De profesión, suegra

Muchos padres estamos conscientes de que al educar a nuestros hijos únicamente queremos que sean felices, responsables y que encuentren el camino sobre el que andarán a lo largo de la vida.



Ahora que mi olor a suegra se ha transformado en un enorme halo que, a manera de nube misteriosa, me acompaña a cualquier sitio y me hace destacar entre la multitud, tengo que soportar la incredulidad de mis interlocutores cuando les digo con toda firmeza que soy feliz ante la próxima boda de mi hijo mayor.

Desde la secretaria del registro civil hasta mis vecinos, mis amigas, pasando por la modista, la florista, el maquillista y el estilista piensan –aunque no lo digan, por supuesto– que finjo una actitud positiva, pero en el fondo me desgarran los celos y la envidia.

No sé si por pereza o simplemente porque les gusta que la corriente las arrastre en lugar de nadar hacia donde quisieran llegar, muchas personas se niegan a escribir el guion de una nueva obra para actuar en la vida, y optan por una herencia nefasta.

En este legado, nada positivo, se incluyen algunas actitudes verdaderamente castrantes: los hijos son vistos como propiedad de los padres y por eso deben elegir la carrera que convenga a la familia; los hijos deben devolver a los padres todo lo que invirtieron en ellos, como si fueran parte de una transacción económica; los hijos deben escoger una novia que agrede a los padres, aunque no tengan nada en común con ella; los hijos tienen que seguir manteniendo a sus padres y resolviéndoles sus problemas, incluso los domésticos, porque es su obligación; los padres no tienen por qué planear su futuro, porque ya los hijos se encargarán de velar su vejez.

Y hay aún más aberraciones en esta obra teatral de mal gusto. Alguna vez escuché decir a una amiga que su hijo no podía casarse si antes no le compraba la casita con que había soñado. Ya bastante había invertido en el muchacho como para que otra viniera a disfrutar de esos esfuerzos. ¡Qué locura!

Y en otra reunión me enteré de que otra mamá no quiso entregar a su hijo su diploma profesional porque pertenecía a sus padres; ello lo habían mantenido toda su vida y la novia sólo era una advenediza que venía a disfrutar lo que otros sembraron. ¡Qué se fastidie!

Menudo legado nos han dejado esos actores a las mujeres modernas. Hasta la mismísima palabra “suegra” suena fuerte, agresiva, tiene connotaciones de ruptura, pero no hay tal.

Afortunadamente, hoy muchos padres estamos conscientes de que al educar a nuestros hijos únicamente queremos que sean felices, que aprendan a actuar con responsabilidad y que encuentren el camino sobre el que andarán a lo largo de la vida.

Por supuesto, no son nuestros; son –como expresó Gibran– hijos del anhelo de la vida. Y lo menos que podemos desear los padres es que funden su propia familia.

Para empezar a ser una buena suegra, que respete la autonomía del nuevo matrimonio, que no se meta en sus asuntos más que cuando se lo pidan o que intervenga con cuidadosa delicadeza cuando se percate de que es sumamente necesario, hace falta tener una vida propia, fructífera, llena de sueños y proyectos.

Quizá porque la tengo, porque he podido mirar al futuro y planear mi vejez, y porque sé que mi hijo cuenta con un bagaje pleno de valores, que adquirió en la familia, puedo alegrarme de que se case.

Yo sé que se estila llorar cuando se casan nuestros hijos, pero créanme, por favor, no es mi caso. Sólo anhelo tener nietos a quienes escribir cuentos y no ser nunca una madre protectora, ni una madre guardería, ni una madre egoísta, incapaz de acudir al llamado de ayuda de mis hijos.

Por supuesto y ante todo, me exijo no llegar a convertirme en ese homólogo de bruja que es una suegra metiche, que no ha sido capaz de pensar que su hijito adorado es un ser humano con todas las capacidades y no la prolongación de una madre que no fue capaz de inventar su propia vida, ni de darse sin esperar dividendos.


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