Educar para la democracia

El voto es necesario y resulta un buen arranque cuando sabemos por quién votamos como persona y conocemos sus ideas y sus propuestas.



En la escuela y en el hogar es importante desarrollar las actividades en equipo. Este es un modo de capacitar a las personas para desarrollar las aptitudes incipientes de ser un ciudadano con competencias para vivir la democracia.

Después de unas elecciones tenemos la oportunidad de observar las reacciones de los miembros de la familia en la casa, o de los alumnos en la escuela, o de los compatriotas en la calle y descubrir aspectos que sintonizan con un espíritu democrático y otros que son totalmente contrarios. Es una oportunidad que va más a fondo que el simple hecho de estar o no de acuerdo con los ganadores.

Si no están claras las manifestaciones se pueden hacer preguntas que lleven a pensar a los interlocutores o a investigar qué habrían hecho o dicho si se hubieran dado otros resultados. Sea lo que sea, lo más importante es comprender lo de fondo, lo permanente de las diferencias y aprender a convivir con ellas.

El primer paso es reconocer la ayuda de quien sabe hacer o resolver asuntos para los que no tenemos habilidad. Es un paso muy importante pero no el único, pues debe darse después el agradecimiento y el deseo de restituir prestando los servicios en donde nos movemos con soltura.

Muchas veces, con ejemplos deportivos se superan modos de ser rígidos e incomprensivos. Qué pasaría si en un equipo de futbol todos fueran porteros, o en carreras de coches faltaran los mecánicos. Además, los jugadores han de aprender a dominarse tanto si ganan y, mucho más si pierden. Han de aceptar los resultados, pues siempre hay un ganador y un perdedor. Pero lo más importante es considerar que sin equipos contrarios no habría juego. Por lo tanto, respetarse mutuamente.

Después de estas consideraciones siguen otras mucho más importantes pues llevan a profundizar en el propio conocimiento y descubrir todo tipo de tendencias. Por ejemplo, cuando se juega aparece la pasión de ganar, y puede suceder que cuando se gana puede despreciarse al contrincante. Pero si se va perdiendo se desea ganar a toda costa, incluyendo trampas. De allí la importancia de la ética.

Desgraciadamente en la actualidad se promueve el éxito a como dé lugar, y así hay un olvido generalizado de la buena conducta. La admiración por el hecho de triunfar desconoce la honestidad y se premia la mentira, la calumnia o la trampa. Se premia la sagacidad de quien destruye al prójimo.

Una sociedad edificada así se convierte en una selva donde gana el más fuerte, el más violento, el que somete a los demás bajo un régimen de miedo. Especialmente delicada es la situación de un país donde quienes asumen el poder, actúan de este modo. Y, esto se llega a dar por el descuido de algunos padres que por miopía no forman a sus hijos para buenos ciudadanos. También por el descuido de los maestros que no ven en los alumnos a los futuros constructores de la sociedad.

Lo más grave es cuando se instala democráticamente un gobierno formado por ciudadanos carentes de principios. Esto quiere decir que los ciudadanos no supieron elegir. Esta es una señal de alarma terrible porque o el pueblo ha perdido el sentido ético y también está pervertido o, no menos grave, perdió su responsabilidad de elegir con profundo conocimiento de los candidatos.

La democracia es muy exigente, nos incluye a todos durante todo el tiempo. Es sumamente pobre pensar que con el voto termina el protagonismo del pueblo. El voto es necesario y resulta un buen arranque cuando sabemos por quién votamos como persona y conocemos sus ideas y sus propuestas.

Pero el seguimiento de las promesas es muy necesario, así como el gobernante ha de llevar a cabo todo lo que prometió, los demás seguimos cuidando a nuestra patria y deseamos su mejora. Por eso, hemos de seguir los pasos de las propuestas. Además, como salen nuevos problemas con el transcurso del tiempo, hemos de mantener un protagonismo propositivo. Y, todo esto con un profundo respeto por quien asume la autoridad.

Por lo tanto, la educación cívica para la democracia tiene muchas exigencias. En primer lugar, como ya se dijo, aprender a tratar a los diferentes y respetarlos con la idea de admitir la participación de todos. Las habilidades para tener apertura con los diferentes empiezan por respetar a los demás, e interesarse por conocer qué proponen.

Luego sigue el diálogo para descubrir qué es lo mejor y establecer acuerdos. Esto no es claudicar de los principios, pero sí llevarlos a cabo dosificándolos y evaluando los beneficios. No se trata de imponer sino de observar con justicia los resultados. Si son buenos, como se esperaba, seguirlos con constancia. Si no son buenos, rectificar y estudiar otros que garanticen los resultados esperados.

Como vemos, son muchas las habilidades que necesitamos para practicar la ciudadanía. Por lo tanto, los educadores han de incluir este tema dentro de los fines que buscan en sus educandos. Por este motivo los padres y los maestros han de incluir dentro de sus metas esta noble finalidad.

Todos, en este terreno también hemos de ayudarnos a vivir nuestra democracia.


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