La corrosión del lenguaje

Es importante fijarnos en las palabras del presidente, en el uso que hace de ellas. En la construcción de su discurso están sus objetivos; menospreciar sus arranques y dislates es un error.



En un artículo publicado en El País ( https://elpais.com/opinion/2021-07-29/como-nacen-las-dictaduras.html), la periodista Eliane Brum describe la situación política de Brasil en estos días. Dice que la pregunta recurrente en esa nación es si habrá golpe de Estado o no y subraya, con razón, que cuando esa pregunta se hace es porque el golpe ya está ocurriendo. Brum dice que la formulación actual de los golpes se puede ver en muchas partes, pone de ejemplos a Trump y a Viktor Orbán y plantea un aspecto central: “Ya sabemos cómo mueren las democracias, es un tema que se ha analizado exhaustivamente en los últimos años. Pero tenemos que entender mejor cómo nacen las dictaduras. La muerte de una y el nacimiento de la otra forman parte de la misma gestación”. Impecable.

¿Cómo se llega a esta situación? Para la periodista brasileña es claro que uno de los aspectos fundamentales en la construcción de una dictadura es lo que ella llama “la corrosión del lenguaje”. El uso de las palabras de tal manera que la gente comienza a aceptar lo que parecía inaceptable, lo asimila, lo normaliza y así “cuando el golpe se produce formalmente, ya está interiorizado”. La corrosión del lenguaje, dice, facilitó la llegada de Bolsonaro y de los militares. Para Brum, un ejemplo concreto de ese manejo fueron lo que ella llama “momentos decisivos” en el juicio contra la expresidenta Dilma Rousseff: “Cuando llamaron ‘puta’ a la presidenta en los estadios de futbol, en el Mundial de 2014; cuando, en 2015, ponían una pegatina con su imagen con las piernas abiertas en los depósitos de los coches para que la manguera la penetrara, simulando una violación; y, finalmente, en 2016, durante la votación para aprobar el impeachment. Jair Bolsonaro, entonces diputado, dedicó su voto al torturador Carlos Alberto Brilhante Ustra, “el pavor de Dilma Rousseff”. Escalofriante.

Todo esto viene al caso porque si bien López Obrador no es Bolsonaro ni tiene una historia similar, sí comparten esa característica central del populismo radical que es el manejo demagógico del lenguaje, el uso irresponsable de las palabras para fabricar a sus enemigos y crear culpables. No otra cosa que el constante señalamiento que hace el presidente a los medios de comunicación y los periodistas –incluso los que han sido simpatizantes suyos–; también está el esfuerzo permanente de sabotear y destruir las instituciones como el INE, la SCJN o la que no se pliegue a sus intereses. En este proyecto de la corrosión del lenguaje del que habla Brum en su artículo, entra por supuesto la farsa que fue la consulta de ayer. Nada tiene que ver eso con la justicia, es un movimiento más en el juego del odio que promueve todos los días, es el fantasma que usa para ocultar su ineptitud como gobernante. Veremos esta semana cómo, nuevamente, se dedica a menear la cazuela del veneno.

Por eso es importante fijarnos en las palabras del presidente, en el uso que hace de ellas. En la construcción de su discurso están sus objetivos; menospreciar sus arranques y dislates es un error. La corrosión del lenguaje, dice Brum, “no es un capítulo del manual, sino que lo atraviesa por entero”.

 

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