El Chapo Guzmán y los crímenes de Estado

La figura del Chapo pasará a la historia y dará mucho hablar, aunque él, al permanecer aislado, quizá ya no pueda decir mucho.


El Chapo


Tras años de persecución, aprehensiones y fugas, finalmente ha sido sentenciado Joaquín Guzmán Loera, alias el “Chapo”. La sentencia y prisión definitiva tuvieron que realizarse en Estados Unidos ante la incapacidad del Gobierno de México para retenerlo y juzgarlo. El recurso de la extradición sirvió, también, para que los pormenores del juicio quedaran allende el Bravo y difícilmente sean conocidos en México, dadas las implicaciones que contiene el juicio, donde salen a relucir funcionarios públicos y la corrupción.

La figura del Chapo pasará a la historia y dará mucho hablar, aunque él, al permanecer aislado, quizá ya no pueda decir mucho. Seguramente se llevará, como se dice, muchos secretos a la tumba. Pero no sólo él, también otros personajes asociados a su persona que no sólo se vieron involucrados en el llamado “crimen organizado”, sino en otro tipo de delitos en los cuales ni siquiera participó, pero que se le atribuyeron a él.

La vuelta del Chapo a las primeras planas, es una buena ocasión para recordar el magnicidio que le costó la vida al cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo hace 26 años y que poco a poco ha pasado al olvido, incluso en la Iglesia, a pesar de lo que este hecho significó y al que, deliberadamente, se le ha querido echar tierra, a pesar de que, hasta donde se sabe, no se ha detenido a los responsables del crimen, ni existe un sentenciado como culpable del suceso.

Según demostraran los abogados Fernando Guzmán y José Antonio Ortega, quienes como diputado, el primero, y abogado de la Arquidiócesis de Guadalajara, el segundo, la muerte del príncipe de la Iglesia no fue consecuencia de haberlo confundido, precisamente, con el Chapo Guzmán, como pretendían las autoridades del gobierno Carlos Salinas de Gortari. La realidad es muy tortuosa y el hilo de la madeja llega hasta Los Pinos. Por eso no dudaron en hablar de un “crimen de Estado”.

El caso no ha concluido, como sucede con muchos magnicidios, pero se le puede dar seguimiento en el libro Los Chacales, del también abogado Jesús Becerra Pedrote y participante en las investigaciones. Los sucesos del aeropuerto de Guadalajara, cuando el cardenal Posadas acudía a recibir al entonces nuncio Girolamo Prigione, fueron un escenario montado desde los ámbitos judiciales y militares. Algunos personajes ya desaparecidos y otros de los que ya no se oye hablar, tuvieron la capacidad de “convocar” al propio Chapo y a los Arellano Félix a ese lugar, con la intención de culpar a éstos del crimen.

La figura del Chapo les pareció perfecta para justificar un supuesto fuego cruzado, primero, y luego una confusión de personas que no se parecían entre sí. De acuerdo con las investigaciones a que he hecho referencia, la ejecución fue directa y dirigida al cardenal para eliminarlo y a todos los testigos que pudieran dar una versión diferente a la oficial.

A la hora de la hora, los oficialmente culpables ni se enteraron de cómo estaban ocurriendo las cosas. Sin embargo, como estaban ahí, porque para eso se les hizo llegar simultáneamente al aeropuerto, se les responsabilizó. Y tan no hay pruebas de su culpabilidad, que nunca se sentenció a nadie.

La participación de autoridades de la Procuraduría General de la República en el caso, quedó evidenciada cuando en la bitácora de vuelos oficiales se registra el traslado de funcionarios para atender el caso, cuando éste todavía no había ocurrido. Pareciera que eran clarividentes de lo que estaba por suceder y se anticiparon, no para evitarlo, sino para todo el manejo que se hizo de este suceso que conmovió a México. Y, desde luego, la misma Procuraduría se encargó de “contaminar” la escena del crimen y obstaculizar la investigación de los abogados coadyuvantes de la Arquidiócesis de Morelia.

El mismo expresidente Carlos Salinas de Gortari intervino en diversas ocasiones, ante la insistencia del cardenal Juan Sandoval para que no se dejara morir el caso, para que los gobiernos panistas dieran carpetazo al asunto. Y a pesar de que lo intentaron, no fue posible, pues siempre hubo hilos que jalar y testigos que interrogar. Lamentablemente algunos de ellos, luego acusados de complicidad con el narcotráfico, murieron sin revelar lo que ellos sabían.

Lo único cierto es que, en este caso, ni los Arellano Félix ni el Chapo Guzmán fueron primeros actores, sino “extras” que aparecían en el fondo del escenario, pero a quienes se les quiso hacer aparecer como protagonistas.

 

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