Informes para siempre

En los informes, los presidentes van dibujando el país que creen que están haciendo.


Estado de la Nación


Los informes no han cambiado mucho desde que no se dan en el Congreso. Los presidentes se resisten a no tener su día –como si no fueran el centro de atención, el personaje público más relevante–, tienen que dar su discurso, decir que todo va bien, que aún faltan cosas por hacer pero que se trabaja sin descanso, que lo que se ha logrado es mucho mayor de lo alcanzado en las administraciones anteriores, que el país es otro y sonríe al futuro desde que es presidente.

En ocasiones, los primeros años de ejercicio, se espera alguna innovación: la manera de decir algo, criticarse a sí mismo, admitir un error públicamente, algún reconocimiento especial, algún anuncio espectacular, lo que casi no ha pasado. Ellos quieren que les pongan diez en la boleta y por eso enseñan que hicieron la tarea y que trabajaron muchísimo y muy bien. Hartos de ver comentarios negativos en la prensa sienten que si ellos dicen todos sus logros la ciudadanía se los creerá.

En los informes, los presidentes van dibujando el país que creen que están haciendo. De unos años a la fecha, los informes se dan ante el equipo de colaboradores del presidente –precisamente los que mandan los borradores con los éxitos de su trabajo– y entonces todos se aplauden entre sí, como si fuera un círculo de elogios mutuos, en el que después del evento se reúnen y se abrazan por lo exitosos que son.

Los informes, por más entrevistas, mesas de análisis y textos que se publiquen, no tienen nunca una respuesta proporcional de parte de la oposición –menos en estos días en que deambulan por los sótanos– o de la crítica, por eso el presidente en turno se queda con la imagen de un país con problemas marginales y donde todo es felicidad. Antes, por lo menos estaba la gritería de la oposición que convertía el evento en un episodio desagradable de la política nacional en que la degradación personal de algunos legisladores alcanzaba niveles insospechados. Ahora, los que protagonizaban los zafarranchos se engalanan para aplaudir a su presidente.

No hay nada que indique que el ritual de los informes anuales vaya a cambiar. Ni siquiera alternativas. Desde hace un par de sexenios se han intentado algunas entrevistas colectivas o individuales con el presidente en turno, pero si bien fueron una novedad no representaron nada del otro mundo, alguna pregunta incisiva por acá, un halago por allá, un llamado a la autocrítica de éste, una alabanza de aquel. Un paseo de formas democráticas, pero de poca información. Con López Obrador un ejercicio de esa índole ni siquiera tiene sentido. Él no comparece, pero aparece todos los días en sus mañaneras y desde ahí la emprende contra los demás y anuncia alguna gira o algo por el estilo.

Uno puede ver cualquier informe de los últimos presidentes –de quienes ya no fueron al recinto legislativo– y son casi idénticos: los aplausos de los suyos, los invitados –que también siempre son los mismos sin importar qué presidente esté en turno–, la transmisión en vivo, el Himno Nacional, los saludos militares y un presidente extasiado consigo mismo. Por eso creo que tendremos informes para siempre.


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