El largo recorrido por la persecución religiosa en México —desde las Leyes de Reforma, pasando por la Constitución de 1917, la Guerra Cristera y la persecución silenciosa, hasta la reforma de 1992— no es solo una crónica política. Es, sobre todo, un examen ético. La historia pregunta qué ocurre cuando el Estado pretende moldear la conciencia, cuando la ley ignora a la persona y cuando el poder se ejerce sin límites morales.
La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) ofrece un marco para leer esta historia sin revancha ni simplificación: un conjunto de principios universales que iluminan la dignidad humana y el bien común. A la luz de estos valores, el pasado mexicano deja lecciones vigentes.
Dignidad humana: cuando el Estado negó el valor de la persona
La DSI parte de una afirmación irrenunciable: la persona es fin, no medio. La persecución religiosa vulneró esta dignidad al reducir a creyentes y ministros a obstáculos políticos.
El caso del padre Miguel Agustín Pro (fusilado en 1927) es paradigmático. Ejecutado sin juicio y exhibido como escarmiento, su muerte buscó intimidar conciencias. El mensaje fue claro: la persona valía menos que el proyecto ideológico. Décadas después, su testimonio humano —perdonando a sus verdugos— subrayó la contradicción ética del Estado perseguidor.
Lección: cuando la ley deshumaniza, pierde legitimidad.
Libertad religiosa: creer no es una concesión
La libertad religiosa no es un favor del poder; es un derecho humano fundamental. México tardó más de un siglo en reconocerlo plenamente.
Desde la Constitución de 1917 hasta 1992, la fe fue tolerada pero no reconocida. El resultado fue conflicto, clandestinidad y violencia. La Cristiada mostró que suprimir la conciencia no genera paz, sino resistencia.
Lección: la libertad de conciencia es condición de la paz social.
Justicia: leyes injustas producen conflicto
La justicia exige que la ley respete derechos básicos. Las Leyes de Reforma y la Ley Calles fueron legales, pero injustas en su contenido al negar libertades esenciales.
La historia confirmó la advertencia clásica: lex iniusta non est lex. Las normas que criminalizaron la fe no ordenaron la sociedad; la fracturaron.
Lección: legalidad sin justicia es violencia institucional.
Subsidiariedad: destruir sin sustituir
Antes del siglo XIX, la Iglesia sostenía hospitales, escuelas y obras de caridad. La desamortización y expulsión de órdenes religiosas destruyeron capacidades sociales sin que el Estado pudiera sustituirlas.
La DSI enseña que el Estado debe apoyar, no absorber ni anular, a los cuerpos intermedios. México ignoró este principio y pagó el costo social.
Lección: eliminar lo que funciona sin alternativa daña al bien común.
Solidaridad: la fe como tejido social
Durante la Cristiada, comunidades enteras se sostuvieron mutuamente: escondieron sacerdotes, compartieron alimentos, cuidaron huérfanos. Más allá del conflicto armado, hubo solidaridad cotidiana.
Esa solidaridad no fue ideológica; fue humana. Mostró que, aun en la violencia, la fe puede generar vínculos y cuidado mutuo.
Lección: la solidaridad florece cuando la dignidad es reconocida, incluso en la adversidad.
Bien común: la paz exige reconocimiento, no imposición
El bien común no es uniformidad; es convivencia ordenada de diferencias. La historia mexicana prueba que imponer una visión única —sea religiosa o antirreligiosa— rompe la paz.
La reforma de 1992 no otorgó privilegios: normalizó. Al reconocer jurídicamente a las iglesias, el Estado fortaleció el bien común y redujo tensiones estructurales.
Lección: el bien común se construye con derechos, no con silencios.
Elena, nieta de cristeros, lo resume así: “En mi casa se enseñó a no odiar. Nos quitaron derechos, no la dignidad”. Su frase encarna el legado ético de esta historia: la fe resistió sin convertirse en venganza.
La persecución religiosa en México deja aprendizajes claros para el presente:
- El Estado no gobierna la conciencia.
- La laicidad auténtica protege, no persigue.
- Los derechos humanos no se jerarquizan por ideología.
- La memoria histórica previene nuevos abusos.
Esta historia invita a cuidar la libertad como un bien frágil. Costó guerras, exilios y silencios. Hoy, defenderla es un deber cívico compartido.
La historia ya habló. La ética pide escucharla.
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