Guadalupe Arellano, mujer mexicana ejemplar

Lupita fue una mujer activa, no activista, luchadora frente a discriminaciones o marginaciones, creativa y formadora de mujeres.



La condición de la mujer, en México y el mundo, ha sufrido polarizaciones que han puesto en peligro su dignidad y su identidad. Durante mucho tiempo fue ninguneada, marginada y sometida. A partir del siglo pasado, principalmente, se iniciaron movimientos reivindicatorios que, si bien tenían una justa motivación, han llegado a excesos entre los cuales el apasionamiento se han desbordado y roto los diques del propio sexo, pretendiendo trasladar su identidad mediante la ideología de género, a hombres que han perdido la suya. Encontrar el justo medio no ha sido fácil para muchas.

Para buscar el necesario justo medio nació en los setentas una agrupación pionera en la lucha por la defensa de la dignidad de la mujer y la búsqueda de su justo papel en la vida familiar y social: la Asociación Nacional Cívica Femenina, la Ancifem.

Valientes mujeres se decidieron a trabajar por ellas y la sociedad, en la escuela, la familia y en la vida social y política. Surgieron en el contexto del populismo echeverrista y desde entonces participaron activamente en la transición política del país. Desde la sociedad civil fueron una de las fuerzas que hicieron posible la alternancia en el 2000.

Hace unos días partió a la eternidad Guadalupe Arellano Rosas quien hasta hace poco fuera su dirigente. Formada en el seno de la institución relevó en su cargo a otras brillantes mujeres comprometidas como Adamina Montes, Amparo Noriega de Martínez, María Teresa Aranda y Ángeles Álvarez Malo de Bravo.

Al tiempo que se ha trabajado a favor del desarrollo integral de las mujeres, la Cívica Femenina enarboló en distintos momentos la lucha a favor de la vida y de la participación política de las mujeres, gestando e impulsando a muchas a militar en partidos políticos y en la Administración Pública.

Correspondió a Guadalupe Arellano ser pionera en la observación electoral, junto a ella trabajamos desde la Comisión Mexicana de Derechos Humanos y la Coparmex en la vigilancia de procesos que fueron definitivos para transformar el sistema electoral mexicano, quitándole al Gobierno el control del mismo y combatiendo los fraudes del PRI. Su acción fue modesta, pero firme. Sin protagonismos vacíos, sino con acciones concretas y enfocadas, Lupita, como se le llamaba cariñosamente, formó ejércitos de observadores no sólo de mujeres, sino también de hombres, pues lejos de acomplejarse junto a los hombres, sabía trabajar lado a lado y ser incluyente.

Lupita fue una mujer activa, no activista, luchadora frente a discriminaciones o marginaciones, creativa y formadora de mujeres. A diferencia de quienes se activa sólo durante los procesos electorales y son llama de petate, con ella al frente, la Cívica asumió una misión capacitadora en cursos que se imparten en todo el país. Por ello fue que hasta desde posiciones contrarias a las que ella presentaba de acuerdo a los principios social cristianos que la animaban, le reconocieron su labor. Prueba de ello fue la medalla Hermila Galindo que le otorgó el Congreso de la Ciudad de México.

Por sus méritos y labor ocupó importantes cargos, como consejera en el Consejo Social de Inmujeres y de la Sedesol, y como delegada a la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer en Naciones Unidas, donde libró batallas a favor de la mujer frente a féminas que supuestamente luchan por ellas, pero para ello no dudan en asumir un feminismo extremista opuesto a la familia y el respeto a la vida. Lo mismo hizo en la Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, de la CEPAL.

La vi personalmente en Morelia, cuando me invitó a la entrega de los diplomas correspondientes a la conclusión de uno de los cursos organizados por la Ancifem. Destacaba su ánimo y suave trato, así como su sonrisa cordial y el afecto que derramaba con todos los que la trababan. Y digitalmente asistí al momento en que dejó la presidencia de la Asociación después de más de veinte años de entrega generosa a la misma. Me sorprendió su muerte, pues, al menos para mí, ocultaba el cáncer que la corroía por dentro, pues nunca se quejó ni perdió el ánimo y la sonrisa.

Fue una amiga entrañable, de esas amistades que ni la distancia ni el tiempo minan, a ella rindo homenaje y estoy cierto de que gozará de la presencia de Dios, porque además de su trabajo político social, fue una buena cristiana. Descanse en paz.


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