Para olvidarme de mí

Pero no huye del hogar; que es cálido a no dudar.


Entre niña y adulta


Detrás de la franqueza de sus ojos verdes, Antonieta lleva consigo sentimientos añejos, palabras que se pudrieron dentro por falta de oxígeno, lágrimas que ya se le hicieron charco en el alma.

Los otros conocen en ella ese rostro ficticio, de pasividad amable, apenas iluminado a ratos por una sonrisa que es mueca acostumbrada de tanto ensayarla. Es una niña con aspiraciones de adulto.

Cuando se le mira con cristales analíticos, si es que hay tiempo para ello en el trajín de todos los días, Antonieta evoca esa imagen reiterativa de los cuentos; esos muchachos ataviados con su camisa a cuadros, sus bermudas deslavadas y su cachucha puesta al revés, dispuesto a desentrañar aventuras, a huir de la casa paterna con sus pertenencias liadas en el paliacate que pende de una vara larga, tan delgada como quien la carga.

Pero no huye del hogar; que es cálido a no dudar. Más bien desea olvidarse de los suyos, de su incapacidad para decir que sufre, que siente las palabras ajenas como dagas, que su carga ya es pesada, que es un ser humano de piel compuesta química y anímicamente por amor y resentimiento, alegrías y tristezas, logros y frustraciones, por esos contratiempos neciamente hospedados en nosotros.

Antonieta no puede hablar de sí. Si lo intenta, una semilla de durazno empieza a crecerle en la garganta a tal velocidad que pronto le salen hojas y retoños. Cuando niña, no logró asimilar el arte de las carcajadas, ni la experiencia del llanto convulsivo.

Antonieta no se ama ni se confía. Vestida de timidez, con el rojo de la sangre en las mejillas a manera de accesorio, tiene oídos para oír y palabras para alentar, pero unos y otras le son insuficientes para hablarse.

Su rostro se anonada cuando escucha las intimidades que los demás le espetan a los demás. ¿Cómo hacen para no tener miedo de que los conozcan, de que los agredan, de que los comprendan, de que los posean?

Antonieta tiene miedo, nadie le dijo que llanto lava al hombre como la lluvia a la tierra. Nadie le dijo que las palabras que se dicen fuerte purifican. Nadie le dijo que todos se equivocan y que todos aciertan. Nadie le dijo que hay en el hombre una totalidad fragmentada. Nadie le dijo que su trabajo de actor principal sobre el escenario se multiplica hasta alcanzar a cada uno de los seres que integran el elenco. Nadie le dijo que la cabeza está estratégicamente colocada arriba del corazón para razonar y dominar los sentimientos.

Nadie le dijo, en fin, que la vida es la misma para todos, y que sólo nos distingue la forma de asistir al banquete.

Antonieta quiere ser humana. No se ha dado cuenta de que ese querer ser, ya empezó a serlo…


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