Los liderazgos políticos varían según los países. O eso creíamos. Lo cierto es que la llamada globalización, hoy en desgracia, permitió conocer a los miembros del poder en distintas partes del mundo. Una vez dejados en la prehistoria los uniformes militares -propios de dictadores del siglo XX- y sin importar la nación, los liderazgos cada vez se fueron pareciendo más unos a otros. Primero en los discursos y luego en la imagen. Al final todos parecen cortados por la misma tijera. Lo que dice uno lo repite el otro; lo que viste este, lo porta aquel. Pareciera una batalla por ser un producto en serie y dejar atrás los detalles nacionalistas.
Sin duda las épocas van marcando los estilos en los liderazgos políticos. Aunque en las mujeres no hay mucha variación pues visten con sobriedad y procuran manejar una imagen de bondad, energía y eficiencia. Los hombres, como es propio de ellos, prefieren la notoriedad, lo que haga destacar su imagen. Si están llenitos procuran parecer fuertes; si están fuertes prefieren parecer de acero, si son chaparros se ufanan por aparentar ser galanes y varoniles; si son feos intentan proyectarse rotundos, estereotipo del macho alfa. No es extraño que estemos en la época en que dominan los narcisistas.
En este mismo espacio ya he comentado el libro de la psiquiatra Marie-France Hirigoyen titulado Los Narcisos han tomado el poder (editorial Paidos). En el texto, la reconocida doctora francesa marca la diferencia entre quienes tienen la suficiente confianza en sí mismos -lo que es positivo- y aquellos que buscan ser protagonistas “de forma arrogante y a expensas de los demás”. Este tipo de líderes políticos carecen de escrúpulos y manifiestan una necesidad por dominar que les permite competir mejor. Por supuesto que Trump es el ejemplo de este tipo de personalidad. Pero no es el único ni fue el primero. France Hirigoyen menciona al expresidente francés Nicolás Sarkozy que en uno de sus discursos mencionó 126 veces la palabra “yo”.
Emmanuel Macron, el actual presidente francés decidió aparecer en el foro mundial de Davos para reclamar airadamente a Trump sus pretensiones de dominación internacional. Lo hizo con unos lentes oscuros azules muy llamativos, como si el sujeto estuviera modelando en alguna calle parisina o algo similar. Por supuesto que las gafas llamaron poderosamente la atención y el fabricante no se dio abasto con los pedidos que le llegaron. Nadie se acuerda de lo que dijo. Los lentes fueron el discurso de Macron. A lo mejor quería que se hablara de sus ínfulas de galán y no de otro tema. Insufrible como Sarkozy, Macron es todo un tratado de vanidad. Quizá por eso acaba de salir en Francia una biografía de él titulado Nerón en el Elíseo, escrito por Nicolas Domenach y Maurice Szafran quienes aseguran que las oficinas presidenciales se han convertido en “macholand”, un lugar donde es difícil encontrar mujeres trabajando y en el que destacan los desplantes de fuerza. Se sabe que el presidente francés es dado a practicar el box, se toma fotografías haciendo dicho deporte y gusta de presumir su físico y, según dicen los autores, “se siente Rocky” (El mundo 24/01/26).
El estilo Macron no tardará en hacerse presente en México. Hemos visto ya el gusto desmedido de chairos en el poder por los lentes, las ropa de marca y los coches de lujo. El problema es que la percha no les sirve y son una mezcla que va de lo ridículo a lo grotesco. Pero no tardaremos en ver a alguien más preocupado por sus gafas de sol que por su discurso.
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