Si ya saben cómo es…

En el Consejo de Seguridad de la ONU, el presidente habló de desarrollo, pobreza y corrupción en una reunión de seguridad internacional.



El presidente fue a la ONU a decir un discurso ramplón, fuera de lugar por el foro en que se encontraba y no se reunió con los paisanos en Nueva York. Todo mal. Claro, se puede argumentar que finalmente se animó a salir del país y participar en un evento internacional, pero también que hizo una propuesta que a nadie le importó y que fue pura perdedera de tiempo. Eso sí, para que nadie le critique se fue en avión comercial para demostrar que el discurso de austeridad lo representa él y nadie más (lo cual esta semana nos quedó claro a todos).

Hay quien dice que el discurso que dio tiene aportes, pero que fue en el foro equivocado. Pues entonces fue un mal discurso. Si a alguien lo invitan a participar en un simposio de cocina y habla de futbol, el discurso es malo simple y sencillamente porque no está dirigido al público que lo escucha ni es de la materia de que se trata. Ya sabemos que el presidente hace y dice lo que se le da la gana y que su pecho no es bodega nunca, ni en Palacio ni en la ONU. Así que fue a hablar de desarrollo, pobreza y corrupción a una reunión de seguridad internacional. Con razón los representantes de China y de Rusia, que seguramente saben de seguridad planetaria, le indicaron que estaba en el baile equivocado y que el Consejo de Seguridad de la ONU no tenía entre sus objetivos solucionar la pobreza, combatir la corrupción o quitarles dinero a los ricos. No deja uno de sentir cierta satisfacción de que personajes de otros países sufran lo que uno tiene que pasar diariamente al escuchar los dichos del presidente. ¿A qué se refiere? ¿Por qué lo dijo? ¿Qué sentido tiene eso? ¿Viene al caso lo que dijo? Así pues, que en esa reunión del Consejo de Seguridad de la ONU estaban el presidente de México y los representantes de China y de Rusia, que en ese momento representaron a millones de mexicanos que demandan algo de coherencia en los dichos presidenciales.

Ya en otras ocasiones en este espacio hemos comentado la fobia que el presidente López Obrador le tiene al mundo. No le gusta conocerlo, saber más de lo que pasa en otros lugares, le parece que el mundo es un lugar extraño y peligroso. Por eso de manera reiterada condena a quienes estudian en el extranjero, sataniza las estadías en otros países porque son oportunidades de aprender cosas malas y de echar a perder la pureza que distingue al mexicano por encima de cualquier otro habitante del mundo. Para su desgracia, de vez en cuando tiene que salir del país para representarlo de alguna manera. El discurso que dio en la reunión de seguridad lo pudo haber dado en algún otro foro con jefes de Estado, pero a la mejor le parece que las reuniones son muy lejos, así que mejor ir a Nueva York de ida y vuelta, no vaya a ser que en otro lado le entre el síndrome del Jamaicón.

Nada hay que esperar de las visitas de nuestros presidentes a la ONU. Son estampas para su egoteca. Eventos que no tienen ninguna repercusión, pero que son una buena foto, una imagen para promover algo diferente a la vida cotidiana. Pero aún menos se puede esperar algo de eso con López Obrador, porque simple y sencillamente no lo hace con gusto, no le da ninguna dimensión a esa tribuna y le parece una pérdida de tiempo –de hecho, prácticamente dijo que la ONU no había servido para nada, lo que ha de haber encantado a quienes laboran ahí. Pero bueno, si ya saben cómo es, para qué lo llevan.


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