El maquiavelismo de la administración de López Obrador

Todo ha derivado en una rifa de dinero, con tal número de boletos y con varios premios millonarios que a la vez que son tentadores, la probabilidad de obtener alguno de ellos y el costo de los mismos desalientan entrar a este sorteo.


Temor de empresarios


Conforme pasa el tiempo se hace cada vez más evidente que en el actual sexenio las decisiones de la Administración Pública se toman como extraídas del sombrero de un mago, que, en lugar de ofrecer consejos a su público, genera dichos impensados, luego corregidos, cambiados y convertidos en proyectos fruto de malabarismos conceptuales que, finalmente, encuentran una “justificación” y un método de realizarlos.

Me estoy refiriendo concretamente al caso de la rifa del avión Morelos I, que pretende venderse cuando no se tiene en propiedad, que se llevó al extranjero para pagar un alto costo de mantenimiento, con el afán de “cumplir” una promesa electoral asumida sin pleno conocimiento de causa, independientemente de que ello significara el repudio de acciones de gobiernos anteriores.

Al ser inoperable la venta, surgió la ocurrencia de rifar el avión, como si se tratara de un vehículo querido por muchos que compran un boleto para tentar a la suerte y llevárselo a casa. ¿Quién, en sus cabales, querría entrar a una rifa de un objeto imposible de poseer? Esa sí que sería la rifa del tigre. Ya diseñado el boleto y anunciado el número y precio de los “cachitos”, fueron agregándose problemas y “soluciones”. Que si la Lotería Nacional no podía rifar el avión, que si habría que pagar impuestos, etcétera. La suma de las ocurrencias llevó a lo que se ha calificado de “rifa no rifa” del dichoso aparato.

Todo ha derivado en una rifa de dinero, con tal número de boletos y con varios premios millonarios que a la vez que son tentadores, la probabilidad de obtener alguno de ellos y su costo desalientan entrar a este sorteo.

Pero una vez que se decidió que la rifa va, por decreto del me canso ganso, habría que idear una maquiavelada para hacerla posible. Para ello se explica que finalmente el avión seguirá en venta. Que tiene que seguir pagándose. Que los recursos serán para dotar a los hospitales del país de equipamiento. Pero que los premios no se pagarán de la venta de los boletos, sino de los recursos de la devolución de lo robado, etc. A estas alturas de los malabarismos circenses ya no se sabe bien a bien dónde quedó la bolita y por qué mejor en lugar de “devolver” lo robado, esos recursos no se usan directamente para la adquisición del equipamiento de los hospitales.

La venta de boletos ofrecía tal dificultad, que en algún rincón de Palacio Nacional se les ocurrió que los adquirieran los empresarios, a quienes se invitó a una cena para que “voluntariamente” adquirieran algunos de los paquetes que se les presentaron de acuerdo a la metodología de la recaudación de fondos institucionales, tipo “crowdfunding”, aunque no parece que el incentivo para esta donación, o la recompensa, no sea la deducibilidad de impuestos, ni el mismo espejismo del dinero que se obtendría, sino la solidaridad empresarial con un proyecto gubernamental propuesto en una cena, a unos invitados elegidos y enlistados, cuya a aceptación o rechazo quedará registrado.

Y ya sabemos que hay empresarios que se doblan y ceden por el temor de las consecuencias que hay o podría haber en caso de no aparecer como solidarios. Sobre todo, cuando la extinción de dominio sobre la propiedad se ha ideado en esta administración como espada de Damocles para los que no se porten bien. Por eso el presidente pudo declarar que la venta de boletos en dicha cena había sido todo un éxito. Toda una nueva modalidad de recaudación de impuestos.

 

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