Bajo la tormenta y sin brújula

El problema de quienes forman en este momento los poderes públicos es que creen en la infalibilidad del Estado y bajo esa ruta se puede llegar muy fácilmente a la tiranía y al despotismo.



Tal vez desde la Segunda Guerra Mundial no se había presentado una crisis que estuviera afectando a todas las naciones como la que ha generado la presente pandemia, sin embargo, en esa ocasión no fue México un protagonista, hoy en cambio se presenta como uno de los países en donde los números de muertes y contagios lo están poniendo en los primeros lugares de esta tragedia.

Pero en nuestro caso particular nos tomó además en un mal momento, porque ya estábamos presentando signos de una gran crisis económica propiciada por políticas que no estaban dando el resultado que el gobierno había prometido.

Hoy estamos en una crisis de salud por saturación de hospitales y falta de medicamentos, crisis económica, crisis política, guerra de partidos políticos por las próximas elecciones, desempleo, crisis escolar por cierre de las escuelas, un desempleo alarmante, una violencia creciente, medidas que desalientan la inversión, cierre de miles de empresas, sobre todo las más pequeñas que implican en su mayoría la pérdida del patrimonio familiar, un poder legislativo que más que representar a sus electores representa simplemente los intereses ideológicos del partido mayoritario, y lo más grave, la división de la sociedad propiciada por el propio presidente.

Vemos además que se generan un sinnúmero de leyes, muchas de ellas que van en sentido contrario a la modernización que requiere el país, y otras sencillamente medidas absurdas y populistas que tratan a la población como si fuéramos menores de edad e incapaces de decidir hasta lo que podemos comprar.

Dice Anacleto González Flores que: “Fue Tácito el que afirmó que un pueblo corrompido y desorientado necesita muchas leyes. El pensamiento de este ilustre historiador entraña una gran verdad y un sentido profundo, porque el análisis de los elementos que forman las sociedades en disolución conduce a la conclusión de que es preciso que los poderes públicos, a causa de la general degeneración de los individuos y de las familias, multipliquen sus esfuerzos y señalen en muchas cosas por medio de un gran número de leyes, el camino que es necesario seguir”.

El problema es que quienes forman en este momento los poderes públicos creen en la Infalibilidad del Estado, y bajo esa ruta se puede llegar muy fácilmente a la tiranía y al despotismo.

Pero el pensamiento anterior nos lleva a reflexionar que la situación a la que hemos llegado puede provenir de más de una causa, es decir, no es tal vez tan solo el enfoque de buscar cambiar el rumbo con un cambio de gobierno, sino que habría que revisar otras causas que no solamente contemplan el círculo político, sino el de todos los componentes de la sociedad, iniciando desde su base más elemental como lo es la familia.

Cuando decimos que vemos muy pobre y en ciertos casos inclusive alarmante la propuesta de los candidatos de los partidos políticos, debemos pensar que todos ellos fueron formados en alguna familia mexicana, de las que llamamos tradicionales, con sus virtudes y problemas naturales, o en otro tipo de familias que se rompieron en el transcurso del tiempo, o simplemente nunca se consolidaron y fueron niños con solamente mamá o papá, que tuvieron que esforzarse doblemente para tratar de suplir la figura faltante, en cualquiera de los casos algo debe haber fallado en la formación de valores. Pero esta crisis de valores la venimos viendo no solamente en el campo político, sino en muchos otros, en el campo profesional, en el campo comercial, en el campo empresarial, y en otros muchos.

Claro que también hay muchos ciudadanos de una gran categoría humana en todos los niveles económicos, sociales y culturales, y son ellos los que hacen que este país aún permanezca en pie, y creo que todos debemos preocuparnos no solamente por la crisis presente, sino pensando en el futuro, por lo que podría ser muy conveniente hacer un examen de conciencia personal sobre qué tanta responsabilidad tenemos al estar viviendo esta situación; ya sea tan solo porque tal vez estuvimos muy ausentes de los problemas sociales y políticos, tal vez porque no pusimos suficiente atención en la formación ética, social, y espiritual de nuestros hijos, tal vez porque de alguna manera nos fuimos haciendo cómplices del sistema en turno.

Mientras hay vida, hay esperanza, dice un dicho popular, y por lo tanto cada quien desde su situación actual puede hacer algo, informarse, analizar, apoyar a quienes estén haciendo algo por la libertad, por la defensa de la vida, por la defensa de los derechos de expresión, animar a nuestros amigos, hijos, parientes a tomar acciones, rezar los que somos creyentes, porque es evidente que estamos en medio de la tormenta y quien debería guiarnos no tiene siquiera una brújula para saber hacia dónde nos dirigimos.

Y cuando vemos la manera en que se manejan muchos de nuestros diputados y senadores nos viene a la mente otra frase de Anacleto González Flores que dice así: “Cuan dignos de lástima son los pueblos que tienen que soportar sobre sus hombros la pesada carga que echan sobre ellos la ignorancia, la barbarie y la fuerza bruta encarnados en los reformadores que se improvisan”.

 

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