La responsabilidad de participar

El espíritu de servicio es la necesidad que todos tenemos de la ayuda mutua. Y la honestidad como consecuencia de vivir rectamente la justicia: saber lo que nos corresponde y lo que les corresponde a los demás.



En la variedad de ámbitos de actuación y las múltiples tareas que nos competen en la vida ordinaria, podemos excluirnos y ser irresponsables o afrontar y asumir la responsabilidad. Tanto en un caso como en el otro nuestra conciencia nos lo demandará. Y muchas veces también lo harán los demás.

Somos miembros de sociedades, está en nuestra esencia vivir con otros. Nos necesitamos, la soledad no es el ambiente adecuado para los seres humanos. Pero en cada grupo social se espera de cada quien una participación a la medida de su preparación.

Hace falta recordar dos valores vinculados al modo de participar: la solidaridad y la subsidiariedad. No sólo se activan estos valores sociales en los momentos extremos, sino son motivaciones para todo tipo de actividad ordinaria o extraordinaria que nos competa.

Es de advertir que tenemos unas tradiciones y unos consejos ancestrales, de sentido común, que nos interpelan y nos señalan el rumbo. A una persona responsable no se le ocurre excusarse, todos tenemos deberes y al cumplirlos estamos dándonos a conocer y ocupamos el sitio asignado. De alguna manera, al actuar adquirimos el derecho de pertenencia y de respeto.

El problema de la participación no sólo se encuentra en nuestra tendencia al confort, sino también en la cobardía para afrontar las dificultades que ponen los demás. Por eso se dice que la pasividad de los buenos facilita la audacia de los malos.

Además, siempre hay personas que desean actuar bien y están atentas al modo de actuar de otros para aprender. Si no les damos el ejemplo que esperan, les cortamos las alas y eso es grave porque seguramente impedimos una cadena de buenas participaciones.

En contraposición, al dar buen ejemplo abrimos la puerta a redes de difusión del bien. Satisfacemos a los testigos que desean actuar y cuando ellos aprenden encausan a otros.

Personalmente hemos de cultivar, entre otras disposiciones, la riqueza de nuestra preparación para comprender mejor las causas de los desajustes sociales y afrontarlos adecuadamente. No hay peor desgaste del que realiza alguien con muy buena voluntad, pero muy desorientado.

También es importante aumentar la confianza en uno mismo y en los demás. La confianza es directamente proporcional al entusiasmo que acompaña la participación porque nuestra esperanza crece con la seguridad de obtener buenos resultados.

La honestidad es una virtud profundamente anhelada, pero desgraciadamente poco practicada. Se han instalado auténticas redes para desprestigiar a quienes viven esta virtud, y presionan grupos corruptos que cada vez se adueñan de posiciones más influyentes que les hacen intocables.

Antes de advertir los defectos en los demás es necesario reconocer los propios. Muchas veces estos son parte de las barreras que obstaculizan el desarrollo. Enseguida, al reconocer que el éxito tiene estrecha relación con las cualidades de la persona y no dependen tanto de sus posesiones o de sus relaciones, obtendremos mejores resultados.

En la familia ponemos los cimientos de las relaciones humanas y adquirimos la preparación básica para participar. Los padres han de reconocer la importancia de su papel en la forja de ciudadanos, por eso, es muy importante que desarrollen, en sus hijos, la confianza y el deseo de colaborar.

En la familia se vive con sencillez y así se adquiere la habilidad para más adelante resolver lo difícil.

También en la familia se fomentan los alicientes para, más adelante, ejercer un trabajo. En este aspecto es importante que los padres hagan ver la importancia de la cortesía, del espíritu de servicio, y de la honestidad. La cortesía no ha de ser un simple ritual, sino el resultado del respeto a los demás. El espíritu de servicio ha de explicarse como la necesidad que todos tenemos de la ayuda mutua. Y la honestidad como consecuencia de vivir rectamente la justicia: saber lo que nos corresponde y lo que les corresponde a los demás.

Como podemos darnos cuenta, los fundamentos para ser ciudadanos responsables, se deben impulsar desde temprana edad. Inician apoyándose en las habilidades que los padres descubren en sus hijos, para luego mostrárselas a ellos. Y siempre impulsarles a adquirir virtudes, pero especialmente la tenacidad, la fortaleza para combatir los errores, y la humildad para pedir ayuda a quien corresponda, cuando la necesiten.

Una forma muy grata de participación consiste en el cultivo de relaciones sociales de amistad. Entre buenos amigos se pueden forman agrupaciones para ayudar a resolver algunas carencias. Con sencillez y confianza es fácil mantenerse estimulados.

En los grupos sociales más amplios, que surgen entre los compañeros de trabajo o con las personas a quienes prestan servicios, con sencillez se pueden ofrecer servicios de orientación o de consejería.

Cada nuevo día es una oportunidad hacer el bien con dichos y hechos. Para actuar con iniciativa y para alcanzar las metas trabajando con constancia y esperando con paciencia. Para atajar los males con respectivas denuncias y correcciones, según los casos.

La avaricia es un mal muy socorrido, especialmente cuando estamos en una sociedad compulsivamente consumista. Esta tendencia se frena si nos proponemos administrar bien el dinero, y para ello revisar cómo lo ganamos y cómo lo gastamos

Los logros se han de disfrutar, así mantenemos una manera estable de seguir actuando con responsabilidad y sin cansancio.

Tito Livio aconsejó “En la adversidad asume la serenidad de la prosperidad y en la prosperidad modera el temperamento y los deseos.”

 

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