Ética y familia

Cuando alguien muestra que sí se puede, su palabra y su ejemplo son mucho más potentes y valiosos para quien está todavía empantanado.



Es evidente el deterioro de la sociedad en aspectos de honestidad, respeto, seguridad. Todo eso por el descuido de las buenas costumbres, del buen ejemplo y de la enseñanza de virtudes. En primer lugar, esa tarea corresponde a la familia, y colabora con ella la escuela.

La responsabilidad de mejorar en familia interpela a todos, pero más a quienes llegó la noticia de que el Papa Francisco, hace más de doce meses, convocó a un Año de la Familia y concluirá el próximo 26 de junio. A qué nos dedicamos durante este tiempo. En nuestra familia hubo metas ¿se alcanzaron? El hecho de finalizar este tiempo puede ser un acicate para reparar y mejorar. Siempre es posible reinventar, o salvar a la propia familia si está cerca del naufragio.

Una tarea que urge proyectar a la sociedad es la de mejorar en la honestidad. El reto sería que cada miembro de la familia, sólo o con otros, impida una acción deshonesta: mentira, robo, plagio, mal ejemplo, etcétera. Y acordar un día y hora para compartir, en la casa, sus experiencias. Tanto si se frustraron como si se lograron. Así aprender de los demás, tienen tiempo para pedir consejo. Así se fortalecen los lazos familiares y se influye en la recomposición social.

La propuesta es lograr que todos los miembros de la propia familia actúen con honestidad y con fortaleza. La honestidad entendida como cumplir con los deberes en el tiempo establecido y bien realizado. Nunca quedarse con lo ajeno y cuidar lo propio para evitar gastos innecesarios. Pagar lo justo y tener lo necesario.

La fortaleza vivida como la convicción de no dejarse llevar por la competencia para tener más que los demás o querer lo que otros poseen; también para evitar dejarse llevar por el consumismo y adquirir las más recientes novedades o desperdiciar lo propio para justificar la compra de lo más reciente en el mercado.

Estos dos desafíos -honestidad y fortaleza- han de hacerlo propio cada miembro de la familia. Pero el padre y la madre han de ir por delante. Puede ser un buen recurso señalar un día a la semana para reunirse y empezar con las experiencias del papá y de la mamá. Poco a poco animar a los hijos a exponer sus experiencias.

Sobre esos testimonios tratar de mover a los demás a opinar o a presentar otros modos de intervenir. Y mejor si se animan a compartir sus inhibiciones y pedir ayuda para lograr hacerles frente. Si hay muestras concretas de cariño y comprensión, irán descubriendo el gozo de tratar de hacer el bien.

Entenderán que no existe la familia perfecta, pero sí la familia unida en donde todos colaboran para ser mejores, sin decepcionarse cuando alguno se canse. No temerán a los errores; pero buscarán el modo de eliminarlos. Incluso, al cometerlos crecerán en humildad y serán más comprensivos y pacientes con los demás.

En esas reuniones los hijos palparán el amor materno y el amor paterno, y de manera natural captarán la sensibilidad femenina y la masculina. Esto dará más confianza a los niños para entenderse y lo mismo sucederá con las niñas. Y, a la vez entenderán las diferencias entre hombres y mujeres. La mujer madre vigoriza al niño hijo e impulsa a la niña hija. Del mismo modo el hombre padre vigoriza a la niña hija e impulsa al niño hijo.

Los padres en esas reuniones han de respetar el modo de ser de los hijos y procurar no poner a alguno de ejemplo para los demás. Es mejor respetar su modo de ser y enseñar a respetarse entre hermanos. También es importante la edad. Los niños son espontáneos y se muestran tal cual son. Al llegar a la adolescencia son más sensibles y no quieren exponerse, por eso, algunos se muestran desinteresados y otros rebeldes. Hay que esperar y darles tiempo a que participen sin temor a fallar. Se trata de que todos den un paso hacia arriba.

Los padres han de saber cuál de los hermanos puede ayudar al retraído e impulsarlo a que interceda por quien empieza a ausentarse o a rebelarse con aquello que antes le gustó. Son etapas difíciles, pero si se llevan bien, forjan la personalidad y tiene un final feliz pues cuando la adolescencia pasa se recupera con creces todo lo compartido, todo lo vivido.

Conforme van llegando los hijos a la adultez, es importantísimo escucharse. Interesarse por sus experiencias, por las dificultades para sus proyectos. Especialmente, en la línea de la honestidad y de la fortaleza, estar pendientes de los desengaños que pueden tener. Es el momento de recordar las experiencias compartidas y los buenos resultados.

No cerrarse a la posibilidad de que, por alguna mala compañía, alguien pudiera haber cometido un ilícito. Es entonces el momento de la escucha por medio del corazón. Sentir compasión por el remordimiento de quien falló y acompañarle en el camino de la rectificación. Diálogo y acompañamiento, diálogo para mostrar la vereda que recupera al camino de la honestidad y de la fortaleza.

Mucha paciencia para seguir acompañando hasta lograr la rectificación. Y una vez reencontrado el camino, atesorar esa experiencia y hacer ver a esa persona que su vivencia no puede quedarse en él. Su experiencia es un modo de llevar a otros a rectificar. Cuando alguien muestra que sí se puede, su palabra y su ejemplo son mucho más potentes y valiosos para quien está todavía empantanado.


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