Cuando la atención no alcanza: salud mental, jóvenes y redes de acompañamiento en México

En México, la salud mental se ha consolidado como uno de los principales desafíos de salud pública en un contexto marcado por restricciones presupuestales, aumento de riesgos psicosociales y una demanda creciente de atención, particularmente entre adolescentes y jóvenes. De cara a 2026, los ajustes en el gasto público contrastan con los indicadores que advierten un deterioro sostenido del bienestar emocional de amplios sectores de la población.

En este escenario, además de las respuestas institucionales del sistema de salud, distintos actores sociales han comenzado a desempeñar un papel relevante en el acompañamiento de personas que enfrentan trastornos mentales. Entre ellos, la Iglesia y sus estructuras educativas, pastorales y comunitarias han reforzado su presencia en el debate y en la atención, articulando enfoques que buscan complementar la atención clínica con el acompañamiento espiritual, comunitario y humano, en un país donde el acceso a servicios especializados sigue siendo limitado.

La salud mental en México frente al ajuste presupuestal

La salud mental en México enfrenta un escenario complejo de cara a 2026, marcado por restricciones presupuestales, brechas de atención y un aumento sostenido de problemáticas psicosociales, particularmente entre la población adolescente. De acuerdo con los criterios de asignación del gasto público, el aumento propuesto para hospitales, institutos y medicamentos no alcanzaría el nivel ejercido en 2024, lo que limitaría el acceso efectivo a los servicios de salud para la población sin seguridad social.

En este contexto, el rubro de salud mental presenta uno de los retrocesos más significativos. Para 2026, el presupuesto destinado a este sector tendría un recorte de 13.8 % respecto a 2024 y equivaldría apenas al 1.5 % del gasto conjunto de la Secretaría de Salud (SSa) e IMSS-Bienestar. Esta proporción se mantiene muy por debajo del 5 % recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como estándar mínimo para atender de manera adecuada los trastornos mentales en los sistemas nacionales de salud.

El impacto presupuestal se traduce en una reducción nominal de 90.9 millones de pesos respecto a 2025, equivalente a una caída del 2.5 %. El ajuste se concentraría principalmente en la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones, que dejaría de recibir aproximadamente 90 millones de pesos. En contraste, el único programa con incremento proyectado sería el de Investigación y Desarrollo Tecnológico en Salud, con un aumento de 71.3 millones de pesos, lo que representa un crecimiento del 89.8 % frente al año anterior.

A diferencia del gasto hospitalario y del destinado a medicamentos, el financiamiento de la salud mental no sólo se mantiene rezagado, sino que profundiza una brecha histórica entre el discurso institucional y la capacidad real de atención. Pese a que la salud mental ha sido incorporada de forma recurrente en planes sectoriales y pronunciamientos oficiales, los recursos asignados continúan siendo insuficientes tanto para atender la demanda actual como para cerrar la brecha estructural de inversión acumulada en décadas recientes.

Adolescencia y riesgo psicosocial: los datos más recientes

Las cifras disponibles muestran que la población adolescente concentra las mayores vulnerabilidades asociadas a la salud mental en el país. En diciembre de 2025, el secretario de Salud, David Kersenobich Stalnikowitz, informó que este grupo etario presenta los niveles más altos de alteraciones mentales, con énfasis en conductas como el comportamiento suicida, la violencia, la participación en apuestas y el uso intensivo de videojuegos.

La Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT) 2025 refuerza este diagnóstico. El estudio revela que los adolescentes de entre 12 y 17 años registran las tasas más elevadas de pensamiento suicida en México. Durante los últimos doce meses previos al levantamiento de la encuesta, la prevalencia de ideación suicida en este grupo alcanzó el 3.3 %, mientras que en la población adulta de entre 18 y 65 años fue de 1.7 %.

La encuesta, basada en una muestra representativa de 19,200 personas a nivel nacional, también identifica diferencias relevantes por género. La Secretaría de Salud subrayó que las mujeres adolescentes conforman el subgrupo con mayor frecuencia de ideación e intento suicida. En el mismo periodo, la tasa de planificación suicida se ubicó en 1.9 % entre adolescentes, frente al 1.0 % registrado en adultos.

En cuanto a los intentos de suicidio, el 1.5 % de los jóvenes reportó haberlos realizado, en contraste con el 0.5 % de los adultos. El informe concluye que la población de 12 a 17 años concentra los factores de riesgo más altos vinculados a la salud mental, lo que plantea desafíos específicos para las políticas públicas de prevención, atención temprana y acompañamiento integral.

La respuesta eclesial ante la crisis de salud mental

Frente a este panorama, diversas comunidades religiosas en México han comenzado a fortalecer sus acciones de acompañamiento en materia de salud mental, aunque no sin desafíos internos. Uno de los principales obstáculos identificados es la persistencia del estigma, la culpa y la vergüenza asociados a los trastornos mentales dentro de ciertos entornos religiosos.

En algunos casos, debido a interpretaciones teológicas particulares o a la falta de información, los problemas de salud mental no son reconocidos como enfermedades reales. Esto ha derivado en prácticas que atribuyen el padecimiento a una falta de fe o a pecados no confesados, e incluso en recomendaciones para abandonar tratamientos médicos en favor exclusivo de la oración. Estas posturas, lejos de resolver la problemática, suelen agravar la situación de quienes requieren atención profesional y apoyo integral.

No obstante, dentro de la propia Iglesia se ha consolidado una visión que plantea la complementariedad entre fe y ciencia. Desde esta perspectiva, la atención a la salud mental requiere tanto del acompañamiento espiritual como del respaldo de profesionales de la salud, reconociendo que ambos ámbitos no se excluyen, sino que se fortalecen mutuamente.

La Pastoral de la Salud como eje de acompañamiento

La Pastoral de la Salud se define como la presencia y acción de un ministerio eclesial orientado a la relación de ayuda, inspirado en la figura de Jesús como buen samaritano y Salvador. Se trata de una labor organizada, capacitada y encarnada, que busca expresar el amor misericordioso del Padre mediante acciones de asistencia, curación, sanación, reconciliación y humanización.

Este ministerio es llevado a cabo por toda la comunidad cristiana: obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, ministros extraordinarios, agentes de pastoral, profesionales cristianos de la salud y las propias personas enfermas. Su acción se apoya en la praxis sacramental, la escucha de la Palabra, la vida de oración y el diálogo pastoral, con el objetivo de ofrecer una visión integral de la salud entendida como “salud-salvación”.

La Pastoral de la Salud desarrolla su misión en tres dimensiones: el encuentro directo con la persona enferma y su familia; la colaboración con profesionales y estructuras de salud; y la sensibilización de la comunidad en general para promover una cultura más empática frente al dolor, el sufrimiento, la discapacidad, la muerte y el duelo. Desde enero de 2017, este ámbito pastoral está adscrito al Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral de la Santa Sede.

Cura personalis y acompañamiento integral

El concepto de cura personalis, central en la espiritualidad jesuita, constituye uno de los referentes doctrinales que sustentan el acompañamiento eclesial en salud mental. Esta noción, que significa “cuidado integral de la persona”, plantea una atención individualizada a las dimensiones físicas, emocionales, intelectuales y espirituales de cada individuo.

Lejos de limitarse a acciones aisladas de acompañamiento, la cura personalis implica asumir el cuidado integral como una marca de la misión apostólica, que involucra a toda la comunidad educativa y pastoral. En este sentido, el acompañamiento en salud mental se concibe como un proceso continuo de escucha, orientación y responsabilidad compartida.

El enfoque del pontificado actual sobre la salud mental

El Papa León XIV ha colocado la salud mental en el centro de su pontificado, al identificar la tristeza profunda como una de las principales “enfermedades” de la sociedad contemporánea. En distintos mensajes y gestos pastorales, ha subrayado la necesidad de que la Iglesia responda a esta realidad mediante el acompañamiento, la ternura y la escucha, sin sustituir el papel de los profesionales de la salud.

El pontífice ha dedicado intenciones mensuales de oración a las personas que luchan con pensamientos suicidas, y ha insistido en la urgencia de construir comunidades acogedoras que ofrezcan consuelo y esperanza. Su llamado enfatiza que nadie debe enfrentar el dolor en soledad y que la fe debe manifestarse en el cuidado concreto de la vida, especialmente de quienes atraviesan situaciones de sufrimiento emocional profundo.

En el ámbito educativo, diversas universidades católicas mexicanas han integrado la salud mental a sus programas institucionales, combinando principios cristianos con enfoques psicológicos contemporáneos. Estas instituciones ofrecen servicios de acompañamiento, clínicas con enfoque social y programas dirigidos a estudiantes en situación de riesgo, reconociendo los desafíos actuales en materia de bienestar emocional.

Un ejemplo de ello es la Universidad Intercontinental (UIC), que opera clínicas de salud abiertas a la sociedad, con énfasis en comunidades de escasos recursos y bajo una inspiración humanista-cristiana. A nivel regional, la Organización de Universidades Católicas de América Latina y el Caribe (ODUCAL) ha impulsado espacios de reflexión y cooperación para abordar la salud mental desde el pensamiento social de la Iglesia, promoviendo un enfoque integral del cuidado de la persona.

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