Recuperar la brújula femenina

Es necesario desechar como una gran falacia la afirmación de que la maternidad es una imposición social: la sociedad impuso los roles de mujer y de hombre.



Como la mujer es coyuntural en la vida familiar y social, tiene el innato poder de incidir en lo profundo de los deseos, de las emociones, de las tendencias de los demás. Para bien o para mal, ella lo sabe, lo experimenta, y es de desear que elija el bien.

Parte de su atractivo está en la capacidad de hacer atractivas las actividades donde participa, sean el hogar, la escuela, los festejos, los paseos, los viajes. Puede imaginar el futuro y buscar recursos para acortar la distancia entre la realidad y el plan que tiene.

Tiene una sensibilidad especial para intuir el amor, en todas sus manifestaciones. Con quién puede establecer una buena amistad, con quién puede trabajar confiadamente y, lleva la delantera al experimentar un posible enamoramiento en ella o en algún pretendiente. También detecta a quien pretende interferir en sus lazos de amistad o de amor.

Por esos rasgos, la mujer tiene un protagonismo sin estridencias, pero muy certero en las relaciones humanas y, específicamente en la familia. Aunque esto es así, es necesario aplicarlo. No sucede sin cierta advertencia y planeación. Si “intuye” algo ha de asegurarse y proteger lo suyo. Y muchas veces se tratará de dar el lugar correspondiente al esposo.

Todo esto incluye armonía familiar, autoridad y responsabilidad del padre, desfases de los hijos, influencia del entorno, por mencionar algunas. En la familia el punto de partida es la declaración de amor entre el hombre y la mujer. La nobleza que se deriva de este paso inicial se ha de manifestar en el trato respetuoso a la persona equivocada o la elegancia para disentir.

Actualmente la tendencia es defender el importantísimo papel de la mujer. Para hacerlo bien, es necesario detectar adecuadamente la vocación de la mujer. Es un hecho que la aplastante defensa de la muerte -aborto y eutanasia-, sucede en aquellos sitios donde las mujeres abdican de su vocación. Por lo tanto, para ayudar a la humanidad, las mujeres deben recuperar la plenitud de su papel.

Por ejemplo, es necesario rectificar la actitud de mujeres cuando adoptan conductas varoniles por un mal entendido esfuerzo por demostrar su superioridad. Tampoco es exacto confundir la complementariedad como si fuera la necesidad de completarse. Eso es un error pues cada hombre y cada mujer están completos, pero pueden llegar más lejos si se ayudan.

En la vida ordinaria no podemos ignorar lo masculino o lo femenino, allí encontramos elementos biológicos específicos, imprescindibles. Pero también es verdad que lo masculino y lo femenino no son algo rígido. Por eso es posible, por ejemplo, que el modo de ser masculino del esposo pueda adaptarse de manera flexible a la situación laboral de la esposa. Asumir tareas domésticas o algunos aspectos de la crianza de los hijos no vuelven al padre menos masculino ni un fracasado.

Para salir de la crisis antropológica, es necesario aceptar las evidencias: Cada persona es una en sociedad, es criatura dinámica, participativa e influenciable. Crece, piensa y actúa, desarrolla habilidades. Por su riqueza corre el peligro de la dispersión, aunque tiene el contrapeso de darse cuenta y proponerse vivir la unidad de lo que es, de lo que piensa y de cómo actúa. Esto le ayudará a vivir dentro del marco moral de todo ser humano. Así podrá experimentar el beneplácito de la conciencia.

Algunas evidencias son las siguientes:

Es magnífica la propagación de la especie humana por medio de la unión del espermatozoide en el óvulo, directamente por la vinculación de los cuerpos masculino y femenino, sin la intervención de otros artificios. Es evidente la participación responsable de cada uno.

Cada hombre y cada mujer representan a la especie humana. Aportan su respectiva riqueza cuando dialogan, confrontan, deciden, se apoyan, etcétera y profundizan en su condición. Esto es una plena manifestación de la igualdad de ambos.

Estos sucesos realzan el papel de la mujer como esposa y como madre. Aunque la mujer puede decidir no ser esposa ni madre, por diversas circunstancias, pero en su modo de actuar siempre aparecerá una conducta maternal y de un compañerismo femenino. Eso es su singular fortaleza.

Con estos datos, de ningún modo se ha de interpretar que es una imposición social para la mujer ser esposa o ser madre.

Hombre y mujer son los dos modos de ser humanos. Ha de haber respeto y ayuda mutua, al modo de cada uno. Así se elimina la falsa postura contemporánea de algunas mujeres, que desean mostrar que ellas pueden hacer todo lo que hacen los varones y del modo como lo hacen. Así se empeñan en descartarlos.

Por lo tanto, es necesario desechar como una gran falacia la afirmación de que la maternidad es una imposición social: la sociedad impuso los roles de mujer y de hombre. Esta postura ideológica, como todas las ideologías, niega las evidencias de la naturaleza humana, del modo de procrear, de la estructura biológica, etcétera. Además, desprecia la alta dignidad de la condición humana, de sus descubrimientos, de la cultura. Todo lo reducen a lucha de sexos.


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