Tiempo con mis hijos, la mejor inversión para su futuro

Las experiencias adversas sufridas durante la infancia de una persona pueden afectar en la edad adulta e impactar en sus oportunidades de vida.



Con frecuencia a los padres de familia les agobia pensar en el futuro de sus hijos y en si serán capaces de este pensamiento, pudieran ser por ejemplo, proponerse que aprenden un segundo (o tercer idioma), o incluso, que aprendan técnicas de inteligencia emocional para mejorar su forma de relacionarse, lo cual, sin lugar a dudas, es muy bueno. Para lograrlo, algunos padres, podrían plantearse trabajar más, es decir, buscar horas extra de trabajo para conseguir ese ingreso extra que les permita solventar dichas clases adicionales. Sin embargo, este ingreso extra puede implicar gastos en sí mismo, como lo referente al traslado, o propios de la ejecución; inclusive fármacos para contrarrestar las consecuencias del propio desgaste físico. Lo anterior aunado también, al desgaste emocional que pudiera implicar convencer a los hijos del beneficio de realizar esas nuevas actividades.

Por supuesto, el escenario anterior es extremo. Sin embargo, puede ilustrar una sensación que pueden tener muchos padres de familia a los que es importante recordar que lo mejor que pueden ofrecer a sus hijos, sobre todo en sus primeros años de vida, es su sola presencia, intencionada y plena.

Estudios demuestran la afectación de por vida que pueden tener acciones de maltrato de los padres o cuidadores hacia los menores. La sociedad en general desaprueba la violencia de cualquier forma, en especial cuando es dirigida hacia los hijos. Sin embargo, hay acciones de abandono infantil, por descuido o negligencia, que pueden no ser tan conscientes precisamente por desconocimiento o por indiferencia. Satisfacer las necesidades básicas de alimentación, casa, salud y educación puede evitar que se tipifique como negligencia, pero puede haber abandono a las necesidades afectivas de un niño y generar que se siente abandonado emocionalmente.

Las experiencias adversas sufridas durante la infancia de una persona (ACE) pueden afectar en la edad adulta e impactar en sus oportunidades de vida. De igual forma, crecer en familias que crean relaciones seguras, estables y enriquecedoras, donde los niños estén seguros, cuidados y apoyados, les dota de las habilidades necesarias para enfrentar de la mejor forma los retos futuros. Está demostrado que el cuidado en la primera infancia puede mejorar el desarrollo cognitivo y socioemocional de los niños y aumentar la probabilidad de que tengan relaciones interpersonales y ambientes seguros, estables y enriquecedores.

Padres bien intencionados, agobiados y estresados por el exceso de actividades, pudieran proveer todo lo necesario para que sus hijos tengan cubiertas todas sus necesidades físicas, pero estar cayendo, sin darse cuenta, en abandono emocional. Proponerse dedicar cada día un tiempo de calidad a los hijos y establecer rutinas y límites claros para su cuidado, puede ser suficiente para hacerlos sentir amados y apoyados. Esto también puede ayudar a desarrollar imperceptiblemente aquellas habilidades de inteligencia emocional tanto internas como externas que los dotarán de capitales emocionales y sociales de por vida. Este modelaje lo hacen los padres mientras juegan, realizan labores en la casa o simplemente al contar una historia. Hay que tener presente el impacto de acciones sencillas, pero de forma habitual, que se viven de forma natural en la dinámica familiar, para lograr un sano desarrollo de los hijos y abocarse a ellas en primer lugar.

De pronto los padres están tan ocupados en generar bienestar a los hijos, que se olvidan que ellos mismos son la principal fuente de estabilidad emocional para ellos, así como los hijos los son para ellos mismos. Es necesario “disfrutarse” unos a otros y fortalecer el vínculo emocional que les unirá de por vida y que dota de sentido todas las demás acciones. La buena noticia es que no requiere de gran capacitación ni inversión, y es gratificante a corto, mediano y largo plazo, ya que además de alegrar el momento, se constituyen en recuerdos y memorias felices que los acompañarán incluso cuando ya no estén juntos.

Cuando un niño no se siente atendido, puede buscar formas de llamar la atención, aunque sea una atención negativa (regaño), por lo que es mejor avisarle cuál será el momento en que tendrá la atención completa de sus padres, sea para jugar, leerle un cuento, cocinar juntos u otra actividad divertida. Cuando el hijo se siente mirado con la misma atención con que los padres observan el celular o la televisión; cuando los ven sonreír o “hacer payasadas”, genera en los hijos seguridad y confianza mientras que ese reír y desconectarse baja también la tensión de los padres. No se trata de que los padres dejen de trabajar y atender sus propios asuntos, sino que aprendan a estar completamente “presentes” cuando pasan tiempo con sus hijos, relajarse y disfrutar esos momentos.

Evidentemente los padres tienen derecho a “buscar su propia felicidad”, pero es importante que descubran la felicidad que se experimenta al procurar la felicidad de sus hijos. Experimentar la liberación de hormonas que se produce al abrazar a su hijo y que generan una verdadera sensación de bienestar al instante. Reír y hacer ejercicio también ayuda a relajarse y soltar tensión. Si unimos todo lo anterior, es posible generar una mejor rutina diaria de cariño de acuerdo a la edad de sus hijos, desde leer un cuento hasta practicar un deporte juntos.

Además, se pueden procurar tareas a realizar juntos, es decir, padres trabajan mientras los hijos hacen la tarea, un dibujo, una lectura. Luego mientras la mamá hace la cena, el papá pone la mesa y los hijos recogen juguetes o doblan la ropa limpia. Así, todos juntos, podrán disponer de tiempo para realizar una actividad divertida o relajante, o al menos, sentirse acompañados mientras realizan esas labores que son para el bien de todos.

Padres, no lo olviden, su presencia, es decir, el tiempo efectivo que pasan con sus hijos, repercutirá en su vida futura, conformando un capital social y emocional, que perdurará en su recuerdo y seguirá guiando sus criterios de vida. ¡Vale la pena aprender a disfrutar el tiempo en familia!

 

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