El otro feminismo

Mejor lo dejo en la escuela y después me voy a la universidad a estudiar, poco a poquito, esa licenciatura en Letras Españolas que tanto me ilusionaba.


Éxito en la vida


Mi amiga Refugio, espléndida en su cuerpo de junco y sus ojos verdes que cuentan miles de sueños y otras tantas historias, acaba de darme una nueva sorpresa, como siempre que su voz cantarina invoca mi presencia para un rápido desayuno o para una larga conferencia telefónica en la que aparentemente agotamos todos los temas.

Hasta hace cuatro años soltera e independiente en su pensar y en su andar, Refugio, en apariencia tan despegada del piso como las figuras de Chagall, tuvo una expresión que las feministas radicales etiquetarían ipso facto como un retroceso y como sumisión al bando enemigo.

Con la sonrisa que le rezuma hasta por el pelo, me lo dijo así, simple y sencillamente: no desea comprometerse con el horario de un trabajo, porque entonces, ¿quién se emocionaría con su hijo de dos años cuando sale corriendo de la escuela, dibujos en mano, peleando con el aire en señal de triunfo?

-¡Imagínate! –me espetó– ¿Qué sería de él sin alguien que se alegrara por sus logros cada mañana en el salón de clases? Mejor lo dejo en la escuela y después me voy a la universidad a estudiar, poco a poquito, esa licenciatura en Letras Españolas que tanto me ilusionaba.

Refugio no es una mujer conformista ni común. Habla perfectamente inglés y francés, un poco de ruso porque todavía no termina su curso; es filósofa, escribe con un estilo profundo y sumamente atractivo; toma clases de flamenco, le encanta ofrecer recitales de poesía y baile; puede hablar de historia, de geografía y en los últimos tiempos hasta de física; es admiradora y lectora de Jorge Luis Borges; fue investigadora en varios museos y está feliz de estudiar griego.

La actitud de mi amiga me lleva a recordar mis juventudes de señora casada, cuando muchas veces lloré en silencio porque rechacé el ofrecimiento de algún puesto ejecutivo con el que siempre había soñado, pero que llegaba en un momento inoportuno. Lloraba por el imprevisto, aunque entendía que por voluntad había elegido el camino de ser madre de tiempo completo.

Nunca voy a arrepentirme por aquella elección. El puesto ejecutivo lo ocupó cualquiera. Quizá hasta resultó mejor que yo para el desempeño de la actividad profesional que se pedía. En cambio, nadie podía disfrutar más que yo de los pequeños grandes logros de esos dos pares de ojos, diminutos, vivarachos, que sólo me podían mirar a mí de esa manera.

No fue fácil, porque entonces casi nadie contemplaba la posibilidad de que la mujer se desarrollara integralmente en los distintos ámbitos –profesional, familiar y social–. Mi profesión lo exigía todo. O me rompía en trocitos o elegía.

Elegí, y no me arrepiento. Mujer de una época de ruptura entre una generación femenina dedicada de tiempo completo al hogar y alejada de la universidad y otra totalmente desencajada por el feminismo, tuve la fortuna de encontrar, quizá por intuición, una vereda intermedia.

Pasaba el día con los niños, los dormía a las seis de la tarde y me iba a estudiar un diplomado en Filosofía por las noches. Con qué placer se acoge el privilegio de aprender cuando ya no es obligatorio, cuando una voz interna lo vuelve un imperativo que hace falta para seguir respirando. Y cómo me hizo crecer aquel aprendizaje.

A veces, entre pañales, biberones, papillas y llantos, sentía que ya nunca podría ejercer mi profesión, que el tiempo para mí se agotaba, mientras que muchas de mis amigas se desempeñaban exitosamente en el mundo exterior. Hoy comprendo que ese lapso solamente me maduró para ser una mujer ejecutiva. ¿Exitosa? Ya lo creo. No estoy sola; tengo con quién regocijarme de mis logros y de los otros logros.

Entre el feminismo a ultranza del pasado y la búsqueda de las generaciones que se aprestan a seguir viviendo de una mejor manera en el próximo siglo, hay justicia. Tal vez mi amiga Refugio sea una representante del nuevo feminismo, ese que no rompe a la mujer.

Y en esa justicia tendríamos que admitir que una mujer resquebrajada, hecha de tantas piezas que ni el más diestro ser humano puede conformar en un paisaje, no es la que, valiente y conocedora de su propia misión, también tiene que encararse a la tarea de enriquecer el presupuesto familiar a fuerza de un trabajo profesional fuera de casa.

Ella que, como Refugio, con las posibilidades en la mano decidió alimentarse cada mediodía con los esfuerzos de su pequeño que aprende a vivir, compendia las ilusiones en una respiración tan agitada como fecunda; ha adquirido, en el esfuerzo de la propia existencia, la sabiduría que conlleva al conocimiento profundo, para conjuntar las tareas que se cimientan en un por qué y un para qué.

Quizá es la valoración de ese nuevo feminismo aurora de la mágica cifra 2000, haya una interrogante complicada en su sencillez: si hoy fuera el último día de mi vida, ¿podría enfrentarme a mí misma con las manos insuficientes para abarcar lo que he sido y lo que han crecido los demás cuando abrevaron en mi interior?

Esa pregunta difícilmente puede encontrar respuesta en los añicos que alguna vez conformaron la escultura, hoy destruida, de muchas mujeres que, en aras del éxito, olvidaron preguntarse por la razón de vivir. De vivir dentro y fuera de casa.

 

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