Tonterías

El líder populista mexicano es una boca suelta, una catarata de palabras sin sentido a la búsqueda de una frase que le salga bien.



Una persona que habla todos los días más de dos horas sobre cualquier cantidad de temas es alguien que obligadamente dice muchas sandeces. Por eso muchos conductores de programas largos tienen compañeros que aparecen con ellos, invitados, etcétera. Claro, no todo el mundo tiene la vocación del exhibicionista que encuentra en comparecer de manera individual una de las formas de aumentar su autoestima. Es el caso del presidente López Obrador.

Digámoslo claramente: el presidente dice muchas tonterías. Pero las disfruta y además obliga a su fanaticada a defender expresiones verdaderamente ridículas que jamás pensamos en las palabras de un presidente del país –y miren que oportunidades hemos tenido–. El líder populista mexicano es una boca suelta, una catarata de palabras sin sentido a la búsqueda de una frase que le salga bien. Por eso cae con facilidad en la amenaza y en el insulto, es lo que más fácil le sale, lo que construye con facilidad.

Muchos pejólogos que lo apoyan dicen que todo lo que hace y dice el presidente es un movimiento estratégico, una declaración fríamente calculada para distraer a la oposición, para cambiar al tema. Todo es parte de una megaestrategia diseñada milimétricamente por el presidente y ejecutada por él mismo. Una mente maestra dotada de brillantez y mezclada con una disciplina marcial que da como resultado una mezcla inusitada de Churchill, Kennedy, Lázaro Cárdenas y Luis Echeverría.

También hay pejólogos que lo detestan. Estos dicen que no hay que hacerle caso a lo que dice. Que todo es producto de una mente malévola que se alimenta diariamente de odio y vanidad. Para ellos el presidente es un personaje maquiavélico que está pensando todo el tiempo cómo dañar a la oposición, cómo distraer a la ciudadanía de los grandes problemas para ponernos a hablar de alguna de sus fobias que parecen ser ilimitadas.

Cada quien compra la hipótesis que le gusta. Por supuesto no son las únicas. Hay una que es más sencilla y perfectamente creíble porque se ajusta muy bien a la personalidad del presidente y a su actuar público: el presidente dice muchas tonterías y no le importa. Ya sea porque así lo piensa o porque así se le ocurrió o porque no tenía otra cosa qué decir. Claro que cuando dice alguna ocurrencia nos ocupamos de ella. No las dijo cualquiera, las dice el presidente. Son babosadas presidenciales y, por lo tanto, tienen efecto en la vida pública. Habrá quien se sienta identificado con ellas o quien se sienta indignado. Pero ya nadie se siente sorprendido, ya es una costumbre nacional estar oyendo disparates, incluso el Presidente parece sentirse cada vez más cómodo con las cosas que dice.

La semana pasada fue el Nintendo y la UNAM, esta semana puede ser Chabelo y el mal que hacen las telenovelas al promover el individualismo aspiracionista a ultranza. Da igual, quizás es entretenimiento involuntario, pero insisto, es muy probable que el presidente esté convencido de las cosas que dice por más tontas y sin sentido que parezcan. Él así es.

 

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