Anacleto González Flores, líder de compromiso y acción ciudadana

Anacleto pensaba que la sociedad nunca se puede transformar si el hombre no se transforma primero desde su interior con verdadero compromiso y autenticidad.



En estos días que se conoce como el mes de la Revolución Mexicana y se habla de “héroes”, y los políticos pretenden ser líderes populares, parece conveniente hablar de un mexicano que desafortunadamente es poco conocido, pero que fue capaz de ser un auténtico líder precisamente en la época en que la Revolución Mexicana producía los frutos contrarios a lo que había prometido, es decir un gobierno autoritario, que decidió enfrentar a sus gobernados en lo que en ese tiempo era lo más preciado al menos para una inmensa mayoría, su fe religiosa.

Nació en Tepatitlán, Jalisco, el 13 de julio de 1888. Su padre fue un humilde tejedor de rebozos de nombre Valentín González y su madre, la señora María Flores, fue también de origen humilde. Fue el segundo de doce hijos de una familia muy pobre de los Altos de Jalisco.

Siempre tuvo dotes naturales de líder entre los muchachos de su pueblo, le gustaba la música, pero a los 17 años después de un retiro espiritual tomó con toda seriedad su religión católica y viendo su interés un sacerdote lo ayudó a ingresar al seminario de San Juan de los Lagos, donde se destacó por su afán de aprender y empezó su formación intelectual siendo un lector frenético de todos los libros disponibles en la biblioteca, no solamente de orden religioso, sino sobre todos los temas, incluyendo la historia, la literatura, la filosofía y en general todo lo referente a la cultura. Le ofrecieron ir a Roma, pero para entonces él había decidido que su vocación era la acción ciudadana porque ya se había interesado en la política y en la sociedad.

Se fue a Guadalajara y estudió Leyes en la Escuela Libre de Jurisprudencia y al mismo tiempo daba clases e invitaba a sus alumnos a estudiar más allá de las lecciones del programa, y además a profundizar sobre temas más profundos relacionados con México y aún sobre su misma vida y el sentido de esta.

Trabajó intensamente y logró activar a la población de Jalisco y estados aledaños, organizó protestas y boicots en contra del gobierno, y no era partidario de la lucha armada, pero sí de la acción civil, criticaba la apatía con la que los ciudadanos veían las situaciones del mal gobierno e invitaba a todos, jóvenes, estudiantes, padres de familia, obreros, clase media, en fin, a toda la sociedad a trabajar por el bien de México. Creó una organización llamada la Unión Popular que llegó a tener más de cien mil afiliados y era una agrupación de acción social cívica y católica.

Pero una clave muy importante y distintiva del liderazgo de Anacleto es que decía que para en verdad transformar a una sociedad a quien primero debe transformarse es al hombre mismo, y ser siempre congruente con sus convicciones, de tal manera que si llega a ocupar posiciones de autoridad permanezca fiel a sus ideales y no utilice eso en provecho propio, forjarse a sí mismo, y enfrentar las pruebas que siempre se presentan en la vida, por eso hacía las siguientes reflexiones:

“La libertad considerada como poder psicológico, como fuerza efectiva, como libre albedrío, es intangible, no puede padecer ni caer jamás; pero considerada como cristalización de la justicia y del derecho en nosotros mismos y en las relaciones sociales y políticas, es casi siempre obra de la prueba…la prueba y la libertad tiene estrechísima relación, de tal manera que rendirse ante la prueba es caer en la esclavitud; crecer, agigantarse, erguirse serenamente ante ella, pasar sobre ella elevando el estandarte de la victoria es ser libre de hecho, libre de verdad y no de nombre solamente”.

“Conquistemos, pues, la libertad, pero no nos engañemos acerca de los medios de que hemos de servirnos…Y es que el amor a la libertad se halla en relación directa del amor a la virtud que es lo único que eleva y dignifica. Es que quien sabe ser virtuoso de hecho y no en apariencia sabe sacrificarse y sólo puede ser libre el que afronta el sacrificio serenamente y sin titubear”.

Anacleto no pensará nunca que la sociedad se puede transformar si el hombre no se transforma primero desde su interior con verdadero compromiso y autenticidad, por eso continuará diciendo: “Quien no ha sabido triunfar de sí mismo ni de sus pasiones y ha dejado que sobre su espíritu se extienda el imperio de la carne y de la sangre con todas sus efervescencias y sus estragos no puede ser más que esclavo, o tirano, no se da el medio….Los pueblos y los hombres tienen, pues, que comprar y conservar la libertad a un precio muy subido, exorbitante si se quiere, pero inexorable: la virtud, la inmolación constante, implacable de los malos deseos en aras de la verdad convertida en norma moral para la actividad individual y colectiva, y la lucha franca y abierta consigo mismos”.

Hombre siempre congruente claramente se mostraba como un hombre de fe, y bajo ese aspecto analizaba el camino de la humanidad: “Alentada y sostenida por el amor a Dios, a la justicia y a la libertad buscará a lo largo de su peregrinación dolorosa y difícil un sistema que conozca las verdaderas aspiraciones de los pueblos, que conozca profundamente la estructura de las sociedades, que esté en posesión del verdadero concepto de la igualdad”, o sea esta debe surgir de un análisis de la idiosincrasia y de las situaciones particulares de cada pueblo y desde luego que debe existir una fórmula práctica para llevarla a cabo : “Si luego fijamos la mirada en los tiempos del cristianismo intenso y fuerte hallaremos magníficamente realizada la obra de la libertad sin ruido, sin sangre, sin revoluciones, sin ninguna de las enormes y profundas agitaciones provocadas en los últimos tres siglos sin otro resultado que la creación de las más detestables tiranías.”

Hoy bajo la crisis que estamos padeciendo vale la pena poner la mirada en este mexicano excepcional, que por su fidelidad a sus ideas y su poder de acción social logró imprimir en la sociedad un espíritu de generosa participación. El gobierno trató de comprarlo y doblegarlo, pero al ver la fortaleza de su espíritu lo apresó el 1° de abril de 1927, en compañía de sus amigos y colaboradores Luis Padilla Gómez, Jorge y Ramón Vargas González a quienes animó hasta el último momento a permanecer firmes y aceptar junto con él la injusta muerte.

El general Ferreira, urgido por mandato directo de la Presidencia de la República, necesitaba ejecutar cuanto antes a los reos. Ordenó, pues, torturar a Anacleto recurriendo a un refinado suplicio, entonces en boga: suspenderlo de los pulgares, flagelarlo, descoyuntarle los dedos y herirle las plantas de los pies. Un golpe brutal de fusil casi le desencajó el hombro. Ferreira quería saber nombres de personas comprometidas con la resistencia, centros de acopio, procedencia de recursos, pero, sobre todo, el paradero del arzobispo Francisco Orozco y Jiménez. y sin juicio alguno lo martirizó,

Para la Iglesia éstos personajes fueron beatificados precisamente un 20 de noviembre de 2005 en el estadio Jalisco, pero para todos los mexicanos que buscan una patria justa y libre independientemente de su credo o ideología deben de ser personajes que nos deben animar a comprometernos en trabajar y actuar en los medio donde nos sea posible en favor del respeto a la libertad, a la justicia y en la defensa de los valores humanos, principiando por el más elemental que es el de respetar la vida desde su concepción hasta la muerte natural.


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