Puertas que se cierran: Jubileo 2025

Roma volvió a vivir uno de esos gestos silenciosos que, sin grandes titulares estridentes, concentran siglos de fe, historia y responsabilidad moral. El cierre de las Puertas Santas en la Basílica de Santa María la Mayor, de San Juan de Letrón y de San Pablo Extramuros marcó oficialmente el final del Jubileo, un tiempo extraordinario que convocó a millones de peregrinos de todo el mundo a cruzar umbrales físicos… y, sobre todo, interiores. Dejamos para otro artículo el cierre de la última puerta santa, la de la Basílica de San Pedro

Para la Iglesia católica, el cierre de estas puertas no es un acto administrativo ni un gesto meramente litúrgico. Es una señal clara: la gracia recibida no se archiva, no se guarda en una memoria piadosa, sino que se traduce en vida concreta, en decisiones éticas, en compromiso social. En un mundo herido por la violencia, la desigualdad y la indiferencia, el rito adquiere una fuerza que trasciende muros y credos.

El rito: sobriedad, memoria y responsabilidad

El ritual del cierre de la Puerta Santa se caracteriza por su austeridad deliberada. Sin multitudes desbordadas ni celebraciones espectaculares, el obispo responsable de cada basílica golpea tres veces el umbral con un martillo litúrgico, mientras se proclaman pasajes bíblicos que recuerdan a Cristo como “la puerta” y “el camino”.

El cardenal vicario de Roma recordó durante la ceremonia en Letrán: “La Puerta Santa no se cierra para olvidar lo vivido, sino para custodiarlo y llevarlo a la vida diaria”. En la tradición jubilar, este gesto significa que el tiempo extraordinario concluye, pero el mandato permanece.

Históricamente, la Puerta Santa se abre únicamente en los Años Santos, una práctica que se remonta al Jubileo de 1300 convocado por Bonifacio VIII. Desde entonces, cruzarla simboliza reconciliación, perdón, justicia restaurativa y un nuevo comienzo.

Santa María la Mayor: la puerta de la ternura y la misericordia

En Santa María la Mayor, la puerta jubilar estuvo marcada por una dimensión profundamente mariana. No es casualidad: esta basílica custodia el icono de la Salus Populi Romani, símbolo de consuelo en tiempos de crisis.

Durante el cierre, el arcipreste recordó que “María no es una figura decorativa del cristianismo, sino el rostro humano de la misericordia”. El mensaje fue claro: no hay auténtica conversión sin cuidado del otro, especialmente del más vulnerable.

Ahí estaba Lucía, una enfermera italiana de 32 años, que viajó desde Bérgamo: “Entré por la Puerta Santa pensando en el cansancio acumulado tras la pandemia. Salgo con una certeza: no puedo ser indiferente al dolor de los demás”, dijo con lágrimas contenidas.

Este testimonio encarna uno de los pilares de la Doctrina Social de la Iglesia: la dignidad de la persona humana y la centralidad del cuidado.

San Juan de Letrán: cerrar la puerta de la indiferencia

La Basílica de San Juan de Letrán, catedral del obispo de Roma, tiene un peso simbólico particular. Aquí, el cierre de la Puerta Santa fue acompañado de una homilía contundente: “El Jubileo termina, pero la conversión no tiene fecha de caducidad”.

Expertos en teología social como Massimo Borghesi han señalado que el Jubileo no es una pausa espiritual, sino una sacudida ética. En palabras del académico italiano: “La misericordia cristiana exige estructuras justas; de lo contrario, se vuelve un discurso vacío”.

Para los jóvenes presentes —muchos de ellos voluntarios— el mensaje fue directo: no basta la experiencia emocional del peregrinaje si no se traduce en participación ciudadana, legalidad, combate a la corrupción y compromiso con el bien común.

San Pablo Extramuros: fe que se convierte en misión

En San Pablo Extramuros, la liturgia enfatizó la dimensión misionera del Jubileo. San Pablo, el apóstol de los gentiles, recuerda que la fe no se encierra: se anuncia, se vive y se arriesga.

Durante el cierre, un obispo africano subrayó: “La Puerta Santa se cierra aquí, pero debe abrirse en las periferias del mundo”. No fue una frase retórica. Según datos de Cáritas Internationalis, más de 700 millones de personas viven hoy en pobreza extrema, una realidad que interpela directamente a quienes participaron del Jubileo.

Marco, migrante venezolano residente en Roma, compartió su experiencia: “Crucé la Puerta Santa pidiendo fuerzas para no odiar. Al salir, entendí que mi historia también tiene valor”.

El cierre de las Puertas Santas conecta con tres ejes centrales de la Doctrina Social de la Iglesia:

  1. Dignidad humana: cada persona es fin, no medio.
  2. Solidaridad: la fe se demuestra en la corresponsabilidad social.
  3. Subsidiariedad y legalidad: la misericordia no sustituye la justicia, la exige.

En un contexto global marcado por guerras, migraciones forzadas y polarización política, el gesto jubilar recuerda que la ética cristiana no es evasión espiritual, sino propuesta concreta para la vida pública.

El cierre de las Puertas Santas en Roma no marca un final, sino un envío. La Iglesia parece decirle al mundo —y especialmente a las nuevas generaciones— que no basta con cruzar umbrales sagrados si no se transforman las realidades cotidianas.

En palabras de un joven peregrino mexicano presente en San Pablo Extramuros: “Regreso a casa con menos respuestas, pero con más responsabilidad”.

Tal vez ese sea el verdadero sentido del rito: que al cerrarse la puerta física, se abra la conciencia social. Que la fe no se quede en Roma, sino que camine de regreso a cada país, a cada barrio, a cada decisión concreta.

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