Marcelo, presidente

Marcelo no tiene problemas de oficio, lo tiene de sobra.



Hay un vacío adentro del gabinete del presidente López Obrador. Ese vacío lo llena Marcelo Ebrard. Político inteligente, experimentado, hábil, el canciller destaca entre sus colegas que son prácticamente unos desconocidos, muchos de ellos personajes sin historia ni personalidad que deambulan en la esfera gubernamental como si fueran participantes de algún festival zombie.

Desde un principio se comentó que Ebrard tenía capacidades para ser el responsable de la seguridad o de Gobernación. Se optó por la cartera de Relaciones Exteriores, un tema que desconoce por completo el presidente, que no le gusta y que más bien le repele. Nadie pensaba que sería la primera crisis que enfrentara el gobierno del tabasqueño con las amenazas de Trump de subir los aranceles.

Marcelo reaccionó de inmediato e hizo su periplo a Washington sin siquiera tener citas. Pero eso le sirvió para llamar la atención, comunicaba los que sucedía como si fuera quien reporta el tráfico vehicular minuto a minuto. Manejó las cosas de tal forma que hizo pensar que todo salió muy bien y que la negociación fue exitosísima para los mexicanos. El presidente estaba feliz, feliz, feliz y realizó un mitin en Tijuana que pretendía ser de unidad nacional ante los logros de su canciller frente al iracundo del norte. Las cosas no son como las pintaba don Marcelo, pero por lo menos ganó tiempo en el que implementó, como fruto de sus negociaciones, una política migratoria persecutoria con los centroamericanos a cambio de mantener los aranceles. Pero lo importante fue que sacó a su jefe del problema.

Mientras tanto, sus compañeros en Seguridad y Gobernación, empezaban su descenso velozmente, Marcelo se consolidaba como la figura que deshacía los entuertos en que entraba el presidente en su materia, mientras que los otros nada más ahondaban las crisis. En la semana de la matanza en la sierra de Sonora, en que Olga Sánchez era calificada como un simple florero en la opinión pública y en que Durazo ahondaba su desprestigio, ¿quién apareció en la escena del crimen? ¿El responsable de la seguridad pública? Noooooo ¿La responsable del gobierno que hace las funciones de Ministerio del interior? Nooooo ¡Fue Marcelo Ebrard! El canciller fue el primer funcionario de alto nivel en la escena de la masacre. Se tomó fotos y las difundió con el mensaje lateral de que estaba ahí como responsable de las relaciones con Estados Unido dándole prioridad al asesinato de ciudadanos norteamericanos.

Marcelo no tiene problemas de oficio, lo tiene de sobra. Y en tierra de tuertos… así que la oportunidad se le presentó de nuevo con el caso Bolivia. Como si se tratara del asilo a John F. Kennedy o algún figurón internacional, Ebrard se volvió a montar en las mañaneras presidenciales en las que ya se siente como en casa. Además tuiteaba, filtraba y controlaba la información, lo cual le permitió manejar de principio a fin el anuncio del asilo y la salida de Evo Morales. Y ya para cerrar se apersonó en el aeropuerto para recibir al boliviano, que le llega a la panza, resaltando en la foto quién era el salvador, el héroe de la película, el hombre poderoso que rescataba al presidente depuesto. Todo muy bonito, fue una historia donde el importante fue el narrador. Evo qué. Es claro que en el gobierno, crisis que no pasa por Marcelo, crisis que crece sin parar. Es claro también que Marcelo no tiene competencia, que lo de menos es Morena que acabará alineándose con el más fuerte.

Es claro que ante las rústicas formas políticas presidenciales, Marcelo destaca en forma y fondo. Es claro que, por momentos, Marcelo parece el presidente.

 

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