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Dos hombres: uno, solo; el otro, aislado

 Andrés Manuel López Obrador ajeno a su gente, no atina a dar un mensaje que lleve consuelo, solidaridad, ánimo y certeza a los suyos.


Dos hombres


Un hombre solo en medio del atrio de la Basílica de San Pedro, se dirige a su grey y al mundo. Es el papa Francisco. El líder católico sabe del impacto que tiene la imagen de predicar en la plaza vacía, sabe que su palabra llega más allá del conglomerado de gente que se reúne todas las semanas en ese lugar tan significativo para el catolicismo. El papa no desperdicia el mensaje, millones de sus fieles lo escucharán y los líderes del mundo también. Francisco ha llamado a su mensaje “Momento extraordinario de oración en tiempos de epidemia”. Es decir, ha dedicado un evento de naturaleza única a lo que vive el mundo, no dio un evento igual a los demás, a los cotidianos, fue algo especial, “extraordinario” porque estos días lo son.

El papa escogió una lectura del Nuevo Testamento que habla del miedo de los apóstoles en medio de una tormenta y ven que Jesús duerme, por lo que le preguntan si no le importa la vida de ellos y lo que les pase. El papa borda desde esa figura un acercamiento a nuestra situación: “Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas, llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso… Nos encontramos asustados y perdidos… Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca estamos todos”.

Las imágenes del mensaje papal le dieron la vuelta al mundo y su mensaje también. Supo darle al vacío de la plaza un contenido de rotundidad similar. “…no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta, gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo”. Reconoce el sacrifico de personal médico, enfermeras, equipos de seguridad gente que ante el miedo reaccionan con su vida. Ante la vulnerabilidad humana mostrada en estos meses el Papa es claro: “No somos autosuficientes, solos nos hundimos”.

En el otro lado del mundo un hombre, también solo, da su mensaje a la nación que gobierna en el palacio en el que vive. Pero no es un hombre solo, es más bien una persona aislada. Alguien que ha decidido vivir en una realidad alterna. Es Andrés Manuel López Obrador. Ajeno a su gente, no atina a dar un mensaje que lleve consuelo, solidaridad, ánimo y certeza a los suyos. Le importa hablar en un espejo, le importa el eco de su voz, no la respuesta de los demás. En la hecatombe mundial, ve la mano de sus enemigos, la fuerza de sus fobias, la presencia de sus pesadillas. Distante del mundo, pensó durante meses que nada iba a llegar a un lugar en el que él es el mandamás. Recurrió a estampitas, a creencias ridículas como que “los mexicanos son distintos, aguantan todo, no son como los europeos”; en su negación de la realidad, evidenció su ignorancia y su necedad, los desvaríos mentales por los que atraviesa y la exposición de su pensamiento como un monolito.

El resultado de su mensaje, solo con su escenografía gigantesca, fue el de que tenemos un presidente que habita el vacío. Es un presidente que, a fuerza de estimular pleitos, hasta su gabinete anda dividido. Nadie lo acompañó, al hombre que más votos ha recibido se le ve abatido, ensimismado, preso de sus propias trampas retóricas y de sus manías ideáticas de que se puede vivir al margen del mundo y, claro, no tiene nada nuevo que decir en épocas de desolación. Es alguien a quien oyen, pero ya no escuchan. Es nuestro presidente.


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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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