Mexicanas al grito de paz

El mayor peligro que hoy vivimos las mexicanas se le llama impunidad. El miedo prevalece, porque denunciar no es garantía de justicia.



En memoria de mi querida Gude

Eran los años 30’s, en la zona norte de Puebla. Tenía tan sólo 8 años y como todas las niñas a esa edad, jugar era parte de su naturaleza. Nunca imaginó siquiera que hacerlo en un lugar donde tiraban desechos médicos le ocasionaría una gran infección en su cara, menos que la solución para su problema era cortarle con tijeras parte de sus labios en lugar de llevarla a un doctor.

Esa herida no sólo la obligó a usar rebozo hasta su muerte, a los 90 años, sino que terminó con sus sueños de ser maestra, pues ante las burlas de sus compañeritos y la discriminación constante tuvo que dejar la escuela y entonces ayudar a las labores de la casa. Fue a partir de esa edad, una segunda madre de sus hermanos y responsable de su hogar.

Muchas fueron las carencias y las violencias que vivió Gude a lo largo de su vida. Se casó y tuvo ocho hijos, cinco mujeres y tres hombres. Ante las privaciones y la pobreza que vivió, la vida no la amedrentó, fue trabajadora doméstica y era tan fuerte y tan digna que luchó siempre porque nosotros entendiéramos que origen no es destino. Su mayor deseo: que sus hijas e hijos fueran profesionistas, porque como muchas madres, decía: “la educación es la mejor herencia que puedo dejarles”.

Hace apenas unos días, María Elena, cubierta con un cubrebocas, se manifestaba en la Guelaguetza, para exigir justicia luego de que en 2019 fuera rociada con ácido y su agresor aún sigue libre. Fue desalojada del recinto “para no incomodar al gobernador”, porque ahora resulta mostrar las debilidades del gobierno, la omisión y la indiferencia de las autoridades, es “una provocación”.

Ella tardará mucho en liberarse del dolor que la marcó, porque no hay ayuda suficiente para una víctima que no comprende por qué un ser humano puede hacerle tanto daño a otro. Lo sé, porque observé cómo, y a pesar del maravilloso ser humano que era mi madre, luchaba todos los días para aliviar su sufrimiento, porque para ella jamás nada volvió a ser igual. El cubrebocas es hoy para María Elena lo que el rebozo fue para Gude.

Hay quienes ante este tipo de ataques pierden la vida; ahora podemos identificarlo como feminicidio y en las recientes semanas, muchos son los casos de violencia contra las mujeres que han sido públicos. Pero hay quienes mujeres como Gude y María Elena nos muestran lo fuertes que son, nos dan ejemplo de lucha, levantan la voz y entregan su esfuerzo por otras. No perdieron la vida, pero por dentro sienten que mueren todos los días.

Gude fue violentada en su hogar hace más de 90 años. La historia de María Elena es relativamente reciente y fue atacada por alguien en quien en algún confió.

En las últimas tres décadas, han sido muchos los ordenamientos legales que se han creado para la defensa de nuestros derechos; se han generado nuevos conceptos, se le ha dado nombre a las agresiones, se han visibilizado las desigualdades. Las mujeres tenemos mayor presencia en la vida pública, pero estas dos historias tan lejanas en tiempo y tan similares entre sí por las secuelas que deja la violencia, nos muestran la cruda realidad: la paridad es un avance, claro, pero lamentablemente el camino a la igualdad es todavía lejano.

No hay ley que cambie conducta humana. “Ni una más, ni una menos”, decimos cada día 25 de mes, en el ‘Día Naranja’, para visibilizar la violencia contra las mujeres. ¡Vaya paradoja! Porque en las últimas dos legislaturas conocidas como “de la paridad”, se han perpetrado los mayores retrocesos en nuestra contra.

Las cosas no van bien para nosotras en este país. Los retrocesos en la política pública son inexplicables, no se pueden justificar, porque es ofensivo que ante las tragedias que conocemos todos los días, en lugar de resultados, la explicación para la ineficiencia y la indolencia sea que “todo es culpa del neoliberalismo”. ¡No, este no es el gobierno más feminista de la historia! Este gobierno es el violentador más grande la historia.

Que a una niña la obliguen a casarse, no es un uso y costumbre. Es un delito que debe ser castigado.

Que un servidor público con acusaciones y señalamientos de acoso, violencia sexual, sea propuesto para representarnos en otro país, o sea postulado a candidato a gobernador, sin atender las denuncias de las víctimas, no es “poliquitería”. Es un asunto que debe investigarse a fondo, para evitar la impunidad.

Que se filtre información de una carpeta de investigación sobre un feminicidio, no es contribuir a conocer la verdad. Es revictimizar a quien debería hacérsele justicia.

Que se amenace a mujeres sobre publicar imágenes privadas que no sabemos si existen, no es contribuir a la justicia. Es extorsión.
No basta conocer y valorar las historias como las de Gude, María Elena, Raquel, Debanhi, Yrma Lidya, Emma Gabriela, Maricela Escobedo o como las de miles de mujeres que han vivido estas tragedias. Ellas no debieron pasar por todo esto, ellas tenían derecho a vivir una hermosa vida y a ser felices.

El mayor peligro que hoy vivimos las mexicanas se le llama impunidad. El miedo prevalece, porque denunciar no es garantía de justicia.
No queremos morir. Queremos ser libres, queremos crecer, queremos oportunidades, queremos ser felices, queremos ser reconocidas. Queremos que el llamado que nos identifique sea ¡mexicanas al grito de paz! Y no “mexicanas condenadas a muerte”.

 

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