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Remembranzas

Como aquellos jirones de la vida atrapados en el papel amarillento que suelta aromas del polvo de arroz de la abuela. Ahí están los instantes que sobreviven a su muerte.


Escribir para trascender


Siempre quise grabarme las palabras, esas palabras que descubrieron palpitaciones y que dejaron en algunos momentos el alma desnuda y la pupila llena de luz solidaria.

Esos vocablos que son míos y no son míos cuando los comparto. Esas palabras que son redes de pescar palabras y sentimientos represados.

A veces no sé si fueron sueños. Aquel cuento que vibró entre mis manos en una noche que al amanecer ya no existe más. Esas frases que inventé en la vigilia y que los ojos abiertos olvidaron. Por eso pugné por las voces que el tiempo no puede borrar.

Como aquellos jirones de la vida atrapados en el papel amarillento que suelta aromas del polvo de arroz de la abuela. Ahí están los instantes que sobreviven a su muerte.

Cuadros, mudos en sus gritos, están engalanados por la cinta de color de rosa y aprisionados en el no tiempo de una caja que aún huele a madera recién cortada. Las horas sin medida dejan su constancia en los rasgos uniformes de una plumilla. Mis queridas y añosas cartas me llevan a pensar que algún día que ya no sea mío, otros corroborarán que fui.

Tal vez sean sólo sueños que calman los ímpetus de eternidad. Tal vez hayan sido la necesidad de decir las mismas cosas de otra manera. Tal vez, también, hayan respondido al anhelo de hablarle no al rostro, sino al alma.

De todas maneras, en tu respiración ausente puedes tener esas palabras que el viento no borra, cuando quieras recordar lo que sí fue.

No se por qué la gente abandonó el arte epistolar. Escribir es reencontrar, perpetuar, corroborar, eternizar.

 

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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