de ser y también, muchas veces, los tiempos no coinciden. Pero los padres no deben claudicar, y cuando han influido en la niñez, es menos difícil en la adolescencia. Aunque, si no lo han hecho, más vale dejar excusas y lograr esos encuentros.

El aprendizaje en casa es flexible, cambia de ritmo según los estados de ánimo, y eso le da un toque de amabilidad. Sin embargo, esa naturalidad no ha de confundirse con la dejadez. Aunque a veces se justifique un retraso, siempre se ha de llevar a cabo la lección.

Un buen modo de asumir la responsabilidad es pensar que no sabemos los días de vida de nuestros seres queridos, y sin dramatizar, muchas veces puede ayudarnos la suposición de “si es el último día…” y entonces no dejar la ayuda para más adelante.

Estos modos de proceder fomentan gratos recuerdos y deseos de reproducir lo vivido. El agradecimiento mejora el carácter y acerca a las personas, en ese clima será más fácil exponer los problemas y pedir consejo.

La experiencia se enriquece con lo vivido, por eso, los abuelos son pieza clave para estar con los nietos mientras el padre y la madre viven sus obligaciones laborales fuera de casa. Los abuelos dan pertenencia e identidad porque enlazan con el pasado más lejano. Los abuelos apoyan a los padres porque les ayudan a no sentirse solos en la educación de los hijos. Y los hijos aprenden a conocer mejor a sus padres por lo que los abuelos les cuentan de ellos.

El sentido de pertenecer a una familia aleja del resentimiento y de la venganza.


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