¿Ya somos bolivarianos?

El presidente ve en todo aquel que no lo alaba o apoya sus proyectos a un enemigo. Al mismo tiempo justifica el ya visible fracaso de su administración, volteando la vista y acusando al pasado.



De pronto Simón Bolívar se convirtió en un personaje en la vida política de México. El presidente de la República tomó como punto de partida la conmemoración del natalicio del libertador de varias naciones latinoamericanas, para externar ideas y principios que permanecían velados o había negado. Con una elocuencia que también disimula en las mañaneras, independientemente de ser el autor de lo leído o simplemente el lector de lo que le prepararon, puso una pasión preveniente de la convicción que resultó inocultable, pero desde mi punto de vista preocupante.

Con su discurso pretendió, y así se ha interpretado, iniciar un proceso de liderazgo en política exterior, pretendiendo encabezar a naciones que, de acuerdo con el Foro de Sao Paulo, le reclamaban ante el declive de otros liderazgos como el de los Castro, de Lula, la muerte de Hugo Chávez, etc. Las crisis que han consumido a pueblos como Cuba o Venezuela, o la derrota de la izquierda en Brasil, los ojos voltearon al norte. La respuesta tardó, pero ya llegó.

Quien fue sumiso y zalamero con Donald Trump, quien pretendía reasumir la fuerza del imperio, apoyándolo incluso en el contexto de la campaña electoral, ahora se vuelve respondón, denuncia la historia de doscientos años y propone hacerle frente. Toma como modelo a Cuba, calificándola de la nueva Numancia, justo cuando el pueblo cubano levanta la voz, pide libertad y declara que, finalmente, ha derrotado al miedo.

Y con Cuba arropa a Venezuela, otro pueblo que, habiendo sido próspero ahora, gracias al chavismo, se encuentra postrado, empobrecido y con merma de sus libertades. Al igual que en Cuba y ante la imposibilidad de ejercer acudir a la democracia para cambiar al sistema, y descartando por supuesto la vía de la violencia, al no tener otra salida emigran, son encarcelados o mueren intentando la resistencia pacífica.

El presidente, que poco ha gustado de viajar y conocer in situ las condiciones que viven los nuevos pueblos oprimidos por sus gobernantes, vuelve la cara, como lo ha hecho respecto de la situación del país para culpar a otros.

Y con ese discurso y pretendiendo el lugar que le han pedido que ocupe los militantes del socialismo del Siglo XXI, ofende a las naciones latinoamericanas agrupadas en la OEA y que han tomado decisiones que no comparte, calificándolos de lacayos, para sustituirla por una nueva organización que no sirva al imperio. Pero, paradójicamente, al mismo tiempo defendió las aperturas económicas que beneficien a los Estados Unidos para hacer frente al avance de China en el predominio económico y, aunque no lo mencionó en el liderazgo en política internacional.

El discurso del Castillo de Chapultepec revela, sin querer queriendo, como diría en Chavo del 8, cuál es el modelo que desea para nuestro país, cuáles son los prototipos que admira y hacia dónde pretende llevarnos. Su intento de declarar la cárcel cubana como “patrimonio de la humanidad” define, por sí sola, lo que quisiera ver que México fuera.

Más allá de su visión utópica de la reorganización de los países latinoamericanos, y de los problemas que puede generar su agresiva referencia a los Estados Unidos, resulta preocupante que use la tribuna presidencial para lanzar un proyecto que, ante el inevitable declive de su imagen y poder en el país, podría ocultar una aspiración semejante a la que alentó Luis Echeverría al final de su sexenio cuando se promovía como Secretario General de la ONU, desde un pretendido liderazgo de los países del tercer mundo.

Lo que antes eran esbozos del modelo transformador del país, nos lo ha presentado con el mito de la Cuba de la resistencia, la libertad y la dignidad, aunque sin democracia, con un modelo totalitario que se ha implantado durante más de 60 años, pretextando un acoso del impero y una amenaza de invasión.

Aquí no hay amenazas de invasión, pero día a día el presidente ve en todo aquel que no lo alaba o apoya sus proyectos a un enemigo. Al mismo tiempo justifica el ya visible fracaso de su administración, volteando la vista y acusando al pasado.


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